La cueva de Altamira es una cavidad natural en la roca en la que se conserva uno de los ciclos pictóricos y artísticos más importantes de la prehistoria. Forma parte del conjunto cueva de Altamira y arte rupestre paleolítico de la cornisa cantábrica, declarado Patrimonio Mundial por la Unesco.

En el año de 1879, en Cantabria (España) son descubiertas las pinturas de la Cueva de Altamira, conocida como la “Capilla Sixtina del arte rupestre”. La entrada de la cueva había sido descubierta en 1868 por Modesto Cubillas, quien en un día de caza encontró a su perro atrapado entre las grietas de unas rocas cuando perseguía a una presa, y al liberarlo dio con la entrada. Cubillas se lo com un unicó a Marcelino Sanz de Sautuola, un rico propietario local quien la visitó en 1875. Sautuola regresó un 24 de septiembre de 1879, acompañado por su hija María Sanz de Sautuola y Escalante, de ocho años. Su intención era excavar la entrada de la cueva buscando restos de huesos y sílex.
Pero el verdadero descubrimiento lo realizó la niña, quien se adentró en la cueva hasta llegar a una sala lateral y al observar unas pinturas en el techo gritó: “¡Papá, mira, toros pintados!”. Sautuola quedó sorprendido al contemplar el grandioso conjunto de pinturas que cubrían casi la totalidad de la bóveda y al año siguiente publicó un pequeño tratado en el que defendía el origen prehistórico de las pinturas e incluía una reproducción de ellas.
Los científicos más reconocidos en estudios prehistóricos y paleontológicos en Europa rechazaron que las pinturas fueran prehistóricas; sin embargo, su valor poco a poco fue avalado por los frecuentes hallazgos de otras piezas de arte similares en numerosas cuevas europeas, principalmente en Francia. Émile Cartailhac, que había sido uno de los más grandes opositores a la autenticidad de Altamira, reconsideró su postura y tras visitar la cueva, escribió en la revista “L’Antropologie” (1902) un artículo titulado “La grotte d’Altamira. Mea culpa d’un sceptique” (La cueva de Altamira. Mea culpa de un escéptico), el cual supuso el reconocimiento universal del carácter paleolítico de las pinturas de Altamira.
La cueva fue utilizada durante varios periodos dentro del Paleolítico Superior, desde hace unos 35,600 hasta hace 13,000 años, cuando la entrada principal quedó sellada por un derrumbe. La sala más importante de todas se conoce como Sala de los Polícromos, donde el animal protagonista es el bisonte. Para pintarlos utilizaron piedras afiladas para grabar la imagen en la roca, o carbón y otros minerales que machacaban y después mezclaban con agua o grasa animal fabricando así pintura de diferentes colores.
Fue declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1985. A principios de la década de 1970, la cueva de Altamira comenzó a mostrar deterioro en los pigmentos debido al turismo excesivo, por lo que las autoridades decidieron cerrarla hasta 1982, año en que se abrió con restricciones, al poderla visitar solo 8500 personas al año. La medida duró hasta el año 2002, en el que se terminó una réplica exacta de la cueva de Altamira, lo que hoy se denomina como Neocueva, y en la que se utilizaron los mismos elementos para pintar que los antiguos habitantes. En la cueva original de Altamira, desde el 10 de abril de 2015 pueden entrar cinco personas una vez a la semana, por sorteo y durante 37 minutos, acompañados siempre por dos guías con la intención de preservar el máximo exponente mundial del arte rupestre paleolítico en el mundo.







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