Entre los más grandes genios literarios de la Francia del siglo XVII, Jean de La Fontaine brilla con luz propia. Sus fábulas, aunque inspiradas en los antiguos Esopo y Fedro, trascienden su origen clásico para ofrecer una profunda reflexión sobre la naturaleza humana, la moralidad y el poder. Con su estilo elegante y su capacidad para mezclar ironía y sabiduría, La Fontaine nos invita a redescubrir enseñanzas atemporales, donde los animales se convierten en los más fieles reflejos de nuestras propias virtudes y defectos.


Jean de La Fontaine


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Jean de La Fontaine: Fabulista Ilustre del Clasicismo Francés


Jean de La Fontaine, nacido el 8 de julio de 1621 en Château-Thierry y fallecido el 13 de abril de 1695 en París, se erige como una de las figuras más emblemáticas de la literatura francesa del siglo XVII. Poeta, fabulista y escritor prolífico, La Fontaine trascendió su época para convertirse en un referente ineludible del clasicismo francés, cuya influencia perdura vigorosamente en la tradición literaria occidental. Su magistral reelaboración de las fábulas clásicas, principalmente de Esopo y Fedro, dotadas de un estilo inimitable y una profunda observación de la naturaleza humana, constituye su legado más significativo y perdurable.

Procedente de una familia acomodada, La Fontaine recibió una esmerada educación humanística que le permitió familiarizarse con los clásicos grecolatinos, semilla fundamental de su posterior obra literaria. Tras una breve incursión en el seminario oratoriano, abandonó la vocación religiosa para dedicarse al estudio del derecho, profesión que ejerció brevemente. En 1647 contrajo matrimonio con Marie Héricart, unión que resultaría poco afortunada y de la que nacería su único hijo, Charles. La relación matrimonial, caracterizada por la incompatibilidad de caracteres, no tardó en deteriorarse, conduciendo a una separación de facto que permitió a La Fontaine desarrollar una vida bohemia en los círculos literarios parisinos.

El punto de inflexión en su trayectoria vital y literaria se produjo al entrar al servicio de Nicolas Fouquet, superintendente de finanzas de Luis XIV, quien se convirtió en su primer mecenas significativo. La caída en desgracia de Fouquet en 1661, acusado de malversación, supuso un duro golpe para La Fontaine, quien le dedicaría la conmovedora elegía “Oda a la desgracia de Monsieur Fouquet”, manifestación de una lealtad que contrastaba con el oportunismo imperante en la corte versallesca. Esta circunstancia le granjeó la antipatía del monarca, quien nunca le dispensó su favor, a diferencia de otros literatos contemporáneos como Racine o Boileau.

Posteriormente, La Fontaine encontró refugio y mecenazgo en los salones literarios de la época, particularmente en el de Madame de La Sablière y, tras la muerte de ésta, en el de Madame d’Hervart. Estos espacios de sociabilidad intelectual proporcionaron al escritor no solo sustento económico sino también un entorno propicio para el desarrollo de su creatividad literaria. Durante este periodo, La Fontaine frecuentó la compañía de prominentes figuras como Molière, Racine y Boileau, conformando el denominado “grupo de los cuatro”, núcleo intelectual determinante en la configuración del canon clasicista francés.

La producción literaria de La Fontaine se caracteriza por su versatilidad y eclecticismo. Antes de alcanzar la celebridad con sus fábulas, cultivó géneros diversos como la poesía lírica, la narrativa libertina y adaptaciones de comedias clásicas. Sus “Contes et nouvelles en vers” (1665-1674), colección de relatos inspirados en Boccaccio y Ariosto, evidencian una vena licenciosa que contrastaba con la moralidad imperante, lo que le valió censuras eclesiásticas. No obstante, son indudablemente sus “Fables choisies mises en vers” (1668-1694), publicadas en doce libros y tres colecciones sucesivas, las que cimentan su reputación literaria.

Las fábulas de La Fontaine trascienden la mera recreación de los modelos clásicos para constituir un corpus literario originalísimo, donde convergen tradición e innovación. El autor francés revitaliza el género fabulístico mediante una expresión poética refinada, una versificación variada y flexible, y una aguda capacidad para la caracterización psicológica de los personajes animales, quienes encarnan vicios y virtudes humanas con sorprendente verosimilitud. La aparente sencillez de estos relatos breves encubre una profunda reflexión sobre la condición humana, las relaciones sociales y las estructuras de poder, articulada desde una perspectiva escéptica y desencantada que anticipa corrientes filosóficas posteriores.

La moraleja en las fábulas lafontainianas dista de ser unívoca o dogmática; por el contrario, presenta una ambigüedad interpretativa que estimula la reflexión crítica del lector. Así, “El cuervo y el zorro” trasciende la simple advertencia contra la adulación para cuestionar el valor de la apariencia en las relaciones sociales; “La cigarra y la hormiga” problematiza la dicotomía entre previsión e improvisación más allá del juicio moral convencional; y “Los animales enfermos de la peste” constituye una mordaz sátira sobre la arbitrariedad de la justicia y los mecanismos de expiación colectiva.

El estilo literario de La Fontaine se distingue por una elegante naturalidad que oculta un meticuloso trabajo compositivo. Su dominio del verso irregular, la riqueza léxica, el empleo sutil de la ironía y la hábil alternancia entre registros coloquiales y cultos configuran una poética singular que ha resistido admirablemente el paso del tiempo. La dimensión sonora de sus versos, concebidos para la lectura en voz alta según la tradición de la sociabilidad literaria del Grand Siècle, contribuye a su efectividad comunicativa y a su potencial mnemotécnico.

La recepción crítica de La Fontaine ha experimentado fluctuaciones significativas. Si bien en vida gozó de reconocimiento literario, evidenciado por su admisión en la Académie Française en 1684, su obra suscitó también reticencias morales, particularmente por parte de educadores como Rousseau, quien cuestionaba la idoneidad de las fábulas para la formación infantil debido a su complejidad ética. El siglo XIX, con su revalorización del ingenio y la ironía, rehabilitó plenamente su figura, situándole en el panteón de los clásicos indiscutibles de la literatura francesa.

Jean de La Fontaine representa la síntesis perfecta entre tradición e innovación literaria, entre erudición y accesibilidad, entre observación social aguda y expresión poética sublime. Su capacidad para vehicular reflexiones universales sobre la naturaleza humana a través de narraciones aparentemente sencillas y protagonizadas por animales constituye un logro estético singular que explica la perdurabilidad de su obra. Las fábulas lafontainianas, traducidas a innumerables idiomas y continuamente reeditadas, permanecen como un testimonio vivo de la capacidad de la literatura para trascender barreras temporales y culturales, confirmando a su autor como un clásico imperecedero cuya lectura sigue revelando nuevas capas de significado a lectores contemporáneos.


Las Fábulas



La fábulas de La Fontaine se agrupan en doce libros. Los seis primeros, que contienen 124 fábulas, fueron publicados en 1668; los cinco siguientes (89 fábulas), en 1678-79, y el último (27 fábulas), en 1694. Su título exacto, Fábulas escogidas y puestas en verso, declara ya el intento del autor: dar forma poética a las mejores composiciones de los maestros antiguos (el griego Esopo y el latino Fedro) y de otros autores modernos. Al comienzo de la obra, La Fontaine traza una biografía un tanto fantástica del inventor del género, Esopo.


Ilustraciones de algunas fábulas de Jean de La Fontaine










El fin de la fábula siempre es el de instruir: el autor lo recuerda a menudo, afirmando a la vez su voluntad artística, al declarar que abre un nuevo camino, el de la fábula poética. La fábula, que para los humanistas italianos (Bevilacqua, Faerno) y para los franceses del siglo XVI (Haudent, Guéroult) era un género inferior, alcanza con La Fontaine la grandeza de los antiguos, con un más acusado carácter artístico, abandonando la excesiva brevedad de Fedro Dejándose llevar por su gusto por la narración, La Fontaine aúna en sus fábulas este amor al relato con la seriedad moral y con la infinita variedad de motivos.

Los primeros seis libros respetan discretamente los modelos y las formas tradicionales, con descarnados apólogos al comienzo (“La cigarra y la hormiga”); más adelante, trata los argumentos cada vez con mayor libertad, de modo que los viejos asuntos resultan transformados y renovados, a veces con sabor de cuento (“La joven viuda”). La Fontaine satiriza la vanidad y la envidia y deplora la maldad humana (“El león viejo”). En general, la suya es una moral de la experiencia, llevada con la serena aceptación de una realidad en la que domina el mal, y que impone la prudencia y la astucia, sin excluir el amor y la piedad. Los animales aparecen tal como los ha fijado la tradición fabulista: no siempre verdaderos según la ciencia, pero siempre vivos.

El frecuente uso del verso libre, la rica variedad de la lengua, el acento personal, lírico, convierten ya en una verdadera y nueva creación esta recopilación primera. Pero la plenitud artística se consigue en la segunda (el último libro añadirá ya pocos méritos), donde el autor demuestra ser uno de los más originales y ricos poetas franceses. La fábula alcanza amplitud de sátira política (“Los animales enfermos de peste”), denuncia el egoísmo hipócrita (“El topo retirado del mundo”), pronuncia palabras de alta sabiduría (“La muerte y el moribundo”) o se convierte en tierna elegía (“Los dos pichones”, “Los dos amigos”). En ellas aparece un pensamiento más maduro, una intransigencia más viva ante los vicios del hombre, un reconocimiento más elevado de los mejores bienes (la amistad, el sentido humanitario), y una más decidida entrega a lo lírico y lo fantástico.



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