En un mundo donde nuestros sentidos juegan un papel vital en la percepción de la realidad, el olfato se alza como un intrigante y poco explorado puente hacia el diagnóstico médico. Sorprendentemente, ciertas enfermedades han tejido una conexión inusual con olores característicos que emergen desde nuestros cuerpos, desvelando un potencial inesperado para identificar patologías de manera temprana. En esta fascinante travesía entre el aroma y la salud, nos sumergiremos en el intrigante universo de Joy Milne, la mujer capaz de oler el Parkinson, y exploraremos el prometedor mundo de los biomarcadores olfativos que podrían revolucionar la forma en que enfrentamos las enfermedades.



Joy Milne: La mujer que detecta el Parkinson por el olor”

El análisis del mal aliento y los olores a orina, excremento y otros fluidos corporales, gracias a los avances tecnológicos, pronto podría convertirse en aliado de la medicina. Diversos estudios científicos así lo aseguran y la brecha que separa el desarrollo en este campo con la implementación efectiva de pruebas diagnósticas innovadoras, parece acortarse.

La idea de detectar una patología mediante el olfato no es nueva. Alrededor del año 400 aC, Hipócrates lo hacía en función al cambio de olor que percibía en la orina, sudor y esputo de sus pacientes. “Cuando la orina huele mal, es demasiado acuosa o espesa y de color negro, el enfermo puede prepararse poco a poco para su último viaje”, escribió. Además, fue el primero en describir el hedor hepático como señal de insuficiencia renal crónica, llamándolo “el aliento de la muerte”. 

Ciertas enfermedades pueden estar asociadas con olores característicos, lo que ha llevado a investigadores a explorar la posibilidad de utilizar el olfato como una herramienta para el diagnóstico temprano. Por ejemplo, se ha observado que personas con diabetes pueden tener aliento con aroma a manzanas podridas, mientras que la insuficiencia renal se ha relacionado con el olor a amoníaco u orina. La esquizofrenia también puede producir un aroma corporal característico similar al del moho.

Un caso intrigante es el de Joy Milne, una mujer escocesa cuyo esposo fue diagnosticado con Parkinson. Joy notó que el olor de su marido había cambiado, volviéndose más almizclado, similar al olor de la madera, varios años antes de su diagnóstico. Sorprendentemente, Joy reconoció ese mismo olor en una conferencia sobre Parkinson, donde la mayoría de los asistentes eran personas afectadas por la enfermedad. Este hecho llevó a los investigadores a indagar sobre el potencial del olfato en el diagnóstico temprano de esta patología.

En 2019, se publicó un estudio financiado por Parkinson’s UK y la Michael J. Fox Foundation, dirigido por la investigadora Perdita Barran de la Universidad de Manchester, en el que participaron 64 personas, incluyendo controles y pacientes con Parkinson. Se recolectó sebo, un biofluido ceroso y oloroso que contiene compuestos volátiles, de la parte trasera del cuello y la parte superior de la espalda. Joy, con su agudo sentido del olfato (hiperosmia), y la espectrometría de masas, una técnica analítica para identificar compuestos en una muestra, revelaron diferencias en los compuestos volátiles presentes en el sebo de los pacientes con Parkinson en comparación con los controles.

Estos hallazgos han llevado a los investigadores a enfocarse en el sebo como un posible biomarcador para el diagnóstico temprano de la enfermedad de Parkinson. En 1927, el cardiólogo David Krestin ya había observado que las personas con Parkinson presentaban seborrea en la cara, pero sus observaciones fueron ignoradas en su momento.

El desarrollo de técnicas no invasivas y rápidas para analizar muestras de sebo ha abierto nuevas posibilidades para la detección temprana de la enfermedad de Parkinson. La identificación de biomarcadores podría permitir un diagnóstico más temprano, lo que es esencial para una enfermedad en la que se han perdido el 60 % de las neuronas productoras de dopamina en la sustancia negra para el momento del diagnóstico.

En definitiva, la investigación sobre los olores característicos de diversas enfermedades, como el Parkinson, y el potencial uso del olfato como herramienta de diagnóstico, representa un campo prometedor para la detección temprana de enfermedades difíciles de diagnosticar, lo que podría tener un impacto significativo en la calidad de vida de los pacientes y en el manejo de dichas patologías en el futuro.


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