La Castañeda fue el centro psiquiátrico más grande de México hasta la segunda mitad del siglo XX. Fue construido en los terrenos de una hacienda pulquera que llevaba el mismo nombre en el antiguo pueblo de Mixcoac, donde hoy se encuentran la Unidad Lomas de Plateros, y la Unidad Torres de Mixcoac. La inauguración fue realizada por Porfirio Díaz en 1910 y su demolición se efectuó en 1968.

LA CASTAÑEDA: EL PALACIO DE LOS LOCOS
Durante las seis décadas que operó los encargados abusaron de la aplicación de electroshocks a los pacientes, aplicaban baños de agua helada ante el menor indicio de rebeldía, cada persona internada tenía que enfrentar condiciones extremas de insalubridad y hacinamiento, entre tantas otras vejaciones, fue un psiquiátrico que se salió de control a la vista de autoridades.
Toda esta gama de horrores contrasta con el día de la inauguración de este hospital para enfermos mentales, el 1 de septiembre de 1910.
En esa fecha Porfirio Díaz arribó al nuevo nosocomio con todo su séquito aristocrático, entre vítores y auto halagos, se decía que representaba el inicio de una nueva era en atención a la locura humana en el país y sobra decir que su creación fue parte de los festejos por el centenario de la Independencia de México.
Pero antes de obtener la gloria por la construcción del “moderno” manicomio, el presidente Díaz realizó los preparativos, consiguió que su amigo, el empresario pulquero, Ignacio Torres Adalid, cediera una buena extensión de la hacienda La Castañeda en la zona de Mixcoac para crear el psiquiátrico que mandó a hacer con el mismo estilo del asilo para enfermos mentales Charenton de París, Francia.
El hospital al fin empezó operaciones con 23 pabellones para atender a pacientes con problemas mentales que fueron traídos de las clínicas de San Hipólito y La Canoa de la Ciudad de México.
Lo que nadie sospechaba el día de la inauguración era que estaban viviendo los últimos días de Porfirio Díaz en el poder, lo que tal vez fue el origen del caos, pues ante la futura ausencia del creador de La Castañeda y el inicio de la Revolución Mexicana, el psiquiátrico empezó a enfrentar profundas carencias económicas y de organización, lo que fue el fin de la atención de la locura de los pacientes basada en la ciencia y empezó la atención basada en la suposición así como de las malas prácticas médicas.
Se empezaron a clasificar a los enfermos en los 23 pabellones de forma inhumana, por un lado los epilépticos, en otra las ninfómanas, al otro lado las prostitutas y junto con ellas los sifilíticos, el caos y el hacinamiento aumentaron cuando el gobierno empezó a llevar a La Castañeda a convictos peligrosos, indigentes o simplemente personas que no podían pagar una vivienda, y si en un principio para poder ser paciente del manicomio era necesario un certificado de “locura”, durante las décadas siguientes este requisito dejó de ser solicitado.
Durante prolongados periodos, el nosocomio alcanzaba los 3 mil 300 internos, los encargados tomaron la decisión de quitar las camas para ahorrar espacio y así, los enfermos podían dormir en el piso, la duela que alguna vez dio una toque elegante al inmueble ahora yacía derruida por orines, sudores y mordeduras de ratas.
La atención médica también empezó a escasear, durante el fin de semana un solo galeno era el responsable de los más de 3 mil pacientes alojados en los 23 pabellones. La falta de vigilancia derivó en violaciones, golpizas entre internos, muertes por enfermedades gástricas y torturas.
Para el inicio de la década del 60, La Castañeda contaba con suficiente mala reputación, algunos periodistas que habían conseguido entrar describieron los horrores al interior del nosocomio, José Luis Cuevas había dibujado a los pacientes recibiendo numerosas descargas eléctricas que los dejaban al borde del coma.
Incluso contaban que los pacientes, suplicaban en el piso por un pedazo de pan. Y en el patio central del manicomio, desde el techo los doctores aventaban pedazos de pan secos a los pacientes para disfrutar como estos se peleaban por obtener un trozo.
Unos meses antes de las olimpiadas de 1968 comenzó la demolición del manicomio, para la inauguración de los juegos el inmueble había dejado de existir.




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