En el corazón de una región donde las tradiciones y leyendas cobran vida cuando cae la noche, se teje una historia perturbadora que cruza la delgada línea que separa la realidad de lo sobrenatural. La sombra de los celos, el cruento eco de un crimen y el misterio indeleble de los jinetes etéreos convergen en un enigma que aún resuena en los susurros del viento del verano. Como los granos de arena en una tormenta, la verdad se dispersa y se desvanece ante los ojos de quien intenta capturarla. Prepárate para adentrarte en una trama de suspense y misterio, donde las respuestas son tan escurridizas como el polvo bajo la luna y las preguntas pueden ser tan letales como una bala en la penumbra.



La Leyenda de los Jinetes Desvanecidos: Una Historia de Injusticia y Terror”


Una calurosa noche de verano, un hombre volvía a casa sin avisar a su esposa. Cauterizado por los celos, deseaba ver qué clase de mujer tenía realmente. El viento del atardecer arremolinaba polvo en grandes columnas que cruzaban el camino, convirtiendo el paisaje en una nube de turbiedad. El hombre se cubría rostro con un pañuelo, mientras avanzaba hacia su domicilio, a eso de un kilómetro de distancia.

A medida que se aproximaba, su sorpresa fue mayúscula al cruzarse con un jinete desconocido que venía del rumbo de su casa. Intentó interrogarlo sobre su presencia en su propiedad, pero el intruso aceleró su caballo y desapareció en la oscuridad polvorienta. En la última alambrada antes de la casa, el hombre encontró otro jinete. Irrumpido por la excentricidad de la situación, se bajó de su caballo y se puso en medio del sendero, mano al mango de su revolver, e intimó al intruso. Lo que sucedió a continuación fue extrañamente aterrador: el jinete llegó a donde él estaba y se disolvió en polvo, el mismo polvo que el viento arrastraba por el camino. Instantes después, el polvo se recompuso para volver a formar un caballo y un jinete que seguían galopando camino adelante.

El hombre se santiguó instintivamente, murmurando para sí: “¡Ave María Purísima, debió de ser el mismo demonio!”. Con un miedo helándole la sangre, montó de nuevo en su caballo y corrió a casa. Sin embargo, antes de poner un pie en la puerta, vio a otro hombre saliendo del edificio. Su temor inicial fue sustituido por una cólera cegadora. Desenfundó su revólver y disparó al extraño: tres balas, fruto de su habilidad como tirador. No obstante, el hombre no cayó: se montó en su caballo y fue hacia el esposo temeroso y celoso. El hombre intentó disparar de nuevo, pero al igual que antes, el intruso se desvaneció en una nube de polvo, y luego se le escuchó galopar a cierta distancia.

Sin poder comprender lo que estaba sucediendo, el hombre entró en la casa. En su caminata, en la que se debatía consigo mismo entre terrores y celos, desde la puerta hasta la habitación, finalmente decidió perdonar a su mujer. Lo que estaba encontrando no tenia razón de ser en el mundo natural. Pero al llegar a la cama, el lugar donde había compartido tantas noches de placer con su cónyuge, se encontró con un escenario horroroso y sangriento. Su esposa estaba muerta, con tres balazos exactamente iguales a los que él había disparado al tercero hombre.

Eso fue lo que relató en su declaración. Los vecinos, por otro lado, afirmaron no haber visto nunca a esos jinetes misteriosos. Fue condenado y encarcelado por el asesinato de su esposa; un crimen que, aunque él mismo confesara, no comprendía en lo más mínimo.

Años después, un evento similar aconteció. Un joven temía el castigo de su padre por llegar tarde a casa. Antes de saltar la tapia y entrar por el corredor, vio a un hombre salir de detrás de la casa, montarse en un caballo y galopar hacia la lejanía. Olvidando su preocupación inicial, el joven entró en su hogar solo para toparse con otro hombre. Intentó retenerlo, pero el extraño siguió adelante, como si no le hubiese visto. El joven, más reaccionario que pensativo, tomó un puñal y lo arrojó contra el desconocido. Al recibir la estocada, este polvo y pocos segundos más tarde, se le escuchó galopar de nuevo.

Vuelto a la confusión y el pánico, el joven descubrió a su padre terriblemente herido, casi en las garras de la muerte. Una puñalada deliberadamente certera fue la culpable. El padre fue llevado a urgencias, donde finalmente falleció. Pese a todo, negó enérgicamente que su atacante hubiese sido su propio hijo. Según sus palabras, un hombre alto con los ojos chispeantes y la cara cubierta fue el responsable.

Durante el proceso, aunque inicialmente parecía condenar al joven, la policía comenzó a dudar. Había demasiados paralelismos entre esta historia y la del anciano celoso condenado hace años por homicidio. ¿Quiénes eran estos jinetes? Algunas personas afirmaron ver tres figuras cabalgando durante las noches, aunque sus formas eran siempre borrosas, desapareciendo sin cesar en las nubes de polvo.

Sin embargo, la verdad aún no se ha revelado, dejando a todos en un estado perpetuo de misterio e incertidumbre.


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