En un universo regido por la implacable danza del tiempo, la mortalidad se alza como una certeza ineludible para todos los seres humanos. Desde tiempos inmemoriales, hemos enfrentado la angustia de nuestra propia finitud y la inevitable pérdida de aquellos a quienes amamos. En este escenario donde el tiempo desfigura cuerpos y extravia almas, surge el amor como un atrevido acto de resistencia. En medio de la vorágine temporal, el amor se convierte en una respuesta valiente e inventiva para mirar de frente a la muerte, robando al tiempo unas escasas horas que se transforman en fugaces paraísos o eternos infiernos.

“El Tiempo y el Amor: Trascendiendo la Finitud Humana”
Sí, somos mortales, somos hijos del tiempo y nadie se salva de la muerte. No sólo sabemos que vamos a morir, sino que la persona que amamos también morirá. Somos juguetes del tiempo y sus accidentes: la enfermedad y la vejez, que desfiguran al cuerpo y extravían al alma. Pero el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte. Por el amor le robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno. De ambas maneras el tiempo se distiende y deja de ser una medida.
Octavio Paz
El ser humano ha estado fascinado y atormentado por la idea de la mortalidad desde tiempos inmemoriales. La conciencia de nuestra propia finitud, así como la inevitabilidad de la muerte de aquellos a quienes amamos, es un hecho innegable que ha generado una amplia gama de respuestas y reflexiones en todas las culturas y épocas. En su poema, Octavio Paz aborda el tema de la mortalidad y plantea que el amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para confrontar directamente su propia muerte y la de los demás.
El autor sostiene que somos “hijos del tiempo”, es decir, seres que nacen, crecen y finalmente mueren en un ciclo marcado por la influencia inexorable del tiempo. Este concepto nos sitúa en una condición frágil y vulnerable, expuestos a los “accidentes” del tiempo, como la enfermedad y la vejez, que afectan tanto nuestro cuerpo como nuestra alma. La enfermedad y la vejez son consideradas desfiguraciones del cuerpo y extravíos del alma, ya que alteran nuestra apariencia física y pueden afectar nuestra capacidad para vivir plenamente.
No obstante, Paz afirma que el amor es una respuesta frente a la muerte. El amor es un sentimiento humano universal que nos permite trascender nuestra mortalidad y experimentar momentos de éxtasis y plenitud. Mediante el amor, “robamos al tiempo que nos mata unas cuantas horas” y creamos un espacio donde el tiempo se distiende y pierde su carácter de medida. En ese sentido, el amor nos permite escapar de la linealidad y fugacidad del tiempo y sumergirnos en un estado de eternidad efímera.
El poema plantea que el amor puede transformar el tiempo en un paraíso o en un infierno. Esta dualidad refleja la complejidad de las relaciones humanas y la variabilidad de las experiencias amorosas. El amor puede ser una fuente de felicidad y plenitud, donde encontramos momentos de éxtasis y conexiones profundas con nuestros seres queridos. Sin embargo, también puede ser una fuente de dolor y sufrimiento cuando se ve amenazado por la pérdida, el desamor o la muerte. El autor reconoce que el amor no es una respuesta infalible ni garantiza la inmortalidad, pero nos brinda un respiro frente a la fugacidad del tiempo y nos permite experimentar una intensidad vital que trasciende nuestra propia existencia.
En este contexto, el amor se convierte en una fuerza liberadora y subversiva, capaz de desafiar la inevitabilidad de la muerte. A través del amor, creamos un espacio donde la muerte se enfrenta con valentía y se encuentra un sentido más profundo en la vida. Es una forma de resistencia frente a la finitud y una manera de encontrar significado en medio de la efimeridad. El amor nos conecta con la humanidad y nos recuerda la importancia de vivir plenamente, incluso en el conocimiento de nuestra mortalidad.
En conclusión, Octavio Paz, a través de su poema, nos invita a reflexionar sobre nuestra mortalidad y la inevitabilidad de la muerte. Reconoce que somos juguetes del tiempo y sus accidentes, pero también nos ofrece una respuesta en forma de amor. Aunque el amor no nos garantiza la inmortalidad ni nos libra de la muerte, nos brinda la posibilidad de robarle al tiempo unas cuantas horas de plenitud y éxtasis.
A través del amor, el tiempo se distiende y deja de ser una medida, permitiéndonos experimentar momentos de intensidad y conexión con nuestros seres queridos.
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