En una lluviosa tarde de mayo en 1953, dos corazones se unieron en una ceremonia civil íntima y llena de encanto. En la encantadora ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chepita y yo dimos un paso audaz al matrimonio, sin buscar las solemnidades de una iglesia. Vestido de traje y ella radiante en un hermoso vestido blanco, como una novia de cuento de hadas, nuestro amor floreció en medio de la música de una marimba, tejiendo sus notas en cada momento inolvidable. Los bocadillos compartidos con amigos y familiares crearon una atmósfera cálida y hogareña, mientras la lluvia insistente pintaba el cielo en un tono romántico. En aquel día tan especial, decidimos comenzar nuestra historia de amor, y aunque nuestra luna de miel fue en la tienda donde vivíamos, fue la más dulce y memorable que pudimos haber imaginado. Esta es la crónica de una unión sencilla y eterna que ha resistido el paso del tiempo con amor y cariño inquebrantables.



Jaime Sabines
[Fragmento tomado del capítulo V del libro: Sabines. Apuntes biográficos.]


El 21 de mayo de 1953 me casé con Chepita en una ceremonia civil. Ni yo ni ella quisimos que fuera por la iglesia. Yo fui de traje, y ella con un vestido largo blanco; de novia, pues. Nuestra boda fue muy sencilla, nada más unos cuantos amigos, mi familia y la de Josefa Rodríguez, mi Chepita chula. En el momento en que nos estaba casando el juez, llegó la marimba y comenzó a tocar Siboney… y así siguió la música toda la noche.
Habremos comido bocadillos o cosas así. La reunión fue en casa de sus padres, que estaba en la Segunda Oriente y Cuarta Sur. Me acuerdo bien que esa tarde llovió a torrentes; habían arreglado el patio y el jardín de la casa en la que entonces todavía vivía mi mujer, pero todo se fregó con la lluvia.
Nos casamos un día 21, el mismo día del mismo mes en que mis padres se habían casado en 1915. Quise repetir la fecha. Ya había pensado: “Me voy a casar en esa fecha caiga el día que caiga”. Y cayó en jueves. Era mayo y era lógico que lloviera en Tuxtla, pues en ese tiempo la lluvia cae casi todos los días. No tuve luna de miel. El día de mi boda, cuando acabó el baile, pasada la medianoche tomé a mi mujer del brazo y nos fuimos en un taxi a la casa donde estaba la tienda. En la parte trasera ya había acondicionado una habitación pensando en la noche de bodas. La fiesta había sido como a ocho cuadras de la tienda. Nos fuimos a la una de la mañana del viernes y ahí nos encerramos hasta el domingo. Ésa fue mi luna de miel, ¡en la tienda!”


EL CANDELABRO. ILUMINANDO MENTES


Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.