En un rincón del universo, en un pequeño planeta azul, surge un enigma ancestral que acompaña a la humanidad desde su primer aliento: la danza eterna entre la vida y la muerte. Como actores cautivos en este misterioso escenario, nos vemos seducidos por los encantos de la existencia, mientras la sombra ineludible de la muerte se oculta en los pliegues de nuestra propia alma. Cada latido del corazón marca el avance incesante de un reloj invisible, recordándonos que el tiempo fluye con indiferencia, y que nuestro paso por este mundo es efímero. En este laberinto de interrogantes y anhelos, la vida se convierte en un telón efervescente de experiencias, mientras la muerte aguarda en la penumbra, tejiendo su inevitable trama. Es en esta intersección donde se despliega el telón de la reflexión filosófica, desafiándonos a desentrañar el sentido de nuestra existencia y a vivir intensamente, conscientes de que, en el viaje de la vida, la muerte también es nuestra compañera de danza.

“Mortalidad y Significado: La Paradoja de la Existencia”
La propia vida es un camino hacia la muerte. Nos divertimos y pensamos que la muerte está lejos, lejos. Pero en el fondo del corazón se esconde oculta. Es claro que a partir de esa primera hora en que nacemos, avanzan a la par la vida y la muerte. Tu hora con la que a escondidas se siembra una parte de tu vida, esa misma te la arrancará furtivamente. Morimos poco a poco y en un solo momento dejamos de existir, como se apaga una lámpara cuando se acaba el aceite. De modo que nada mata, y sin embargo, a la vez, la muerte existe. Y así ahora, mientras hablamos, estamos muriendo.”
Tomas Moro
La vida y la muerte son dos conceptos ineludibles e íntimamente vinculados en la existencia humana. A lo largo de la historia, filósofos, pensadores y escritores han reflexionado sobre la naturaleza de la vida y la inevitabilidad de la muerte. Uno de esos pensadores fue Tomás Moro, quien en sus escritos dejó plasmada su visión sobre la relación entre ambos aspectos fundamentales de la experiencia humana.
El fragmento citado de Tomás Moro nos invita a considerar que la vida es un camino hacia la muerte, un proceso constante que comienza desde el mismo momento de nuestro nacimiento. A pesar de que la mayoría de las personas tienden a disfrutar de la vida y a pensar que la muerte está lejana, el autor sugiere que la muerte permanece oculta en el fondo de nuestros corazones y que, en realidad, la vida y la muerte avanzan de manera paralela.
Es cierto que nacemos con una hora asignada, un tiempo de vida que se nos concede de manera desconocida, y que desde ese instante, la muerte comienza a sembrarse en nosotros. Con cada día que pasa, nos acercamos a nuestra propia muerte. La imagen de la muerte como algo que nos arrebata parte de nuestra vida de manera furtiva es poderosa y nos hace reflexionar sobre la fragilidad de nuestra existencia.
El autor destaca que morimos poco a poco, cada día, y que, en un solo instante, dejamos de existir, similar a cómo una lámpara se apaga cuando el aceite se agota. Esta analogía nos lleva a comprender que la muerte es una realidad inevitable e ineludible, pero que no es una fuerza externa que nos mata, sino más bien una consecuencia natural del paso del tiempo y de la vida misma.
Esta reflexión plantea una dualidad intrigante: por un lado, nada mata, ya que no hay una entidad externa que nos provoque la muerte; sin embargo, por otro lado, la muerte existe y es una parte integral del ciclo de la vida. Esta aparente contradicción nos invita a contemplar la muerte como una parte inherente de la existencia, y a encontrar un significado más profundo en nuestra vida debido a su finitud.
Al final del fragmento, el autor destaca que, mientras estamos inmersos en la vida cotidiana, estamos también en un constante proceso de acercamiento a nuestra propia muerte. Esta noción nos recuerda la importancia de aprovechar cada momento, ser conscientes de nuestra finitud y vivir una vida significativa.
En conclusión, el fragmento de Tomás Moro nos sumerge en una profunda reflexión sobre la relación entre la vida y la muerte. Nos invita a confrontar nuestra propia mortalidad y a valorar cada momento de nuestra existencia. La muerte es una certeza que siempre estará presente, y reconocerla puede enriquecer nuestra apreciación por la vida y llevarnos a buscar un propósito más profundo en nuestro tiempo aquí.
Es una invitación a vivir conscientemente, siendo conscientes de que mientras hablamos, mientras leemos estas palabras, estamos avanzando en el camino de la vida y la muerte simultáneamente.
EL CANDELABRO. ILUMINANDO MENTES
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
