María del Carmen Mondragón Valseca, también conocida como Nahui Olin, fue una pintora y poeta mexicana que nació en Veracruz, hija del militar Manuel Mondragón, en el seno de una familia acaudalada del Porfiriato, a finales del siglo XIX.



NAHUI OLIN

Carmen Mondragón fue una mujer que afirmaba que “era la dueña del Sol: cada mañana, lo hacía salir con su mirada, y cada noche lo devolvía al ocaso”, lo decía una de sus biógrafas, de cuando ya vestía sólo harapos, luego de una vida de codearse con Diego Rivera, Frida Kahlo, Clemente Orozco, Siqueiros, María izquierdo, Picasso y muchos otros, de los que incluso fue amante, como en el caso del Doctor Atl, con quien vivió una tortuosa relación de 5 años. Dicen que sus ojos verdes eran impresionantes, y que pensaba en la sexualidad casi como una obsesión. Fue poetisa y pintora, y se hizo llamar con el seudónimo Nahui Olin, que es una palabra Náhuatl referente al calendario azteca, especialmente a las fechas de renovación cósmica.

Elena Poniatowska dijo de ella a destiempo: “De que Nahui Olin tenía el mar en los ojos no cabe la menor duda. El agua salada se movía dentro de las dos cuencas, y adquiría la placidez del lago o se encrespaba furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas del mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil”.

Ella nació rica, y con ello quiero decir, en el seno de una familia acomodada, en 1893, hija de un poderoso militar acaudalado, que como a menudo ocurre, controlaba a todos menos a los de casa, aunque supongo que lo intentó. Parece que en algún momento a Carmen se le metió el gusanito de ser diferente, provocativa, lo que ya de por si era natural por la gran belleza física que exhibía, y por la que debió haber sido asediada. Se le ocurrió ser también transgresora del orden social de su época y posó desnuda a finales del siglo XIX o principios del XX. Era lo que hoy llamaríamos una socialité, como las Kardasian, o la heredera de los hoteles Hilton, que de producir no saben mucho, excepto cuando se trata de furor. Y para justificarse aportando algo, se dijo pintora y poeta, en lo que la mayoría de sus críticos y analistas, incluso biógrafos, concuerdan en decir que no le fue muy bien.

Pero fue su virtud ser musa de muchos que la escogieron para expresar su genio. Tuvo muchos amantes y es posible que fuera ninfómana, con una vida de excesos donde pregonó la libertad, el derecho a hacer lo que se le pagaba la gana, pero con el dinero de otros, primero de sus padres, luego de sus esposos y de sus amoríos varios. Cuando la belleza acabó, se fue el patrocinio, entonces la libertad ya no fue tal, y tuvo que aprender a vivir de otra manera.

Una anécdota cuenta que se enamoró de un marino, un capitán de navío, en una edad en que comenzaba a decaer su belleza física, causándole a ella un gran desasosiego, pero al marino le gustaba tal cual, y al parecer le prodigaba un amor verdadero. Pero el destino hizo que el romance durara poco por la muerte prematura del capitán. Eso causó un impacto destructivo en Carmen, que se recluyó en la casa que le heredaron sus padres, y algunos afirman que disminuida de la razón. Se rodeó de docenas de gatos, tomó un puesto de maestra de primaria, parece que enseñando pintura, y se retiró por completo de la vida pública, al grado de que a su muerte nadie sabía quién era, o había sido en términos de fama y farándula. Se menciona que tenía una beca de gobierno, por razones artísticas, pero no se dice ni la fuente, ni las razones o el monto.

No tuvo hijos para su vejez, el único que procreó murió bebé, y algunas leyendas afirman que ella misma lo ahogó, pero las investigaciones sostuvieron una muerte natural mientras dormía. El padre era el pintor y militar Manuel Rodríguez Lozano, con quien se había casado e ido a Europa, primero a París y luego a Madrid, huyendo de la revolución mexicana. Pero luego decidió volver a México, sola, y trató de obtener el divorcio, pero allí si le dijeron que ni hablar, si quería seguir contando con dinero paterno, debía entender que las mujeres de la época no se divorciaban, lo que acató a su manera, haciéndose amante del pintor y vulcanólogo Gerardo Murillo, el Dr. Atl.

El escritor Andrés Henestrosa dijo de ella y sus pinturas: ““Nahui era de esas personas, como Frida, que se desconocen, que no se encuentran, que no saben quiénes son, que se fotografían y autorretratan para verse a sí mismas.” Y yo me atrevo a agregar, que pintarse a sí mismas tal vez fue el único modo que encontraron de hacerse eternas…”

La escritora Adriana Malvido le hizo una biografía novelada reciente, “Nahui Olin, la Mujer del Sol” donde afirma que Carmen, sin poder olvidar a su último amante, al capitán, le hizo una pintura en una sábana, a la que colgaba todos los días en su casa, como un lienzo, y por las noches la ponía en su cama, para dormir abrazándola.

De la obra de Carmen Mondragón les comparto:


“Independiente fui, para no permitir pudrirme sin renovarme;
hoy, independiente, pudriéndome me renuevo para vivir.
Los gusanos no me darán fin -son los grotescos destructivos
de materias sin savia, y vida dan, con devorar lo ya podrido
del último despojo de mi renovación-
Y la madre tierra me parirá y naceré de nuevo, de nuevo ya para no morir…”


La verdad, siempre me he considerado un enemigo de la estética, de la gente que te juzga por la imagen, de los que hacen de la belleza externa una razón de ser. Pero debo reconocer que Carmen Mondragón me inquieta, por su historia casi salida de un libro de ética, abusando al principio de su radiante hermosura, de su fantástico cuerpo (Abundan sus fotos en internet), del que hizo objeto de adoración y placer, para luego terminar sus días autorelegada, vestida como pordiosera, sola.

No es fácil sacar una conclusión, porque le tocó una época en que el machismo mexicano comenzaba a mostrarse como lo que es: una afrenta, en un periodo en que las mujeres no votaban, y empezaban a exigir su derecho, no sólo al sufragio, si no a manejar, a escribir, a pensar, y ya puestos, a beber, a fumar, a echar a perder la vida como cualquier hombre.

Por lo pronto se me ha antojado leer el libro de Pérez-Reverte, “El Pintor de Batallas”, donde dicen que es un personaje, y buscar las pinturas que le hizo Atl y Rivera, y todos los ojos que la usaron de inspiración. Espero haberle causado también, un poco de curiosidad.



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