En las brumosas tierras de Irlanda, donde la historia y la mitología se entrelazan, una figura femenina emerge de las sombras para ser recordada como la primera “bruja” de la isla esmeralda. Alice Kyteler, una mujer poderosa y enigmática del siglo XIV, se encuentra en el epicentro de una época oscura marcada por la caza de brujas. En medio de la persecución implacable y los juicios injustos, su historia es un testimonio conmovedor de cómo las mujeres fueron sacrificadas en el altar del miedo y la superstición.
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Injusticia y Poder Eclesiástico: La Historia de Alice Kyteler, Víctima de la Caza de Brujas
La historia de Alice Kyteler representa uno de los episodios más tempranos y reveladores de persecución por brujería en Europa occidental, anticipando por más de un siglo la ola de cacerías que sacudiría el continente durante la Edad Moderna. Nacida probablemente a finales del siglo XIII en Kilkenny, Irlanda, Alice se convirtió en una figura extraordinaria no solo por su acusación de herejía y brujería, sino por su condición de mujer acaudalada, cuatro veces viuda y económicamente independiente en una sociedad profundamente patriarcal. Su caso, juzgado en 1324 bajo la autoridad del obispo Richard de Ledrede, evidencia cómo la mezcla de ambición eclesiástica, rivalidades locales y temor al poder femenino fuera de los cánones tradicionales pudo desencadenar una campaña de acusaciones infundadas, respaldadas por una teología represiva y una jurisprudencia inquisitorial incipiente pero peligrosamente efectiva.
El contexto socioeconómico de la Irlanda anglo-normanda del siglo XIV es fundamental para comprender la hostilidad que rodeó a Alice Kyteler. Como miembro de la élite urbana de Kilkenny, su riqueza —proveniente presumiblemente de herencias maritales y actividades comerciales— la colocaba en una posición inusual para una mujer de su tiempo. En una sociedad donde la propiedad y el estatus estaban íntimamente ligados al linaje masculino, la autonomía financiera de Alice generaba incomodidad entre los sectores conservadores, especialmente eclesiásticos. Además, su cuarto matrimonio con Sir John le Poer, quien según los testimonios habría enfermado repentinamente y perdido el cabello y las uñas, alimentó las sospechas populares, ya predisponiendo el terreno para acusaciones más graves. La figura de la mujer viuda rica, capaz de manejar negocios y elegir esposos, era vista con desconfianza, como una anomalía que amenazaba el orden natural y divino.
La intervención del obispo Richard de Ledrede constituye el eje central de la persecución. Proveniente de una tradición teológica influida por el concilio de Vienne de 1311–1312, que había condenado las prácticas demoníacas y la herejía de los beguinos, Ledrede llegó a Kilkenny con una misión reformista pero también con una visión rígida de la ortodoxia. Su enfrentamiento con las autoridades civiles —en especial con el senescal Arnold le Poer, pariente del último esposo de Alice— revela la tensión entre poder secular y poder eclesiástico, una lucha común en la Europa bajomedieval. Sin embargo, Ledrede no se conformó con disputas institucionales: al identificar a Alice como líder de una supuesta secta hereje dedicada a la adoración de un demonio llamado Robin Artisson, transformó un conflicto local en una causa religiosa de alcance simbólico, equiparable a las primeras oleadas de procesos por brujería en el continente.
Las acusaciones formuladas contra Alice y sus presuntos cómplices —entre ellos su criada Petronilla de Meath— seguían un patrón emergente en la demonología medieval: pacto con el diablo, renuncia al bautismo, uso de ungüentos mágicos, relaciones sexuales con entidades demoníacas y maleficios letales contra los esposos. Estas imputaciones, aunque hoy reconocidas como producto de sugestión, tortura y prejuicio, poseían una coherencia interna para los teólogos de la época, quienes habían comenzado a sistematizar la brujería como crimen espiritual y delito civil. El hecho de que Alice huyera de Irlanda —presumiblemente hacia Inglaterra o el continente— antes de ser juzgada fue interpretado como confesión tácita de culpabilidad, mientras que Petronilla, incapaz de escapar, fue sometida a flagelación y finalmente quemada en la hoguera, convirtiéndose en la primera persona ejecutada por brujería en la historia registrada de Irlanda.
El caso de Alice Kyteler no fue un incidente aislado, sino una manifestación temprana de un fenómeno que se expandiría con fuerza letal en los siglos XV y XVI. Lo que distingue su historia es su carácter pionero: precede en más de un siglo al Malleus Maleficarum (1486), el tratado que sistematizaría la caza de brujas en Europa. El obispo Ledrede, al elaborar su propio libelo de acusación y al citar autoridades como Agustín y Tomás de Aquino para justificar la existencia de brujas, actuó como precursor de los inquisidores posteriores. Su insistencia en la realidad del pacto diabólico, aun frente a la resistencia de jueces y nobles locales, anticipa la dinámica que caracterizaría miles de juicios: la Iglesia, en su rol de guardiana de la ortodoxia, imponiendo una visión teológica como verdad jurídica indiscutible, mientras silenciaba voces disidentes bajo amenaza de excomunión o encarcelamiento.
Desde una perspectiva de género, el caso de Alice Kyteler es paradigmático del uso de la acusación de brujería como arma de control social contra mujeres que desafiaban las normas patriarcales. El hecho de que todas las acusadas fueran mujeres —incluidas sirvientas y parientes menores— refuerza la idea de que la brujería fue construida como una categoría esencialmente femenina. Los testimonios, obtenidos bajo coacción o presión psicológica, describen a Alice como dominante, manipuladora y sexualmente transgresora: características que el discurso misógino medieval asociaba con la herejía y la posesión demoníaca. Su riqueza, su movilidad marital y su supuesta influencia sobre hombres poderosos la convertían en una amenaza simbólica al ideal de la mujer sumisa, piadosa y doméstica. En este sentido, el juicio no buscaba tanto castigar actos sobrenaturales como reafirmar una jerarquía social profundamente arraigada.
Resulta significativo que el caso no tuviera un desenlace judicial formal para Alice, pues su fuga impidió una sentencia concluyente. Sin embargo, la condena póstuma de su reputación, la confiscación de bienes y la ejecución de su sirvienta bastaron para cumplir la función ejemplarizadora del proceso. La memoria colectiva de Kilkenny retuvo durante siglos la figura de Alice como bruja, consolidando un relato que servía tanto para advertir a otras mujeres como para legitimar la autoridad inquisitorial del obispo. Esta dimensión simbólica —más que la penal— era la esencia del poder eclesiástico en este tipo de causas: no se trataba simplemente de eliminar a una persona, sino de eliminar un modelo de existencia considerado peligroso para el cuerpo místico de la Iglesia.
La historia de Alice Kyteler también pone en evidencia las contradicciones internas de la Iglesia medieval. Mientras algunos clérigos, como el arzobispo de Dublín, cuestionaron la validez de las pruebas y la legalidad de los procedimientos, otros, como Ledrede, defendieron la urgencia de actuar contra la herejía incluso al margen de las garantías procesales. Esta tensión entre rigor jurídico y celo teológico se repetiría innumerables veces en los siglos venideros, especialmente durante la Reforma y la Contrarreforma. El caso irlandés, por su precocidad, permite observar cómo las herramientas inquisitoriales —la delación anónima, la tortura implícita, la interpretación alegórica de objetos cotidianos como pruebas diabólicas— se ensayaban localmente antes de ser adoptadas sistemáticamente por tribunales centrales.
Analizar la persecución de Alice Kyteler hoy no es un ejercicio meramente histórico, sino una reflexión sobre los mecanismos de la injusticia institucional. Su historia revela cómo la combinación de prejuicios sociales, ambiciones políticas y dogmatismo religioso puede construir una narrativa de culpabilidad casi imposible de refutar desde dentro del sistema que la produce. En un mundo donde la autoridad eclesiástica se presentaba como intérprete indiscutible de la voluntad divina, cuestionar una acusación de brujería equivalía a cuestionar la propia Providencia. Este cierre epistémico —la imposibilidad de falsificar la teoría demonológica desde sus propios presupuestos— fue lo que hizo tan letal el paradigma de la caza de brujas durante siglos.
Aunque Alice escapó físicamente, su vida quedó truncada por el estigma, y su legado fue distorsionado por crónicas hostiles como la de John Clyn, quien escribió desde la perspectiva clerical. Solo en las últimas décadas los historiadores han recuperado su figura como símbolo de resistencia y como caso de estudio sobre la instrumentalización del miedo religioso. Reconocerla no como bruja, sino como víctima de una maquinaria represiva, implica repensar las narrativas tradicionales que han glorificado la acción inquisitorial como defensa de la fe. En su lugar, se impone una lectura crítica que vincule el poder eclesiástico con las estructuras de género, clase y etnia que determinaron quiénes serían señalados y por qué.
Así, el proceso contra Alice Kyteler constituye un hito crucial en la historia de la persecución religiosa en Europa. Más allá de su singularidad geográfica e histórica, su caso anticipa con asombrosa claridad los patrones que definirían la caza de brujas en toda su extensión: la medicalización de la desgracia, la sexualización de la disidencia femenina, la instrumentalización de la teología para fines punitivos y la colaboración tácita —o enfrentamiento abierto— entre autoridades civiles y religiosas. Su historia no es solo la de una mujer perseguida, sino la de un sistema que necesitaba chivos expiatorios para mantener su cohesión simbólica. Al recuperar su nombre con rigor y empatía, no se pretende rehabilitarla ante un tribunal del siglo XIV, sino honrarla como recordatorio de que la justicia verdadera exige cuestionar no solo los actos de los acusados, sino las estructuras que los convierten en tales.
En una época donde persisten nuevas formas de cacería moral y estigmatización de minorías, la lección de Alice Kyteler sigue siendo urgente y profundamente relevante.
Referencias
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Lea, H. C. (1922). Materials toward a history of witchcraft (Vol. 1). University of Pennsylvania Press.
Maxwell-Stuart, P. G. (2001). Witchcraft in Europe and the New World, 1400–1800. Palgrave.
Wright, M. (2017). Alice Kyteler and the Kilkenny witchcraft case of 1324: A re-evaluation. Four Courts Press.
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