Todos tenemos algo que nos recuerda a nuestros abuelos, algo que nos conecta con ellos, algo que nos hace sentir su presencia. Para mí, ese algo es una lámpara de bronce con una pantalla de tela, que me regaló mi abuelo antes de morir. Es una lámpara muy especial, porque fue un regalo de bodas de mi abuela y porque la arreglamos juntos en su taller.

En este cuento, les voy a contar cómo fue esa experiencia, cómo aprendí de mi abuelo a reparar cosas y a valorar el amor, cómo me transmitió su sabiduría y su cariño, cómo me dejó un recuerdo imborrable. Es un cuento sobre los abuelos y la lámpara, sobre la luz del amor que nunca se apaga.



La lámpara de bronce: un relato de valor y nostalgia


Un día, fui a visitar a mi abuelo, que vive solo desde que mi abuela murió. Le llevé unas galletas caseras que le gustan mucho y le pregunté si quería que le ayudara con algo. Me dijo que sí, que tenía una lámpara vieja que no funcionaba y que quería arreglarla. Me llevó al taller donde guardaba todas sus herramientas y me mostró la lámpara. Era una lámpara de bronce con una pantalla de tela, muy bonita y elegante. Me dijo que era un regalo de bodas de mi abuela y que la había tenido siempre en su dormitorio.

Me explicó que el problema era el cable, que se había roto por el uso y el tiempo. Me enseñó cómo cortar el cable viejo, pelar los extremos, conectarlos al enchufe y a la bombilla, y cubrirlos con cinta aislante. Me dijo que tuviera cuidado de no tocar los cables con las manos mojadas o con objetos metálicos, porque podía recibir una descarga eléctrica.

Me dijo que era importante saber hacer estas cosas, porque así se podían aprovechar las cosas que aún servían y no gastar dinero en comprar otras nuevas.

Mientras trabajábamos, me contó muchas historias de su vida con mi abuela, de cómo se conocieron, de cómo se casaron, de cómo criaron a sus hijos, de cómo viajaron por el mundo, de cómo superaron las dificultades, de cómo se querían. Me dijo que la lámpara era un símbolo de su amor, que siempre les había iluminado el camino y les había dado calor. Me dijo que la arreglaba para mantenerla encendida, para sentir que mi abuela seguía a su lado, para honrar su memoria.

Terminamos de arreglar la lámpara y la probamos. Se encendió con una luz suave y cálida. Mi abuelo sonrió y me abrazó. Me dijo que estaba muy orgulloso de mí y que me agradecía mucho su ayuda. Me dijo que me quedara la lámpara, que era un regalo para mí, para que la pusiera en mi casa y me acordara de él y de mi abuela. Yo le di las gracias y le dije que la cuidaría mucho y que la encendería todas las noches.

La moraleja de este cuento es: No debemos olvidar a nuestros abuelos, sino aprender de ellos y valorar lo que nos enseñan. No debemos deshacernos de las cosas viejas, sino repararlas y darles una nueva vida. No debemos apagar la luz del amor, sino mantenerla encendida en nuestro corazón.


El CANDELABRO. ILUMINANDO MENTES