William James Sidis fue un niño prodigio estadounidense. Sus padres eran de origen ucraniano y a la vez de origen judío. Desde niño demostró poseer sorprendentes habilidades intelectuales de memorización, especialmente en las matemáticas y en el dominio de múltiples lenguas.

William James Sidis
Casi doblaba el cociente intelectual de Albert Einstein. Con solo 11 años, ingresó en la Universidad de Harvard. Pero un padre manipulador obsesionado con convertir a su hijo en un prodigio, y la fama prematura, lo destruyeron casi por completo. William James Sidis murió solo y amargado de la vida a los 46 años.
Ser inteligente te abre muchas puertas en la sociedad. Pero también te pone las cosas más difíciles en otros aspectos. Y si no los gestionas bien, pueden acabar destruyéndote. La lista de genios intelectuales que acabaron suicidándose, en la cárcel, o aislados del mundo, es larga y desoladora.
William James Sidis está considerado el hombre más inteligente de la historia. Su Cociente Intelectual (CI) estaba entre los 250 y los 300 puntos, según su hermana. Albert Einstein por ejemplo tenía 160, que ya se considera un superdotado. Pero su vida es también una de las más tristes y conmovedoras.
Con solo año y medio William James Sidis ya era capaz de leer el periódico. Con 8 años hablaba ocho idiomas. Pero los consideraba limitados, así que inventó el suyo propio. A los 11 años ya era universitario en la universidad más prestigiosa de Estados Unidos. En cierto modo nunca llegó a ser un niño, a tener una infancia. Ese fue el primer gran error, el primer drama de su vida.
Diversos estudios fijan el coeficiente intelectual de Sidis alrededor de los 200. Su propia hermana Helena asegura que unos años antes de morir llevó a cabo un test de inteligencia y no supieron medirlo, porque daba valores entre 250 y 300. Es difícil precisarlo, pero todos coinciden en que fue uno de los seres humanos más inteligentes de la historia. Esta es su vida.
William James Sidis nació el 1 de abril de 1898 en Nueva York. Su padre, Boris Sidis, nacido en Ucrania y de ascendencia judía, era un prestigioso psiquiatra. Su madre, Sarah Mandelbaum, era doctora.
El recién nacido Sidis tenía la genética a su favor. Y pronto comenzó a demostrarlo. Según sus biografías, a los 18 meses ya era capaz de leer el New York Times, y a los 4 años aprendió griego. Con 6 años dominaba la lógica de Aristóteles, y a los 8 años hablaba 8 idiomas: griego, latín, francés, ruso, alemán, turco, armenio y hebreo. Los consideraba mejorables, así que inventó su propio lenguaje, que llamó Vendergood.
Curiosamente la única ciencia que no dominaba era las matemáticas. Así que con 6 años su padre le inculcó esta materia por medio de las clases y estudios intensivos.
En el colegio, sus profesores se quejaban porque era un niño muy distraido y no atendía en clase. Es algo común en los superdotados. Ya sabía todo lo que explicaba el profesor, y se aburría. Con 6 años él ya habia aprendido varios idiomas, pero en clase le ponían exámenes para ver si se sabía el abecedario…
Con 9 años ya había aprobado todos los exámenes de bachillerato e instituto, así que su padre pidió que lo admitiesen en la Universidad de Harvard. Fue rechazado por su edad. Pasó dos años buscando errores en las teorías de Einstein y aprendiendo más idiomas. A lo largo de su vida dominó más de 25 lenguas, y podía defenderse en 40 idiomas.
Finalmente a los 11 años, Harvard cedió: William James Sidis se convirtió en el universitario más joven de sus más de 300 años de historia.
La alargada sombra de su padre
Durante su primera década de vida Sidis se convirtió en un niño prodigio tutelado por su padre, que controlaba absolutamente todos los aspectos de su vida. Como psiquiatra, Boris Sidis creía que “si los niños empiezan a estudiar a los dos años y mantienen un aprendizaje intensivo, a los 10 años pueden aprobar el instituto”.
Boris Sidis era un respetado psiquiatra que escribió numerosos libros. No creía en la educación regulada y se obsesionó con la genialidad de su hijo. Cumplió su objetivo: a los 11 años William estaba en la universidad más prestigiosa y destacaba en Matemáticas, la matería que no dominaba, llegando incluso a dar clase algunos días, en lugar del profesor.
Pero el precio, posiblemente, fue demasiado alto. William James Sidis no tuvo infancia. Nunca fue un niño, ni aprendió las habilidades sociales necesarias para desenvolverse en la vida. Y eso comenzó a pasarle factura en sus años de universidad.
Las difíciles relaciones sociales
Sidis nunca había practicado deporte, una actividad que su padre consideraba “propia de bárbaros”, pero que era esencial en la universidad.
Y no sabía comportarse en público. Una anécdota relata cómo un profesor lo ridiculizó porque “llevaba media hora intentando colocarse correctamente el sombrero”.
A William le costó mucho hacer amistades en la Universidad, y ya entonces se llevaba mal con la prensa y la fama. Desde niño había aparecido en los periódicos y en el campus destacaba por su menor edad. Le molestaba porque no sabía gestionarlo, y en esa época la sobreinteligencia no se veía como una virtud, sino como una cosa de bichos raros.
Sus compañeros de campus se burlaban a menudo de él escribiéndole falsas cartas de amor de chicas que querían casarse con él. Llegó a cosechar algún suspenso, y se dice que fue en aquella época cuando decidió ser célibe. Como otros genios de la talla de Platón, Leonardo Da Vinci, Pitágoras o Kant, nunca se casó ni se le conocen relaciones.
Se graduó Cum Laude con solo 16 años, en 1914.
De espaldas a la sociedad
Con 16 años Sidis tenía pensado matricularse en Harvard en otras carreras. Pero tras ser agredido físicamente por unos estudiantes su padre le encontró trabajo de asistente del profesor en la Universidad Rice, en Houston.
Con 17 años empezó a impartir algunas clases de Geometría en la universidad, pero prontó comenzó a estar en desacuerdo con las directrices del departamento, y sufrió amenazas de estudiantes que tenían más años que él.
Llegó a matricularse en Derecho en Harvard pero abandonó en el último curso, en 1919. Algo empezaba a torcerse en la vida del genio superdotado.
La cárcel y el retiro
Sidis se consideraba a sí mismo un socialista. Con 19 años participó en una manifestación del Día de los Trabajadores, que terminó en disturbios. Fue detenido y condenado a 18 meses de prisión.
Este incidente le puso en portada de todos los periódicos. A la prensa le encantan los casos de los genios que caen en desgracia, y un titular con el adolescente graduado en Harvard que acaba en la cárcel, tenía mucho tirón.
Finalmente su padre acordó con el juez que, en lugar de la prisión, lo confinaría dos años en el manicomio en donde trabajaba. Pasado ese tiempo, con 21 años, William James Sidis dijo a sus amigos que había decidido recluirse y pasar al anonimato.
Dejó de hablarse con sus padres y la segunda mitad de su vida la pasó realizando trabajos mal pagados arreglando máquinas y otras tareas mecánicas porque “no quería pensar”. Cuando su padre murió en 1923, no acudió a su funeral.
Aún así escribió varios libros bajo pseudónimo que no llegó a publicar, porque los editores no querían publicar libros con nombres falsos. Algunos de ellos, como The Animate and the Inanimate, en donde explica el origen de la vida y formula sus propias leyes, son realmente brillantes. Se conservan cuatro libros, 13 artículos y un centenar de columnas en revistas en la web Sidis.net.
William James Sidis murió a los 46 años, de una hemorragia cerebral. La misma muerte que su padre. Algunas crónicas de la época aseguran que “murió solo y amargado”, pero cartas de sus conocidos afirman que tenía bastante amigos y que era una persona agradable a la que le gustaba contar historias.
Hoy solo queda de él una sencilla y casi anónima tumba en el cementerio de Boston.
La triste vida de William James Sidis se usa a menudo por los psicólogos para mostrar cómo la inteligencia no es suficiente para tener una buena vida, o ser feliz. También ha servido para que las universidades americanas establezcan nuevas normas de supervisión a la hora de admitir alumnos en edad infantil o adolescente.
Hoy en día además del coeficiente de inteligencia se tienen en cuenta otros aspectos, como la inteligencia emocional: la capacidad de las personas para relacionarse, y desenvolverse en sociedad.
El profesor del MIT Daniel F. Comstock llegó a decir de Sidis, cuando aún era estudiante universitario: “predigo que el joven Sidis será un gran matemático astronómico. Desarrollará nuevas teorías e inventará nuevas formas de calcular los fenómenos astronómicos. Creo que será un gran matemático, el líder en esa ciencia en el futuro”.
Seguramente fue el hombre más inteligente de la historia, pero por desgracia es recordado por otras cuestiones ajenas a sus logros.
No sabemos si él consideraría su vida desperdiciada. Lamentablemente, vista desde fuera, así lo parece…

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