Entre los pliegues dorados de la literatura oriental, se esconde un umbral hacia lo eterno: Las mil y una noches. No es solo un compendio de cuentos; es una arquitectura de espejos donde cada relato refleja otro, multiplicándose sin fin. Borges no la contempla como lector casual, sino como quien reconoce en sus páginas la promesa de un universo sin clausura. ¿Puede un libro contener el vértigo de lo infinito? ¿O es el lector quien se disuelve en su hechizo sin retorno?


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LAS VERSIONES DE LAS MIL Y UNA NOCHES


“Uno tiene ganas de perderse en Las mil y una noches; uno sabe que entrando en ese libro puede olvidarse de su pobre destino humano; uno puede entrar en un mundo, y ese mundo está hecho de unas cuantas figuras arquetípicas y también de individuos.

En el título de Las mil y una noches hay algo muy importante: la sugestión de un libro infinito. Virtualmente, lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el fin. No por razones de tedio: se siente que el libro es infinito.

Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído todos, pero sé que ahí están las noches esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero ahí estarán los diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y una noches del Oriente”.

Jorge Luis Borges


Las mil y una noches, ciclo de siete conferencias pronunciadas en el teatro Coliseo de Buenos Aires en 1977.



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