Entre la tradición y la crítica se despliega la verdadera esencia de la filosofía, donde cada pensador se convierte en un reto y no en un dogma. Desde Aristóteles hasta Hegel, la historia del pensamiento revela la necesidad de distanciarse de las autoridades intelectuales para construir ideas propias. ¿Estamos dispuestos a cuestionar lo consagrado o seguiremos reproduciendo lo aprendido sin discernimiento? ¿Podrá la filosofía avanzar si nos conformamos con admirarla sin crítica?


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¿Es preciso tomar una distancia crítica con Hegel?


La Distancia Crítica en la Filosofía: Un Examen del Legado Hegeliano


La filosofía, desde sus orígenes en la Antigua Grecia, se ha caracterizado por un espíritu de interrogación constante y rechazo a la autoridad incuestionable. Aristóteles, discípulo de Platón, no dudó en cuestionar las Ideas eternas de su maestro para desarrollar una ontología más empírica, fundamentada en la observación del mundo natural. Esta distancia crítica no solo impulsó avances conceptuales, sino que definió la esencia misma de la indagación filosófica. En la tradición filosófica, tales rupturas han sido el motor del progreso intelectual, evitando que el pensamiento se estanque en dogmas heredados. Hoy, en un contexto académico donde la reproducción fiel de textos canónicos prevalece sobre la innovación, urge recuperar esta actitud para que la filosofía siga siendo un instrumento vivo de comprensión humana.

Tomás de Aquino, en la Edad Media, ejemplifica esta dinámica al mediar entre la fe cristiana y la razón aristotélica, reinterpretando a Averroes con un enfoque teológico que integra pero transforma las premisas previas. Su labor no fue mera exégesis, sino una síntesis crítica que enriqueció la escolástica. De igual modo, en la modernidad, Newton desafió el mecanicismo cartesiano al incorporar la gravitación universal, un principio que trascendía las explicaciones puramente geométricas de Descartes. Estas oposiciones ilustran cómo la crítica filosófica genera síntesis novedosas, alejándose de la mera veneración de predecesores. En el ámbito contemporáneo, esta tradición se ve amenazada por entornos educativos que priorizan la memorización sobre el análisis, transformando a los estudiantes en ecos de voces ajenas en lugar de forjadores de ideas propias.

Kant, en su monumental Crítica de la razón pura, representa un punto de inflexión al confrontar directamente el empirismo de Hume, quien había reducido el conocimiento a impresiones sensoriales sin estructuras a priori. Kant no rechazó a Hume por completo, sino que lo superó al postular categorías innatas de la mente, fundando así la filosofía trascendental. Esta distancia crítica en filosofía no implica hostilidad, sino un diálogo productivo que refina conceptos y expande horizontes. Lakatos, por su parte, en el siglo XX, criticó el falsacionismo popperiano al proponer programas de investigación que evolucionan mediante núcleos duros protegidos por cinturones protectores, introduciendo una perspectiva más holística sobre el avance científico-filosófico. Tales ejemplos subrayan que el progreso intelectual surge de la tensión creativa, no de la sumisión acrítica.

En el caso particular de la filosofía hegeliana, esta dinámica de crítica se ha visto particularmente debilitada. Hegel, con su sistema dialéctico del Geist absoluto, ha sido elevado a estatus casi mítico en círculos académicos, donde su Fenomenología del Espíritu se reproduce con devoción más que con escrutinio. Su método dialéctico, que postula tesis, antítesis y síntesis como motor de la historia y la razón, fascina por su ambición totalizadora, pero invita a una crítica a Hegel que revele sus limitaciones. El lenguaje hegeliano, denso y cargado de abstracciones, a menudo oscurece en lugar de esclarecer, fomentando interpretaciones que priorizan la hermenéutica sobre la evaluación racional. Esta opacidad no es accidental, sino inherente a un pensamiento que busca capturar la totalidad del ser en conceptos especulativos.

La predominancia de la reproducción sobre la crítica en la tradición hegeliana se explica en parte por su atractivo ideológico. En un mundo fragmentado, el idealismo absoluto de Hegel ofrece una narrativa unificadora donde la historia culmina en la libertad racional del Estado prusiano. Sin embargo, esta visión teleológica ha sido cuestionada por su eurocentrismo y determinismo, aspectos que una análisis crítico de Hegel debe desentrañar. Filósofos posteriores, como Marx, invirtieron la dialéctica hegeliana al materializarla, transformando el Geist en fuerzas productivas históricas. No obstante, incluso en corrientes marxistas, persiste un eco de la grandiosidad hegeliana que desalienta disidencias radicales. En aulas y seminarios, el enfoque didáctico se centra en descifrar el texto sagrado, no en probar su vigencia frente a dilemas éticos contemporáneos como la desigualdad global o la crisis ecológica.

El carácter especulativo de la filosofía especulativa hegeliana la aleja de la precisión analítica que define corrientes posteriores, como el positivismo lógico o la fenomenología husserliana. Hegel concibe la realidad como un proceso dialéctico inmanente, donde contradicciones se resuelven en síntesis superiores, pero esta abstracción carece de anclaje empírico verificable. Una crítica filosófica profunda revela cómo tales construcciones, aunque poéticas, eluden la falsabilidad y se aproximan más a mitos cosmogónicos que a argumentos rigurosos. En este sentido, el sistema hegeliano evoca la literatura fantástica, con sus mundos interconectados y narrativas épicas que priorizan la cohesión estética sobre la coherencia lógica. Autores como Kafka o Borges, en el surrealismo, exploran laberintos conceptuales similares, donde el lenguaje genera realidades oníricas más que verdades universales.

Esta comparación con la literatura surrealista y fantástica no es despectiva, sino iluminadora. El estilo hegeliano, con sus oraciones subordinadas interminables y neologismos, crea un efecto hipnótico que invita a la inmersión pasiva, similar a la lectura de un relato de Lovecraft, donde el horror cósmico se despliega en prosa intrincada. Sin embargo, la filosofía demanda más: exige transposición didáctica, es decir, la capacidad de traducir complejidades en términos accesibles sin perder profundidad. Hegel falla en esto, perpetuando un elitismo intelectual que excluye al público general y fomenta cultos académicos. En contraste, filósofos como Wittgenstein lograron claridad analítica, democratizando el pensamiento al desmontar ilusiones lingüísticas con precisión quirúrgica.

La falta de transposición didáctica en Hegel agrava el problema de su reproducción vertical, donde generaciones de eruditos se limitan a comentar glosas sobre glosas, en lugar de aplicar el sistema a desafíos reales. En el contexto de la importancia de la crítica en la tradición filosófica, esto representa un retroceso. La filosofía nació oponiéndose al oráculo délfico y los sofistas, priorizando el logos sobre la doxa. Si el ambiente académico transforma a los pensadores en meros intérpretes, corresponde a los individuos cultivar una actitud escéptica, interrogando no solo las premisas hegelianas, sino su hegemonía en currículos y debates. Esta actitud crítica en filosofía no destruye legados, sino que los revitaliza, permitiendo que la dialéctica hegeliana dialogue con feminismos contemporáneos o teorías poscoloniales.

Para avanzar, la filosofía contemporánea debe integrar herramientas interdisciplinarias, como la neurociencia o la ecología, que Hegel ignoró en su eurocentrismo histórico. Una crítica renovada podría examinar cómo el Geist absoluto ignora voces marginadas, como las de mujeres o pueblos colonizados, cuya agencia no encaja en la teleología prusiana. Filósofas como Judith Butler han deconstruido tales narrativas totalizadoras, mostrando cómo el sujeto hegeliano es performativo y no predeterminado. Esta intersección entre crítica hegeliana moderna y estudios culturales enriquece el campo, transformando la especulación en acción ética. Así, la distancia crítica no es lujo, sino necesidad para que la filosofía aborde crisis globales con relevancia práctica.

En última instancia, la salud de la disciplina depende de equilibrar reverencia y escepticismo. La evolución de la filosofía a través de la crítica asegura su vitalidad, evitando que se convierta en relicto museístico. Respecto a Hegel, su legado perdura no por inmunidad a la refutación, sino por su capacidad de inspirar reinterpretaciones. No obstante, perpetuar su opacidad sin cuestionarla equivale a idolatría intelectual, estancando el avance. Los ejemplos históricos de ruptura —de Aristóteles a Lakatos— demuestran que el verdadero homenaje a un pensador radica en superarlo, no en emularlo ciegamente.

La conclusión es clara: en un era de información acelerada, la filosofía crítica hegeliana debe priorizar la accesibilidad y el diálogo inclusivo. Al fomentar una pedagogía que entrene en la disección argumentativa, los académicos pueden contrarrestar la tendencia cultual, liberando el potencial transformador de la razón. Solo así, la filosofía no solo interpretará el mundo, como lamentaba Marx citando a Hegel, sino que lo cambiará mediante mentes libres y audaces. Esta visión no minimiza el genio hegeliano, sino que lo humaniza, integrándolo en un tapiz vivo de indagación perpetua.


Referencias:

Marx, K. (1844). Economic and philosophic manuscripts of 1844. Progress Publishers.

Kierkegaard, S. (1985). Philosophical fragments (H. V. Hong & E. H. Hong, Trans.). Princeton University Press. (Original work published 1844)

Popper, K. R. (1945). The open society and its enemies: Vol. 2. Hegel and Marx. Routledge.

Adorno, T. W. (2002). Negative dialectics (E. B. Ashton, Trans.). Continuum. (Original work published 1966)

Pinkard, T. (1996). Hegel’s phenomenology: The sociality of reason. Cambridge University Press.


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