La pintura Matrimonio desigual condena la transacción mercantil que eran los matrimonios forzados en la sociedad rusa de la época. La obra se presentó en la Exposición de Arte Académico de Moscú de 1863 y representa una boda ortodoxa.
Matrimonio desigual
La primera vez que contemplé el cuadro de Vasily Pukirev, Matrimonio desigual, me produjo una sensación mezcla de pena y rabia. El óleo de Pukirev es de un realismo sobrecogedor, el artista compone una imagen que no deja indiferente al espectador, ya que refleja con un enorme virtuosismo las características psicológicas de cada personaje y convierte la escena en una denuncia contra los matrimonios impuestos, tan de moda en la primera mitad del siglo XIX.
Las familias donde había varias hijas buscan un matrimonio ventajoso para ellas y no siempre era factible encontrar un soltero joven, rico y apuesto. En aquel tiempo, el poder de decisión de una mujer sobre su casamiento era nula, y, en ocasiones, la del hombre también. La familia, la posición social y la situación económica decidían en la mayoría de los casos. Lo importante era hacer un buen matrimonio, la felicidad de los cónyuges era algo secundario. A las mujeres les tocaba la peor parte, ya que podían acabar casadas con hombres crueles y mucho mayores que ellas. En estas circunstancias, no era infrecuente que la joven prefiriera el suicidio antes que la tortura de convivir con un marido anciano al que odiaba.
La pintura Matrimonio desigual condena la transacción mercantil que eran los matrimonios forzados en la sociedad rusa de la época. La obra se presentó en la Exposición de Arte Académico de Moscú de 1863 y representa una boda ortodoxa. La figura central es el novio, un anciano bien vestido y envarado, con una condecoración en el pecho y otra que cuelga de su cuello. Su rostro es desagradable, presenta arrugas profundas en la cara y da la impresión de ser una persona con escasa sensibilidad. A la izquierda del novio se encuentra la joven novia, boca pequeña, cabello dorado y una expresión de tristeza infinita, viste un precioso vestido blanco de encaje con una guirnalda de flores en el pecho. El novio mira a la joven con altivez, desde una posición superior, satisfecho con el botín que está a punto de conseguir. El sacerdote va a poner la alianza en su dedo y la novia aparenta resignación, ha aceptado su infortunado destino. El dramatismo del lienzo se concentra en tres manos: la del novio que sujeta una vela encendida, la del sacerdote con un anillo y la mano delicada y temblorosa de la novia.
Además de los contrayentes y el oficiante, vemos en segundo plano a otros personajes masculinos y a una mujer. Cada uno de ellos ofrece una actitud diferente. El grupo que acompaña al novio se muestra indiferente al destino de la muchacha. En el grupo que acompaña a la novia destaca la figura de un hombre joven con los brazos cruzados sobre el pecho.
El matrimonio es prostitución legalizada, dijo Daniel Defoe ya en el siglo XVIII, una definición acorde con el rol de la mujer por aquel entonces.
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