¿Te has preguntado alguna vez por qué el sol y la luna se ven tan diferentes en el cielo? ¿Por qué el sol brilla con tanta fuerza y la luna solo refleja su luz? ¿Por qué el sol sale al amanecer y la luna al atardecer? Detrás de estas preguntas hay una antigua leyenda que nos habla de amor, valor y sacrificio. Una leyenda que nos cuenta cómo el sol y la luna eran dos dioses que se ofrecieron a iluminar el mundo, pero que tuvieron que enfrentarse a un gran desafío. Una leyenda que nos explica cómo nacieron los eclipses, esos momentos mágicos en los que el sol y la luna se encuentran. ¿Quieres conocer esta leyenda? Entonces sigue leyendo y descubre la historia del sol y la luna.



Cómo nacieron los eclipses: la historia de un amor imposible
Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven, el sol y la luna eran dos hermosos jóvenes que vivían en el cielo. El sol se llamaba Solano y la luna se llamaba Lunara. Se conocieron un día cuando Solano salió a pasear por las nubes y vio a Lunara bailando entre las estrellas. Quedó cautivado por su belleza y gracia, y se acercó a ella para saludarla. Lunara también quedó encantada con el brillo y la calidez de Solano, y le devolvió el saludo con una sonrisa.
Desde ese día, Solano y Lunara se hicieron inseparables. Se contaban historias, se reían, se abrazaban y se besaban. Se amaban con todo su ser, y no podían imaginar una vida sin el otro. Pero había un problema: Solano y Lunara tenían una misión que cumplir. Solano tenía que iluminar el día con su luz, y Lunara tenía que alumbrar la noche con su reflejo. Si no lo hacían, el equilibrio del mundo se rompería, y habría caos y oscuridad.
Solano y Lunara sabían que tenían que cumplir con su deber, pero no querían separarse ni un instante. Así que decidieron hacer un trato: Solano se levantaría justo al amanecer, y Lunara justo al atardecer. De esa manera, podrían verse al menos dos veces al día, cuando el cielo se tiñera de rojo y naranja. Se despedirían con un beso, y se prometerían volver a verse al día siguiente.
Así pasaron muchos años, y Solano y Lunara fueron felices a pesar de la distancia. Pero un día, algo cambió. Solano notó que Lunara estaba más pálida y triste que de costumbre. Le preguntó qué le pasaba, y ella le confesó que estaba cansada de vivir en la sombra. Le dijo que quería sentir el calor de su luz, y ver el mundo con sus colores. Le dijo que quería estar con él todo el tiempo, y no solo unos minutos al día.
Solano sintió un dolor en el pecho al escuchar las palabras de Lunara. Él también quería estar con ella siempre, pero no sabía cómo hacerlo sin romper el orden del mundo. Le dijo que la amaba más que a nada, pero que no podía abandonar su misión. Le dijo que tenía que ser fuerte, y esperar a que llegara el momento de volver a verse.
Lunara no pudo soportar más la situación. Se sintió herida y decepcionada por la respuesta de Solano. Pensó que él no la amaba tanto como ella a él, y que prefería su trabajo a su compañía. Se enfadó con él, y le dijo que no quería verlo más. Se alejó de él, y se escondió detrás de la tierra.
Solano quedó destrozado por la reacción de Lunara. Intentó seguirla, pero no pudo alcanzarla. La llamó a gritos, pero ella no le respondió. Se quedó solo en el cielo, sin saber qué hacer.
La naturaleza se dio cuenta de lo que había pasado entre Solano y Lunara. Vio cómo su amor se había convertido en dolor, y cómo su separación había afectado al mundo. Sin la luz de Solano, el día era gris y triste. Sin el reflejo de Lunara, la noche era fría y oscura. La naturaleza sintió pena por ellos, y quiso ayudarlos a reconciliarse.
Así que ideó un plan: cada cierto tiempo, haría que la tierra se moviera entre Solano y Lunara, creando una sombra sobre uno de ellos. De esa manera, el otro podría acercarse sin ser visto por los demás, y abrazar al que estaba en la oscuridad. Así nacieron los eclipses: los momentos en los que el sol y la luna podían estar juntos sin romper el equilibrio del mundo.
Cuando Solano y Lunara se dieron cuenta de lo que había hecho la naturaleza por ellos, se sintieron agradecidos y avergonzados. Se dieron cuenta de que habían sido egoístas e imprudentes, y que habían arriesgado su amor por una discusión sin sentido. Se pidieron perdón, y se prometieron que nunca más volverían a pelear. Se juraron que se amarían por siempre, y que aprovecharían cada eclipse para demostrarlo.
Desde entonces, cada vez que hay un eclipse, el sol y la luna se abrazan con fuerza, y se dicen al oído cuánto se extrañan y se necesitan. Y el mundo los ve con admiración y respeto, sabiendo que son el ejemplo de un amor verdadero, que no se rinde ante las dificultades, y que espera pacientemente su recompensa.
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