De acuerdo al folclor, el jubokko aparece en lugares que fueron campos de batallas que dejaron una cantidad de muertos particularmente alta. Su apariencia no difiere mucho de un árbol ordinario, pero se convierte en un árbol yōkai tras haber absorbido grandes cantidades de sangre humana de los muertos en batalla, por lo que posteriormente el jubokko sobrevive alimentándose de esta

El jubokko
LEYENDA JAPONESA
El jubokko no era un árbol malvado, al principio. Crecía formando un frondoso bosque en las orillas del lago Vika, y en primavera se llenaba de hojas verdes y de flores blancas.
Dejaba que los pájaros anidasen en sus ramas, que las ardillas se escondiesen en sus agujeros, y que los jabalíes se afilasen los colmillos frotándose contra su corteza. En definitiva, era un árbol como cualquier otro.
Pero cuando estalló la guerra, el bosque donde crecían los jubokkos se llenó de ronin que formaban hordas feroces.
No pasaba un día sin que un grupo atacase a otro, y en cada combate había muertos. Así sucedió luna tras luna, hasta que la tierra del bosque quedó tan empapada en sangre que pasó de ser negra a adquirir un tinte rojizo.
Los jubokkos, en un primer momento, no aceptaron de buen grado aquellos cambios.
Estaban hartos de las desgracias que los hombres habían traído a su pequeño rincón del mundo. Les repugnaban los cadáveres que se quedaban al pie de sus raíces, descomponiéndose al sol. Y el sabor de la savia que ascendía por sus troncos, contaminada de sangre humana, les asqueaba. Muchos dejaron de beber y lentamente se fueron marchitando hasta morir.
Pero hubo algunos que, poco a poco, le fueron cogiendo gusto a aquel sabor a hierro que tenía la sangre. Se acostumbraron de tal manera, que la savia normal, hecha de agua y sales minerales, les empezó a resultar insípida.
Cuando pasaban tres o cuatro días sin que un nuevo cadáver regase de sangre sus raíces, se ponían nerviosos. Sus ramas habían comenzado a cambiar, y ahora terminaban en punzantes ganchos que podían rodear y atrapar a un ser humano. Y de su tronco salieron unas espinas que se clavaban como dientes afilados en el cuello de sus presas y le extraíanlos jugos vitales. Sin saber cómo, se habían convertido en árboles vampiro, ávidos de carne y de sangre humana.
Pasaron los años y la guerra se terminó, pero los jubokkos que habían sobrevivido a orillas del lago Vika seguían comportándose como temibles depredadores. En la distancia parecían criaturas inofensivas, pero cuando uno se acercaba solía encontrarse un montoncito de cráneos y huesos a sus pies, que eran los restos de las personas a las que habían devorado.
Las flores que daban en primavera ya no eran blancas, sino rojas, y exhalaban un desagradable olor a carne podrida.
No es de extrañar que la gente temiese aventurarse en aquel bosque. Los pocos que se internaban en él raramente salían vivos. Y los que lograban escapar no volvían a ser los mismos. Dejaban de hablar, sus ojos se volvían oscuros y desesperados, y vivían atemorizados durante el resto de su vida.
Un día Cheiko, una muchacha de Osaka, estaba viajando con sus padres por el camino imperial que regresaba desde Tokio. Al atardecer se detuvieron a descansar en una aldea cercana al lago Vika. Allí, mientras cenaban cuencos de arroz blanco y pescado cocido, la posadera les contó la historia de los jubokkos.
Cheiko mostró de inmediato su curiosidad por aquellos sangrientos árboles.
—A mí me interesan mucho las plantas —dijo, sonriendo a la posadera—. En nuestro jardín de Osaka cultivo ejemplares de todas las variedades, y no es por nada, pero soy una buena jardinera. He conseguido que las lilas blancas de mi casa sean las más blancas de todo Japón, y que nuestro jazmín amarillo exhale el perfume más delicado de la tierra, y que nuestros rosales den rosas de colores asombrosos… Justo ahora venimos de la corte del emperador, que nos ha comprado algunas de nuestras flores más delicadas.
—Es cierto que Cheiko tiene un don con las plantas —dijo su madre sonriendo—. No hay ninguna que se le resista.
—Eso es porque les dedica tiempo y esfuerzo
—intervino el padre gravemente—. Observa lo que necesitan y se lo proporciona. Por eso es tan buena jardinera.
—También los árboles se me dan bien —añadió Cheiko—. Así que creo que mañana por la mañana iré a cortar uno de esos jubokkos para llevármelo a Osaka.
Al oír aquellas palabras de la joven, se hizo un silencio sepulcral en la posada. Unos mercaderes que se calentaban junto al fuego se volvieron a mirarla. También la miraba un hombre de aspecto feroz, con la mejilla surcada de cicatrices. Sus ropas raídas y el peto de cuero que había dejado a un lado, así como su espada, indicaban que se trataba de un ronin.
—No sabes lo que dices, niña —exclamó, levantándose y yendo hacia la alfombra donde ella y sus padres estaban comiendo—. Los jubokkos son bestias inmundas. Acercarse a ellos es más peligroso que acercarse a un tigre.
—¿Y usted cómo lo sabe? —preguntó Cheiko.
El ronin levantó el brazo derecho. Le faltaba la mano.
—Uno de ellos me la arrancó. De cuajo. Cuando quise recuperarla ya estaba escupiendo las uñas. Y sus ramas se me enredaron en el brazo izquierdo. Quería la otra… Suerte que pude desembarazarme de él y salir vivo.
—Parecen realmente peligrosos, esos jubokkos
—observó Cheiko—. Tendré que ir con cuidado mañana.
Sus padres la miraron asustados.
—¿Pero de verdad piensas ir? —preguntó la madre—. Hija, después de lo que te ha contado este señor, no creo que sea buena idea.
—Ya tienes toda clase de plantas en Osaka —dijo el padre—. Mejor no tientes a la suerte. No hay que desafiar el orden de la naturaleza.
Cheiko miró pensativa al ronin.
—Esos árboles… ¿Siempre han sido así de peligrosos? —quiso saber.
El ronin hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No. Yo conocí ese bosque antes de la guerra, cuando los jubokkos daban flores blancas en lugar de rojas, y eran unos árboles como todos los demás —explicó con voz ronca—. Fue la guerra la que los cambió, pero ya no tiene remedio. Escucha los consejos de tus padres, muchacha, y no te expongas a un peligro absurdo.
Estaba claro que el ronin no conocía a Cheiko.
—Ahora más que nunca quiero llevarme uno de esos árboles a Osaka. Porque está claro que no son malos por naturaleza, sino porque el hombre los volvió así.
—Pero ¿cómo vas a hacerlo? —preguntó el ronin—. No pensarás ir tú sola… Y nadie de esta aldea ni de los alrededores querrá acompañarte.
Cheiko se encogió de hombros. Tenía un plan.
A la mañana siguiente, en cuanto amaneció, se fue a la orilla del lago Vika con sus tijeras de podar. Reconoció al primer jubokko que se encontró por su olor pestilente y sus flores de color sangre.
Sin dudarlo un segundo, se aproximó al árbol y agitó delante del tronco su mano derecha.
De inmediato, una rama la golpeó como un látigo y se enroscó alrededor de su hombro. Cheiko ni siquiera pestañeó. Dejó que la rama tirase con fuerza de sus músculos, intentando arrancarlos. Mientras tanto, ella estudiaba el mejor sitio para cortar. Justo por encima de su hombro, abrió las tijeras y las cerró con fuerza sobre la rama atacante. Esta se desprendió al instante del árbol, que emitió un quejido similar al de un humano.
Satisfecha con su presa, Cheiko corrió de regreso a la aldea y metió la rama en agua. En lugar de savia, de la herida del corte brotaba un líquido rojo y espeso. Cada vez que se aproximaba a la rama cortada, sus hojas espinosas se curvaban hacia ella, con la esperanza de atraparla.
Pero Cheiko era ágil y siempre conseguía escaparse.
Cheiko logró transportar la rama de jubokko sin contratiempos hasta Osaka. Una vez en su jardín, se puso unos guantes de piel recia, hundió las manos en la tierra y plantó la rama. Tuvo que reaccionar con rapidez para impedir que aquel fragmento del árbol sanguinario le arrancase uno de los dedos de la mano izquierda. Se notaba lo sediento que estaba de sangre.
Pero Cheiko no se desanimó por eso. Cada día regaba al joven jubokko con agua clara, y le cantaba canciones al atardecer. Poco a poco, el árbol se fue tranquilizando. Sus ramas perdieron las espinas, sus hojas negruzcas se volvieron más verdes y lustrosas. Y cuando le salieron flores, resultó que no eran rojas, sino blancas, como las de los jubokkos de antes.
Cuentan que Cheiko le regaló el jubokko curado al emperador, y que este lo consideraba la más valiosa de todas las plantas de su jardín. Lo que nadie sabe es si Cheiko regresó alguna vez a las orillas del lago Vika para rescatar a otros jubokkos, o si empleó su paciencia y su arte para ayudar a otras plantas necesitadas.

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