Hoy en día, la expresión «cruzar el Rubicón» significa lanzarse a una empresa sin vuelta atrás, con gran riesgo propio. Es un acto de valentía con un episodio concreto y decisivo que marca la historia, exactamente como ocurrió tal día como hoy.

RUBICON – ALEA IACTA EST
El 10 de enero del 49 a. C., César se encontraba en Rávena en calidad de procónsul y gobernador de una de sus provincias.
Aparentaba cumplir con sus obligaciones rutinarias, pero en realidad no podía dejar de pensar en la respuesta que daría al ultimátum que le planteó el Senado tres días antes. Le ordenaban licenciar sus legiones y presentarse en Roma como un civil, desprovisto del imperium que lo protegía de todo contencioso iniciado en contra de su persona y, por consiguiente, a merced de sus enemigos políticos que aguardaban como leones en celo, la oportunidad de acabar con su vida política y física.
Con esa extraordinaria capacidad que tenia para ocuparse de distintos asuntos de forma simultánea, al mismo tiempo que inauguraba una escuela de gladiadores o asistía a un banquete en el que la nobleza local le hacía la pelota con todo descaro, no dejaba de pensar en un río. El Rubicón era un riachuelo que señalaba el límite entre la Galia Cisalpina e Italia, y según la ley romana, ningún gobernador provincial podía atravesarlo al frente de sus tropas so pena de ser declarado enemigo público.
César era plenamente consciente de las consecuencias que tendría el hecho de cruzar el Rubicón con una sola legión, la Legio XIII Gemina, su favorita; pero estaba decidido a hacerlo en la madrugada del día 11.
Estas cosas no suceden de manera fortuita ni repentinamente, suelen ser el resultado final de una serie de actos que por sí mismos son insuficientes para desencadenar la tormenta final, pero cuando se alinean nada puede detenerlos. Creo que debo contar cómo se llegó a esta situación, sabiendo que que no va a ser fácil de resumir porque fue un proceso multicasual larvado durante más de 10 años en los que los enemigos políticos de Cesar, la facción conservadora del Senado encabezados por Catón, buscaron la forma de acusarlo y juzgarlo por causas reales e inventadas, con el objetivo final de condenarlo y acabar con su carrera política, su mando militar y su fortuna personal.
Durante todo esos años César era inmune, como lo eran todos los magistrados con imperium, y en virtud de ese estatus no podía ser juzgado. Pero en el año 49 a. C., se terminaba su segundo proconsulado y se convertía en un ciudadano que podía ser llevado ante un tribunal convenientemente sobornado. Trató de negociar con el Senado, propuso licenciar sus legiones si Pompeyo licenciaba las suyas, pero todo fue inútil porque no había nada que negociar. Querían acabar con él.
“Ahora todavía podemos retroceder, pero si atravesamos este pequeño puente, todo tendrá que resolverse con las armas”, dijo a sus hombres, los fieles e incondicionales soldados de Legio XIII Gemina, que inmediatamente lo aclamaron y le rogaron no ceder ante sus enemigos y emprender la marcha hacia Roma.
Suetonio, que no estaba allí, nos cuenta que César se puso muy serio y pronunció su famosa frase “Alea iacta est”, que unos dicen que significa “la suerte está echada” y otros “que vuelen los dados”. Mi madre, que como Suetonio tampoco estaba allí, pero que sabía latín, la traduciría como “que sea lo que Dios quiera” o “que el Señor nos coja confesados”.
Yo no sé si fue la suerte o su talento militar, o quizás la combinación de ambos; el caso es que tras casi cinco años de guerra civil, Cesar consiguió una aplastante y decisiva victoria sobre Pompeyo en Farsalia y la definitiva sobre Labieno en Munda.

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