Decir que “esto parece el coño de la Bernarda” equivale a manifestar que algo está desorganizado, que es caótico, confuso. Sirve para aludir a un lugar donde todo el mundo opina de forma distinta o donde cada uno hace lo que le place, sin orden ni concierto

¿DE DONDE VIENE LA EXPRESIÓN, “ésto es como el coño de la Bernarda”?
¿Quienes eran la Bernarda y su coño?
Son tres provincias las que se disputan el honor de ser la cuna de esta frase tan extendida: Granada, Sevilla y Ciudad Real.
Lo más probable y es que la famosa Bernarda que nos ocupa fuera una prostituta que pasó a la historia por la promiscuidad y buen hacer de su herramienta de trabajo. Así, al menos, lo cuenta la versión sevillana del cuento, que la sitúa viviendo en la sierra sur de Sevilla. Su historia carece del elemento religioso que tienen las versiones de Granada y Ciudad Real y da un final trágico y ejemplificante a la meretriz, ya que muere por castigo divino.
Ciudad Real y Granada coinciden en darle a Bernarda el oficio de santera y curandera y situar su existencia allá por el siglo XVI. Es probable que fuera hija natural de un rey moro y quizá mezclara ambas religiones en sus oraciones. En estas versiones, nuestra protagonista dedica su vida a los milagros. Fuese lo que fuese (sanar personas o animales, problemas de fertilidad, sequía…), la Bernarda obraba el milagro. ¿Y cómo lo hacía? Pues con su coño.
No me preguntéis sobre su metodología de trabajo, porque es harto difícil imaginárselo. De hecho, es mejor que lo obviéis, que ya imagino a muchos dejando volar la imaginación y convirtiendo los genitales femeninos en un todo a 100.
A la historia de Ciudad Real le falta la literatura que tiene la de Granada gracias al genio de Manuel Talens, que imagina su particular visión del mito de la Bernarda en el contexto de su novela La parábola de Carmen La Reina (1992).
Con esta obra quiso Talens hacer un homenaje a su abuela, pero la cosa se le fue liando, se le fue liando y acabó escribiendo una historia inventada, pero con base real, de la comarca en la que nació. Sitúa el autor la acción en el pueblecito imaginario de Artefa, en Las Alpujarras.
Y aprovecha el arranque de la misma con la rebelión musulmana de 1568 para narrar la historia de la santera Bernarda, a quien se le apareció el mismísimo San Isidro Labrador y, metiendo mano en su vagina –quién sabe si de ahí viene la expresión tener mano de santo–, convierte la vulva de la mujer en un coño milagroso capaz de curar todo aquello que lo toque.
Tal fama alcanzó el órgano sexual de aquella mujer que, cuando desenterraron su cuerpo años después de estar muerta, todo el cadáver era polvo excepto su entrepierna, que se mantenía fresca como el primer día.
Literaturas aparte, hay quienes se atreven a precisar el momento en que se hizo popular la expresión. Ni más ni menos que el 8 de septiembre de 1925, cuando se produjo el desembarco en la playa de Alhucemas, en Marruecos, al mando del general Sanjurjo.
Era una de esas operaciones militares que pretendían recuperar el honor y el orgullo patrio perdido durante el desastre de Annual, cuando España perdió la mayor parte de sus posesiones en Marruecos.
Y, claro, a una operación con tantos cojones le hacía falta un buen coño. Como el desembarco duró unos meses más de lo previsto y los soldados andaban más sobrados de furor uterino que de furor bélico, alguna que otra prostituta se fue para allá a aplacar los ánimos de la tropa.
Y entre ellas debió viajar Bernarda que, a juzgar por su popularidad, fue la que más triunfó, sin lugar a dudas.

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