Lágrimas de mármol podría contemplarse como una revisión de sus cuarenta y diez, en los que se nos presentaba como un ángel con alas negras. En aquellos años miraba hacia el futuro y, casi proféticamente, barruntaba un fin de fiesta al que se resistía a llegar con todas sus fuerzas.



“Lágrimas de mármol”

El tren de ayer se aleja, el tiempo pasa,
la vida alrededor ya no es tan mía,
desde el observatorio de mi casa
la fiesta se resfría.

Los pocos que me quieren no me dejan
perderme solo por si disparato,
no tengo dirección para mis quejas
que tocan a rebato.

Acabaré como una puta vieja
hablando con mis gatos.

Superviviente, sí, ¡maldita sea!,
nunca me cansaré de celebrarlo,
antes de que destruya la marea
las huellas de mis lágrimas de mármol,
si me tocó bailar con la más fea,
viví para cantarlo.

Dejé de hacerle selfies a mi ombligo,
cuando el ictus lanzó su globo sonda,
me duele más la muerte de un amigo
que la que a mí me ronda.

Con la imaginación, cuando se atreve,
sigo mordiendo manzanas amargas
pero el futuro es cada vez más breve
y la resaca, larga.

Superviviente, sí, ¡maldita sea!,
nunca me cansaré de celebrarlo,
antes de que destruya la marea
las huellas de mis lágrimas de mármol,
si me tocó bailar con la más fea,
viví para cantarlo…


Joaquín Sabina




El Candelabro. Iluminando Mentes


Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.