¡Bienvenidos al apasionante mundo del metro! Un viaje en el tiempo nos lleva de regreso al año 1870, en la vibrante ciudad de Nueva York. En el bullicioso escenario de Broadway, donde hoy se congregan multitudes, un ingeniero llamado Alfred Ely Beach tuvo una audaz visión: crear un sistema de transporte subterráneo que revolucionaría la forma en que nos desplazamos. En un mundo donde los caballos todavía dominaban las calles y el transporte público ofrecía pocas comodidades, Beach soñaba con llevar a grandes grupos de personas a su destino sin barreras de congestión o limitaciones geográficas. Luchando contra las risas y el escepticismo, Beach persistió y construyó un túnel que fue una obra maestra de la ingeniería neumática. El lanzamiento de este nuevo modo de transporte fue todo un evento, con una recepción deslumbrante bajo las calles de Broadway. Pero, a pesar del encanto y el éxito inicial, el destino tenía otros planes para el sueño de Beach. Únete a nosotros en este recorrido fascinante mientras descubrimos la historia, los altibajos y el legado perdido del primer metro de Nueva York. ¡Prepárate para sumergirte en esta aventura subterránea llena de sorpresas y descubrimientos!



“El legado perdido de Alfred Ely Beach: el primer intento de metro en Estados Unidos”
El metro, una forma de transporte tan común en la actualidad, tuvo sus primeros inicios en Nueva York en 1870. Fue concebido por un ingeniero llamado Alfred Ely Beach, quien tuvo la brillante idea de crear un sistema subterráneo para mover grandes grupos de personas de manera eficiente.
Aunque en nuestros días asociamos el metro con vagones atascados de gente, vendedores ambulantes y ocasionalmente accidentes, en aquel entonces era considerado un verdadero lujo. Sin embargo, los comienzos de este proyecto no fueron fáciles para Beach, ya que su idea fue inicialmente rechazada y muchos se burlaban de ella.
A pesar de las adversidades, Beach persistió y solicitó al gobierno un permiso para construir un túnel. Sorprendentemente, en tan solo 58 días logró completar un tramo de 95 metros en Broadway, desde Warren Street hasta Murray Street. Para convertir su idea en realidad, Beach invirtió 350 mil dólares de su propio dinero.
El sistema de transporte subterráneo ideado por Beach era simple pero genial: utilizaba un sistema neumático que consistía en un ventilador rotativo gigante que empujaba y atraía los vagones a lo largo de las vías. Así, el 26 de febrero de un año no especificado, la “Beach Pneumatic Transit Company” abrió sus puertas al público por primera vez, ofreciendo una recepción especial a autoridades estatales, funcionarios de la ciudad y miembros de la prensa.
Aquellos que visitaron el túnel quedaron sorprendidos y satisfechos con lo que encontraron. Lejos de ser un triste retiro cavernoso, el lugar contaba con una elegante sala de recepción, un túnel luminoso y aireado, y una apariencia general de buen gusto y comodidad. Los periódicos de la época, como The New York Times, publicaron extensos artículos sobre el evento, generando un gran revuelo en la ciudad.
En su primera semana de funcionamiento, el metro vendió más de 11,000 boletos a 25 centavos por viaje. Los interesados en utilizar el sistema debían ingresar a “Devlin’s Clothing Store”, que resultó ser una fachada para acceder a la estación. Una vez dentro, los pasajeros eran recibidos en una sala de espera decorada con frescos, sillones y estatuas. Incluso disponían de un estanque con peces dorados y un pianista que tocaba un piano de cola para calmar a los nerviosos viajeros. Los vagones podían albergar a 22 personas a la vez y eran considerados muy lujosos en aquel tiempo.
Sin embargo, aunque muchas personas visitaron el metro y disfrutaron de su viaje, no se convencieron de que esta nueva forma de transporte fuera necesaria ni segura. Beach tuvo dificultades para convencer al público y las autoridades de la importancia de expandir aún más el sistema. Cuando finalmente obtuvo permiso en 1873, el mercado de valores se derrumbó y el apoyo público y financiero desapareció. El metro cerró poco después.
Beach, que había invertido tanto dinero en su invención, trató de arrendar el túnel para diferentes propósitos, como un depósito de vino o una galería de tiro al blanco. Sin embargo, estas ideas no le generaron los ingresos necesarios. Eventualmente, el túnel del metro fue sellado y Beach falleció unos años después. Su túnel y toda la idea del metro fueron prácticamente olvidados.
No fue sino hasta 1912 que se construyó el metro que conocemos hoy en día. Durante las obras, los trabajadores descubrieron el antiguo túnel de Beach. En él, encontraron el vagón abandonado tal y como se había dejado, e incluso el piano seguía en la sala de espera. Decidieron incorporar el vagón a la estación del Ayuntamiento y colocaron una placa para conmemorar el primer transporte subterráneo estadounidense. Desafortunadamente, la estación del Ayuntamiento ha sido abandonada en la actualidad.
Aunque el proyecto de Beach no logró triunfar en su momento, no se puede negar que fue un inventor práctico y visionario. Su idea sentó las bases para el transporte subterráneo que hoy utilizamos en todo el mundo. A pesar de los obstáculos y el olvido posterior, su aporte fue invaluable y marcó un hito en la historia del transporte urbano.
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