En esta entrada, nos sumergimos en una historia conmovedora que habla del poder del amor, la compasión y la redención. Se trata de la aparición inesperada de un perro abandonado, conocido como “El Negro”, en la vida de una familia. A través de los ojos de un narrador, presenciamos cómo el temor inicial y la aversión hacia esta criatura desvalida se transforman en un profundo compromiso por cuidarlo y protegerlo. A medida que el relato se desenvuelve, descubrimos la valentía y dedicación de los protagonistas, quienes superan obstáculos y demuestran una generosidad sin límites para brindarle una segunda oportunidad al perro maltrecho. Esta historia toca fibras sensibles, recordándonos el impacto positivo que podemos tener en la vida de los seres vivos que nos rodean y cómo, a veces, son ellos quienes nos regalan el más puro y sincero amor.



Del miedo a la gratitud: Cómo rescatamos y rehabilitamos a un perro callejero”

El Negro apareció en la puerta de casa una tarde cualquiera. Se había hecho un nido debajo de los arbustos. Mi madre, de quien aprendí el amor y el respeto por las personas, fue la primera en verlo. Le tenía un poco de aversión.

La verdad que el Negro daba miedo. Parecía un espectro. Flaco, de haber pasado muchos, demasiados días sin comer, y sin pelo. Era alto, se notaba que había sido un perro medianamente grande antes de convertirse en ese saco de huesos. La sarna le había dominado todo el cuerpo ya. Tenía costras en las ancas y el lomo. Parecía que la cabeza era demasiado grande para el cuerpo. Y el olor… ese era otro tema. Ese olor característico de la sarna…

  • Hay que sacar a ese perro de ahí – dijo el día que lo descubrió, como una sentencia.

Mi padre, de quien aprendí el cariño y el respeto por los animales, sentado con sus piernitas cruzadas en su sillón de mimbre, y su mate en la mano, la miró con sus pequeñísimos ojos azules, casi sin entender.

  • Déjalo nomás, que yo me hago cargo- le dijo, dándole un largo sorbo al mate, más para sí mismo que como contestación a ella.

Esa noche el Negro cenó un pan, que papá le dio.

Al otro día, mi papá salió temprano. Volvió al rato con un bidón lleno de aceite quemada de auto y una bolsa con huesos.

-Gordita, me vas a tener que ayudar – me dijo, y me puso en las manos unas bolsas de nylon para cubrirlas, a modo de guante de látex, de pobres.

Estaba tan débil, que casi se dejó agarrar sin protestar. Quisimos bañarlo primero. Ni de cuento. Se nos escapó. Papá volvió a convencerlo de regresar con un pan. Lo agarramos y esta vez, directamente pasamos al aceite. Corcobió al principio, pero después se dejó. Quizás sintió alivio. Quizás, olió que nuestras intenciones eran buenas. Lo untamos todo con el aceite negro.
Quedó más feo que al principio, pero cuando terminamos, nos movió la cola con agradecimiento, y sonrió, de esa manera tan hermosa que tienen los perros de sonreír con los ojos. Papá lo recompensó por su buen comportamiento con un hueso con bastante carne.

Ese día durmió de corrido. Ni se movía. Yo, en un momento creí que lo habíamos matado. Papá estaba tranquilo. Se rio:
-Está descansando- me dijo- Vaya uno a saber cuántas noches estuvo sin dormir y sin comer.
Como siempre, tenía razón.

A la tardecita, el Negro se levantó, y moviendo la colita, nos saludó desde la vereda. Papá salió y le dio otro huesito. Con una sutileza que no creerías poder encontrar en un perro callejero y hambriento, tomó el hueso de las manos de mi papá y se fue a comerlo a su guarida, debajo de nuestro arbusto.

De a poco, papá lo acostumbró a la comida otra vez. Decía que podía hacerle mal, si se le daba mucha de golpe. Le ató un tacho al árbol y cada dos días le poníamos agua fresca para que tuviera a su disposición.

Podía entrar a casa. No había nada que se lo impidiera. En aquella época no teníamos ni rejas, ni portones, ni alambres. Solo el arbusto. El arbusto del Negro. Pero nunca pasó. Siempre se quedaba en la vereda.

Los días pasaron y el Negro se recompuso. Le empezó a salir un hermoso pelo negro brillante. Engordó y se puso lindo. Porque era lindo, con su carita bonachona, de buen espíritu. Eso sí. El olor era otro asunto. Porque si no lo pudimos bañar en los días malos, ahora que tenía fuerzas y ganas de correr, nos fue imposible pasarlo por el agua y el jabón.

Papá siempre compartía su pan de la mañana con él, y por la tarde, yo le llevaba su platito de comida, que ya estaba esperando sentadito fuera de su cubil, y meneando vigorosamente su cola.

Pasaron los días y yo empecé mis clases en la facultad. Llegaba muy tarde, en la noche. Así que papá solía esperarme cuando bajaba del colectivo. Cuando yo llegaba, ahí estaban los dos, papá y el Negro. Volvíamos los tres juntos a casa. Hasta que un día , yo volví un poco más temprano de lo habitual. Papá no estaba. Pero el Negro estaba sentado mirando con atención a unos veinte metros de la parada del colectivo. Cuando me vio bajar, llegó corriendo a mi encuentro. Así que llegué a casa acompañada, sana y salva. Desde esa noche, el Negro devolvía con cuidado y compañía, el cuidado y compañía que había recibido de nosotros. Y papá ya no tuvo que ir a esperarme.

Así pasaron un par de años. Hasta que un día, el Negro no volvió más a su cubil, ni a esperarme a la parada, ni a recibir su platito de comida. Lo buscamos, lo llamamos, lo esperamos. Pero nunca volvió. Y no supimos que le pasó.

Luego, papá se enfermó y se me fue lejos, a donde ya no pude seguirlo. Ya no había quien me esperara en la parada del colectivo. Me había quedado sin guardianes. Me había quedado sin seguridad.

Hasta la Navidad de ese año, que quizás el Negro, quizás papá, quizás los dos, me enviaron un reemplazo. Estando solitas mamá y yo, sentí ruidos en la puerta de casa. Abrí la puerta y me encontré con el perro más grande y asustado que había visto en mi vida. Se me metió en el pasillo. Por un lado, su tamaño me dio miedo. Por otro, sus ojitos asustados, me dieron compasión. Le di unas sobras de la cena y lo dejé quedarse en el pasillo. Esa fue la primera de las muchas noches que Hércules cuidó mi casa y mi vida.

Pero la historia de Hércules, mi guardián, esa es otra historia…


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