La vida de Robin Williams es un testimonio inspirador de perseverancia, talento y la capacidad de superar los obstáculos que nos impone la vida. Desde que sus compañeros de escuela lo etiquetaron como el estudiante con menos posibilidades de éxito, Williams demostró que estaba destinado a convertirse en uno de los comediantes más brillantes de todos los tiempos. A través de su don para hacer reír a los demás, Williams no solo dejó un legado en la industria del entretenimiento, sino que también demostró un profundo amor por los demás y una generosidad inigualable. Sin embargo, detrás de su brillante sonrisa y su talento innato, luchaba en silencio con sus propios demonios internos. Esta es la historia de un hombre que trascendió las expectativas, pero también nos recuerda la importancia de cuidar nuestra salud mental y apoyar a aquellos que luchan en las sombras.



El poder de la risa: El legado de Robin Williams.


Tras graduarse en el instituto, los compañeros de un estudiante le votaron como el alumno con menos posibilidades de triunfar en la vida. Aquel jovencito se convertiría en uno de los mayores cómicos de todos los tiempos: Robin McLaurin Williams.

Cuando en la década de 1970, con poco menos de 20 años, comenzó a actuar para ganar algo de dinero como mimo a la salida de The Museum of Modern Art y a participar en clubes nocturnos con números de humor, se dio cuenta de que su pasión era actuar.

Williams reconocía abiertamente que consumía drogas y alcohol, aunque nunca lo hacía mientras estaba sobre el escenario. Sin embargo, de vez en cuando, sí que admitía haber actuado arrastrando la resaca del día anterior.

En poco tiempo se convirtió en uno de los actores más importantes de Hollywood, llegando a ganar un Óscar tras ser nominado 4 veces, ganar 6 Globos de Oro, tras haber sido nominado en 11 ocasiones y haber ganado 2 Emmy y 3 Grammy.

Pero si algo caracterizaba a Robin Williams, era su amor por los demás.

En 1995, un accidente de equitación dejaba parapléjico a Christopher Reeve, su mejor amigo y compañero de estudios de teatro. Una semana después, Williams irrumpió en su habitación disfrazado de médico afirmando que era un proctólogo ruso que le iba a realizar un examen rectal. Reeve contaba que esa fue la primera vez en la que se rió tras su accidente.

Pero además de animarle en su convalecencia, Williams pagó todos los gastos que no cubría su seguro.

Cuando Reeve murió, en 2004, Williams aseguró que había sido como perder a un hermano y que jamás se olvidaría del hombre que, tras su accidente, volvió a brillar y se convirtió en un símbolo para los demás.

Además, Steven Spielberg admite que tuvo que recibir ayuda psicológica para mantenerse cuerdo durante el rodaje de la Lista de Schindler y que no lo habría logrado sin el apoyo de Williams. El cómico le hacía una llamada diaria, en la que también participaba el resto del equipo, para hacerles reír y levantar su ánimo. Cuando lo conseguían, colgaban el teléfono sin despedirse y volvían al trabajo.

Robin Williams conocía el poder de la risa y sabía que no quita el dolor, aunque ayuda a superar los momentos difíciles. Y por eso la utilizaba como terapia. Él también tenía sus propias batallas en las que luchar, pero a él nadie le llamó para hacerle reír y se suicidaba el 11 de agosto de 2014 en su casa de California.


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