En los recónditos callejones del tiempo, entre notas nostálgicas y suspiros del pasado, se encuentra una melodía inmortalizada en el alma de Buenos Aires. Es el eco eterno de un tango emblemático que emergió de las entrañas de un joven desafiante llamado Carlos Gardel. Como un susurro desgarrador de la vida misma, “Yira… yira…” se erigió como el testimonio musical de una época marcada por la pobreza, la soledad y la lucha contra la injusticia. Acompáñanos en un viaje hacia las raíces profundas de esta composición magistral de Enrique Santos Discépolo, donde las calles de Buenos Aires, el clamor del hombre y la búsqueda de justicia convergen en un grito que trasciende el tiempo y toca el corazón de millones de almas.

“Enrique Santos Discépolo y la creación de ‘Yira… yira…’: La voz del pueblo en la música argentina”
“Yo no escribí ´Yira… yira…´ con la mano. La padecí con el cuerpo. Quizás hoy no la hubiera escrito porque los golpes y los años serenan. Pero tenía veinte años menos y mil esperanzas más. Tenía un contrato importante con una casa filmadora que se empeñaba en hacerme hacer cosas que me desagradaban como artista… Como hombre digno. Y me jugué. Rompí el contrato y me quedé en la calle. En la más honda de las pobrezas y en la más honrada soledad…
“Yira… yira…” surgió, tal vez, como el más espontáneo, como el más mío de los tangos, aunque durante tres años me estuvo “dando vueltas” inspirado en un momento de mi vida. Yo, sin un centavo, me fui a vivir con mi hermano Armando a la calle Laguna. Ahí surgió “Yira… yira…”, en medio de las dificultades diarias, del trabajo amargo, de la injusticia, del esfuerzo que no rinde, de la sensación de que se nublan todos los horizontes, de que están cerrados todos los caminos. Pero en aquel momento, el tango no salió. No se produce en medio de un gran dolor, sino con el recuerdo de ese dolor.
“Yira… yira…” nació en la calle. Me la inspiraron las calles, el hombre y la rabia de Buenos Aires… La soledad internacional del hombre frente a sus problemas…
La letra de esa canción yo la padecí más de una vez. Pero nunca tanto como en la época en que la escribí. Hay un hambre que es tan grande como el hambre del pan. Y es el hambre de la justicia, de la comprensión. Y la producen siempre las grandes ciudades donde uno lucha, solo, entre millones de hombres indiferentes al dolor que uno grita y ellos no oyen. Londres gris, Nueva York gris, Buenos Aires…, todas deben ser iguales… Y no por crueldad preconcebida sino porque los hombres de las grandes ciudades no pueden detenerse para atender las lágrimas de un desengaño. Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo… El hombre de las ciudades se hace cruel. Caza mariposas de chico. De grande, no. Las pisa… No las ve… No lo conmueven…
“Yira… yira…” fue una canción de la calle. Grité el dolor de muchos, porque de esa manera estoy más cerca de ellos. Usé un lenguaje poco académico porque los pueblos son siempre anteriores a las academias. Los pueblos claman, gritan, ríen y lloran sin moldes. Y una canción popular debe ser siempre el problema de uno padecido por muchos…”
(Escritos inéditos de E. S. Discépolo. Ed. del Pensamiento Nacional, págs. 28-30)
“Yira… yira…”
Cuando la suerte qu’es grela
Fayando y fayando
Te largue para’o
Cuando estés bien en la vía
Sin rumbo, desespera’o
Cuando no tengas ni fe
Ni yerba de ayer
Secándose al sol
Cuando rajés los tamangos
Buscando este mango
Que te haga morfar
La indiferencia del mundo
Que es sordo y es mudo
Recién sentirás
Verás que todo es mentira
Verás que nada es amor
Que al mundo nada le importa
Yira, yira
Aunque te quiebre la vida
Aunque te muerda un dolor
No esperes nunca una ayuda
Ni una mano, ni un favor
Cuando estén secas las pilas
De todos los timbres
Que vos apretás
Buscando un pecho fraterno
Para morir abraza’o
Cuando te dejen tirao
Después de cinchar
Lo mismo que a mí
Cuando manyés que a tu lado
Se prueban la ropa
Que vas a dejar
Te acordarás de este otario
Que un día, cansado
Se puso a ladrar
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