El santo conocía a una comunidad de paganos cerca de Geismar que, en medio del invierno, iban a realizar un sacrificio humano (donde usualmente la víctima era un niño) a Thor, el dios del trueno, en la base de un roble al que consideraban sagrado y que era conocido como “El Roble del Trueno”.

¿QUÉ TIENE QUE VER EL DIOS THOR CON EL ÁRBOL NAVIDEÑO?
Cerca de la aldea de Geismar, yacen ocho hombres sacrificados; gotas de sangre aún brotan de sus heridas abiertas. Nueve caballos y nueve cadáveres de otras bestias desdichadas, cuelgan destripadas de los árboles. Sus verdugos apenas pudieron huir a través del bosque. La caballería Franca fue tras ellos y los persiguió hasta los límites del río.
Los ojos del padre Bonifacio chispean; una mueca de maldad se dibuja en su rostro mientras, con la arrogancia con la que habla un hombre poderoso, dice:
— Los bárbaros no completaron su ceremonia, regresaran.
El hombre a quien se dirige desmonta, el clérigo se acerca y le susurra al oído, explicándole:
— Estos salvajes Celtas creen en la existencia de nueve mundos, por eso en el solsticio sacrifican nueve ejemplares de cada especie. Hoy sus soldados han interrumpido esta ceremonia pagana, así que ellos no pudieron sacrificar al noveno hombre. Los bárbaros regresarán y nosotros controlaremos la situación.
Carlos Martel palmea al poderoso hombre santo, en señal de complacencia y ordena a sus soldados:
— Francos, aflojad la tierra bajo cada roble en este bosquecillo y amarrad lazos por lo alto, en las copas de los árboles, sobre todo me interesa que aseguren a ese árbol, el frondoso. Después nos retiramos ¿Ese es el árbol padre Bonifacio?
— ¡Sí, es ese! Donareiche, el árbol santo de los celtas.
— Bien padre ¡Atención soldados, esto es de suma importancia!:
Dejad los cadáveres de animales y hombres donde fueron asesinados por los salvajes Germanos, no toquen a ninguna de las víctimas. Quien desobedezca, será duramente castigado.
Al siguiente día, los salvajes aldeanos volvieron. Atemorizados por fallar en su ceremonia de solsticio de invierno, se apresuran. Cuelgan en los arboles los cadáveres de los hombres sacrificados, que quedaran ahí hasta podrirse, según su tradición.
Toca el turno de morir al noveno hombre, el más joven de todos, al que el día anterior no pudieron sacrificar, al ser interrumpidos. El doncel es atado al tronco de Donareiche, el noveno roble sagrado.
La muchedumbre, andrajosa y sucia, envuelta en pieles de animales, aúlla extasiada.
El sacerdote levanta el hacha e implora:
— ¡Donar, Señor mío, recibe este sacrificio! ¡Protégenos del invasor!
Bonifacio, quien había permanecido escondido, esperando pacientemente a los Germanos, aparece como un fantasma.
Aprovechando la sorpresa, despoja al sacerdote de su hacha y la blande con fuerza, asestando un macizo golpe al tronco de Donareiche. El viento sopla fuerte, el magnífico árbol cruje y cae, ante la mirada incrédula de los barbaros.
En ese momento, el ejército Franco emerge del bosque, rodeando a los salvajes aldeanos en un santiamén.
Por unos segundos la muchedumbre solo mira a los Francos. Bonifacio aprovecha ese momento precioso y saca un pequeño abeto que escondía entre sus ropas. Velozmente acomoda en el centro desgajado de Donareiche, el árbol caído, a su pequeño intruso.
Con voz autoritaria, el padre Bonifacio se dirige a los incrédulos Germanos:
— Hijos del bosque ¡Su árbol de muerte ha caído!
Mientras les habla, el clérigo blande una cruz de madera, el símbolo de su religión: sobre la cruz, un hombre tallado yace colgado en agonía; tiene el rostro desencajado por el dolor y la sangre le brota de varias partes del cuerpo.
— Y observad Celtas— continúa Bonifacio—
Aquí este pequeño abeto, que milagrosamente ha nacido del centro mismo del roble. Desde hoy ustedes alabaran a este árbol de vida ¡Que representa la Santísima Trinidad! Y si su dios tiene poder ¡Que me fulmine en este momento con su rayo!
Los Celtas se inclinan mostrando respeto.
Con la madera del roble vencido, Bonifacio erigió una capilla en honor a Pedro.
La siguiente navidad, el padre cortó un abeto, y lo adornó con fruta, en la capilla recién construida.
Así comenzó la evangelización de Germania.
De un ardid, nacería un icono: el árbol de navidad.
“EL ARDID NAVIDEÑO” escrito por Alejandro Rivera.
Relato histórico.

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