La idea de Dios para Frederich Nietzsche representa la concreción máxima de los valores de la cultura judeo-cristiana. La demostración del engaño a que nos somete y de la infravaloración de lo humano obliga al filósofo a destruirlo. Pero, tras su muerte, hay que tener cuidado con no sustituirlo por otros elementos que desempeñan las mismas funciones, como ha sido el caso de la Ilustración con la razón, el Positivismo con la ciencia o el Liberalismo con el Estado.

Si Dios ha muerto, la moral occidental no tiene ningún sentido: hay que transmutar todos los valores sostenidos en el resentimiento de la moral de los esclavos por los valores de la vitalidad y la fuerza de la moral de nobles y señores.

Los valores que ahora aparecen poseen un sentido auténticamente extramoral, fundados en el sentimiento de fuerza: son indefinibles y representan solamente posiciones desde la que se comprende lo vital.




Friedrich Nietzsche, El Anticristo, Capítulo 16


Quien es rico quiere donar; un pueblo feroz tiene necesidad de un Dios para hacer sacrificios… La religión, dentro de estas mismas premisas, es una forma de gratitud. Se es reconocido consigo mismo; para esto se tiene necesidad de un Dios. Un Dios semejante debe poder ayudar y damnificar, debe ser amigo y enemigo; se le admira en el bien como en el mal. La castración, contraria a la naturaleza, de un Dios para hacer de él un Dios sólo del bien, estaría aquí fuera de toda deseabilidad. Hay necesidad del Dios malo tanto como del Dios bueno; no se debe la propia existencia precisamente a la tolerancia, a la filantropía… ¿Qué importancia tendría un Dios que no conociera la cólera, la venganza, la envidia, el escarnio. la violencia? ¿Que no conociera ni siquiera los fascinadores apasionamientos de la victoria y del aniquilamiento? Semejante Dios no se concebiría: ¿qué objeto tendría? Claro está que cuando un pueblo perece, cuando siente desvanecerse definitivamente la fe en su porvenir, la esperanza en su libertad; cuando la sujeción le parece la primera utilidad y las virtudes del esclavo son para él condiciones de conservación, entonces su Dios también debe transformarse. Entonces se hace astuto, miedoso, modesto, aconseja la paz del alma, el no odiar, la indulgencia hasta el amor del amigo y del enemigo. Moraliza siempre, se arrastra en la caverna de las virtudes privadas, se convierte en Dios para todos, se hace un hombre privado, cosmopolita… En otro tiempo, el Dios representaba un pueblo, la fuerza de un pueblo, todo lo que de agresivo y de sediento de poderlo anidaba en el alma de un pueblo: ahora es simplemente el buen Dios… En realidad, para los dioses no hay otra disyuntiva: o son la voluntad de poderío, y entonces serán los Dioses de un pueblo, o son la incapacidad de poderlo, y entonces se hacen necesariamente buenos…


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