La infancia en la Edad Media carecía de importancia, los niños y niñas eran vistos como seres pecadores llenos de maldad y por lo tanto los adultos no presentaban el más mínimo interés en el desarrollo físico y mental de éstos. Las niñas no eran tomadas en cuenta, su objetivo de vida era crecer sumisa a los hombres.

–LA INFANCIA EN LA EDAD MEDIA
–EL RETO DE SOBREVIVIR
“Las diversiones y la instrucción eran el anverso de las vidas de los pequeños, siempre amenazados por enfermedades y accidentes”.
En la Edad Media, la maternidad era la función primordial del género femenino. Esta exaltación de la concepción no implicaba, en cambio, la valoración positiva de la infancia. Los textos proporcionan numerosos ejemplos de abandono, abusos, palizas e infanticidio. Se veía a la prole como un seguro de vida para la vejez y una mano de obra barata.
Los calificativos con los que se describía a los niños eran más negativos que positivos: inútiles, indiscretos, olvidadizos, inconstantes, indignos de confianza, perezosos, mentirosos, sucios, llorones, caprichosos, volubles y traviesos. En cambio, se admitió que tenían alma, se condenó el maltrato físico y se crearon hospicios para las criaturas abandonadas, como el Pare d’òrfens («Padre de los huérfanos»), creado en 1337 por Pedro IV de Aragón.
LA LLEGADA AL MUNDO

Cuando nacía una criatura se seguían las prescripciones del médico Bernardo Gordonio en su obra Lilio de la medicina: se le cortaba el cordón umbilical, se le abrían los orificios (la nariz, la boca, los ojos y el ano) y se lavaba. Una vez realizada la limpieza y la cura del cordón, se le colocaba una bola de plomo en el ombligo y se le envolvía en apretadas fajas para que no se le deformaran las extremidades y para evitar el llanto.
Los niños eran mejor acogidos que las niñas: sufrían menos abandonos, se les asignaban las mejores nodrizas y disfrutaban de más tiempo de lactancia. El nacimiento de más de un bebé en el mismo parto podía traer problemas para la madre, ya que existía la creencia de que los embarazos gemelares tenían su origen en el adulterio: un hijo sería del marido y el otro, del amante.
El bautizo era un rito esencial: con él se lavaba el pecado original y se daba la bienvenida a una nueva alma cristiana. Se solía celebrar el mismo día del nacimiento, pero sin la madre, ya que pervivía la tradición judía de alejar a las mujeres de lugares santos durante varias semanas después del parto.
A causa del elevado índice de mortalidad infantil, a los niños no se les registraba al nacer, sino al cabo de un año, e incluso a los dos años. Y es que el 50% de los bebés morían antes de cumplir el año. Las criaturas que fallecían antes de recibir el bautismo se convertían en seres inquietantes, sin alma, que vagaban sin descanso. Los padres que podían permitírselo peregrinaban a santuarios en busca del descanso eterno de sus infantes; los llevaban muertos, vestidos de blanco, color que simbolizaba la pureza de quienes lo portaban.
La mortalidad infantil fue muy acusada durante la Edad Media. El 85% de los niños morían de enfermedades, con fiebres muy altas. Otros muchos fallecieron por sofocamiento: los bebés dormían en la misma cama que la madre o la nodriza, y ésta los asfixiaba con el peso de su cuerpo. El infanticidio fue otra causa de mortalidad infantil. Los pequeños podían ser asesinados porque eran ilegítimos; por la pobreza extrema de unos padres que no los podían mantener; porque nacían con deformidades o defectos físicos; por intrigas palaciegas…
Se consideraba que los niños deformes eran fruto del pecado de sus padres, de ahí el afán por deshacerse de estas criaturas, con el fin de evitar la vergüenza pública. Muchos pequeños eran abandonados, lo que los abocaba a un futuro incierto del que dan cuenta cancioncillas tan desgarradoras como ésta: «Mi lecho y la cuna / es la dura tierra; / criome una perra, / mujer no ninguna. / Muriendo, mi madre, / con voz de tristura, / púsome por nombre / hijo sin ventura».

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