Junto a los carruajes individuales, en el siglo XIX existieron también sistemas de transporte colectivo al modo de los actuales autobuses urbanos. En 1825, el francés Stanislas Baudry creó en Nantes el primer servicio de estas características, al que llamó ómnibus, “para todos” en latín



El tanque de un “UBER” de antes se llenaba con alfalfa, maíz, avena, calabacín, zanahorias y manzanas. Bueno, la mayoría de la gente caminaba al trabajo, a la ciudad, a la iglesia, al mercado, o con sus vecinos. Una distancia de 10 kilómetros no se consideraban una distancia indebida para andar a pie. La gente “Fifi”, perdón, iba decir la nobleza, esa era otra raza …

O eran dueños de sus propios carruajes o alquilaban un coche de caballos público. Estos equipos hicieron su primera aparición significativa a principios del siglo XVII. El primer servicio de coches de alquiler del que se tiene noticia se remonta a 1654, cuando en Londres se fundó un gremio de maestros cocheros (Fellowship of Master Hackney Coachmen) encargado de regular el transporte público de la ciudad. Estos cocheros conducían carruajes de ámbito urbano, que se alquilaban por recorridos y que había que ir a buscar al centro de la City.

Para 1694, estos vehículos habían aumentado a tal número que se estableció en Londres un cuerpo de Comisionados de Coches de Hackney. Los comisarios repartieron licencias, lo cual era un poco una broma, ya que solo cuatro inspectores eran responsables de más de 1.000 vehículos.

La mayoría de estos coches de alquiler con licencia se compraron de segunda mano. Todo lo que una persona emprendedora necesitaba para establecer su propio “Uber” era suficiente dinero para un carruaje usado y tres caballos. Dos que trabajaran en rotación y uno que pudiera usarse como reemplazo en caso de lesión o enfermedad. La muerte de un caballo podría llevar a la ruina financiera del propietario de un taxi. Otro ingrediente importante fue la vivienda para los caballos.

En 1823, los coches de caballos más ligeros comenzaron a reemplazar en gran cantidad a los engorrosos coches de alquiler y, a mediados de la década de 1830, los “cabriolé” establecieron el nuevo estándar para los coches de caballos modernos. El arquitecto Josephus Aloysius Handsom diseñó el primer carruaje. Fue aprendiz de su padre, Henry, un carpintero, pero al mostrar una aptitud temprana para el dibujo y la construcción, transfirió a su hijo con un arquitecto de York llamado Matthew Philips. Con él completó su aprendizaje y se convirtió en arquitecto.

Se hizo amigo de los hermanos John y Edward Welch, con quienes formó su primera sociedad arquitectónica (Handsom & Welch) en 1828. Juntos diseñaron varias iglesias en Yorkshire y Liverpool, trabajó en la renovación del castillo de Bodelwyddan en Denbighshire y el King William’s College en la Isla de Man. En 1831 sus diseños para el Ayuntamiento de Birmingham fueron aceptados; sin embargo, el contrato los llevó a la quiebra.

Cuando Hansom quebró, John Chapman se hizo cargo y diseñó Taxis con una cabina aún más liviana y eficiente. En sí, las empresas de taxis comerciales tendían a ser pequeñas, incluso en 1892. Solo uno o dos propietarios proporcionaban una gran cantidad o variedad de equipos, como Alfred Pargetter, cuya empresa anunciaba carruajes de mudanza, taxis y coches funerarios para alquiler. El modelo más usual de los coches de alquiler fue el cupé, un carruaje de cuatro ruedas, cubierto, con dos plazas y tirado por un caballo. En Madrid, este vehículo se llamó simón, por un tal Simón González o tal vez por el gallego Simón Tomé Santos.

Luego el tema de la cobranza; El primer taxímetro fue patentado por el alemán Wilhelm Bruhn en 1891, pero tardó en generalizarse a causa de la resistencia de los cocheros. Cuando se aprobó en París en 1904 obtuvo un éxito instantáneo, como reflejaba dos años después el Boletín municipal de París: “Con este aparato ya no es necesario mirar el reloj a la salida y a la llegada. Esta formalidad preliminar conllevaba discusiones cotidianas, pues el reloj del cliente y el del cochero nunca se ponían de acuerdo. El público quedó encantado de ver la hora marcada en el cuadrante del contador”.

Junto a los carruajes individuales, en el siglo XIX existieron también sistemas de transporte colectivo al modo de los actuales autobuses urbanos. En 1825, el francés Stanislas Baudry creó en Nantes el primer servicio de estas características, al que llamó ómnibus, “para todos” en latín. Eran coches amplios, para ocho o diez personas. Además, los viajeros podían llevar equipajes por los que debían pagar una cantidad en función del peso. Los coches incluso podían ser alquilados por familias enteras para ir de las estaciones a sus domicilios.

Estos carruajes prestaban servicio entre el centro de las ciudades y la periferia y tenían paradas fijas y accidentales. En España, las empresas estaban obligadas a ofrecer servicios especiales los días de romería o de Carnaval y para ir a los toros y a los cementerios.

Si bien los taxis tenían licencia, sus conductores, según un reglamento del Ayuntamiento de Madrid de 1860, debían acreditar “las circunstancias de honradez y moralidad sin tacha, aptitud e inteligencia para la dirección y manejo de los carruajes y caballos, contar por lo menos seis meses en este servicio y tener 18 años de edad”.






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