En la tormentosa década del setenta, dos almas se encontraron y tejieron una historia de inspiración y sueños que trascendería el tiempo. Eduardo Galeano, reconocido escritor uruguayo, halló en Helena Villagra algo que reconocía no tener en sí mismo: una soñadora. Pero Helena fue mucho más que el último amor del autor, se convirtió en su musa y compañera directa en la creación de sus obras literarias. Juntos, se sumergieron en un mundo de imaginación y aventuras, compartiendo sueños y anhelos que enriquecieron las páginas de sus libros. En esta entrada, exploraremos la íntima relación entre Eduardo Galeano y Helena Villagra, su legado compartido y el impacto que dejaron en el mundo literario y más allá. Desde el prólogo de “Los sueños de Helena” hasta el emotivo reconocimiento post mortem, acompañaremos este singular viaje de amor, literatura y solidaridad.



El último amor de Eduardo Galeano: Helena Villagra y su papel en su vida y obra”


Eduardo Galeano y Helena Villagra se conocieron en la tormentosa década del setenta.

Helena fue mucho más que el último amor de Eduardo.

Fue su inspiración, la última de las tres mujeres que penetraron en su intimidad y formaron parte de su vida.

Fue su musa y partícipe directa de sus obras. Con ella, el escritor uruguayo encontró lo que –en algunas entrevistas- reconoció no hallar en él: una soñadora.

“Helena me humilla cada mañana, a la hora del desayuno, contándome sus sueños prodigiosos”, relató el autor en el prólogo de su libro Los sueños de Helena.

“Ella entra en la noche como en un cine, y cada noche un nuevo sueño la espera. Mientras ella cuenta, yo bebo mi café en silencio. Más me vale callar. Los pocos sueños míos que consigo recordar son de una bochornosa estupidez. Para vengarme, escribo los sueños que ella vuela. Aquí están, reunidos, fugitivos de las páginas de mis libros que ellos, los sueños, han mejorado tanto. Las obras de Isidro los acompañan, de la mejor manera”, confesó en lo que sería luego la obra que reúne todo lo que fue compilando en el trascurso de sus días con ella.

Fueron varias las veces que el escritor desestimó sus sueños. El creía que eran de “una mediocridad inconfesable”, por lo que prefería zambullirse en los de su esposa.

“Los que más se repiten son los más estúpidos, pierdo un avión, discuto con un burócrata, cosas así. ¿Qué feo, no? Me consuelo recordando aquellos versos de Pedro Salinas que dicen que los sueños son verdaderos sueños cuando se desensueñan, y en materia mortal encarnan”, declaró en una entrevista con la BBC.

Viajes, exilios, amigos y reencuentros son parte de ese viaje de aventuras que el autor emprende en esa obra ilustrada, de pluma admirable y gran sabiduría. “Durmiendo, nos vio.

Helena soñó que hacíamos fila en un aeropuerto igual a todos los aeropuertos y estábamos obligados a pasar a través de una máquina nuestras almohadas. En cada almohada, la almohada de anoche, la máquina leía los sueños. Era una máquina detectora de sueños peligrosos para el orden público”, escribió el autor.

Eduardo falleció el 13 de abril de 2015 y en diciembre de ese año Helena recibió el Doctorado Honoris Causa Post Mortem de la Universidad de Guadalajara al escritor uruguayo y expresó:

“Dedico en su nombre este Doctorado Honoris Causa a la lucha de esos ‘nadies’ doctorados en Ayotzinapa, los queridos 43 que le han enseñado al mundo que los músculos de la conciencia son antídotos contra el espanto”, expresó Villagra.

“En estos tiempos donde no abunda la solidaridad, hay muchos corazones decentes que laten juntos”, dijo Helena en un pronunciamiento emotivo que despertó fuertes aplausos del público presente.

Por último, les compartimos un pasaje de “El libro de los abrazos” (1989) titulado, Los sueños de Helena.

Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera.

Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba:

  • Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.

Hacían la cola unos cuantos sueños nuevos, jamás soñados, pero Helena reconocía el sueño bobo, que siempre volvía, ese pesado, y a otros sueños cómicos o sombríos que eran viejos conocidos de sus noches de mucho volar.


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