En los intrincados hilos de la historia real, se entretejen relatos de amor, diplomacia y tragedia que marcan el destino de naciones. En este drama palaciego, viajamos a la Europa del siglo XVI, donde la princesa María Manuela de Portugal y el príncipe Felipe II de España se ven atrapados en una red de alianzas familiares, desafíos políticos y un amor destinado a ser fugaz. Desde las majestuosas cortes de Coímbra hasta los salones de Salamanca, exploraremos la epopeya de un matrimonio real enraizado en la lucha por el poder, las dispensas papales y las tensiones entre dos casas reales prominentes: los Habsburgo y los Austria. Únete a nosotros en este viaje a través de los pasillos del tiempo, donde los destinos se entrelazan y la historia despliega sus secretos ante los ojos de la realeza.

“La Breve Felicidad y Trágica Muerte de María Manuela en Valladolid”
María Manuela de Portugal nació en Coímbra el 15 de octubre de 1527, siendo la segunda hija y la primogénita superviviente del rey Juan III de Portugal y de su esposa Catalina de Austria, hermana del emperador Carlos V. Por tanto, era prima hermana del príncipe Felipe, heredero de las coronas de España y del Sacro Imperio Romano Germánico. Desde su nacimiento, María Manuela fue considerada como una posible candidata para casarse con Felipe, con el fin de estrechar los lazos entre las dos ramas de la casa de Habsburgo y asegurar la sucesión dinástica.
María Manuela creció en la corte portuguesa, donde recibió una educación esmerada y acorde a su rango. Su madre, la reina Catalina, se encargó personalmente de supervisar su instrucción y su formación religiosa, inculcándole una profunda devoción católica y un sentido del deber hacia su familia y su país. La infanta aprendió a leer y escribir en portugués, español y latín, así como nociones de historia, geografía, música y bordado. También se familiarizó con las lenguas francesa e italiana, que se hablaban en la corte.
La princesa portuguesa tenía apenas quince años cuando se empezó a pensar seriamente en su matrimonio con el príncipe Felipe. El emperador Carlos V y la reina Catalina habían acordado este proyecto desde hacía tiempo, pero se encontraron con varios obstáculos para llevarlo a cabo. El primero era el grado de consanguinidad que existía entre los novios, que eran primos hermanos por partida doble, ya que sus padres eran hermanos entre sí. Esto requería una dispensa papal para poder casarse, que no fue fácil de obtener debido a las tensiones políticas y religiosas que atravesaba Europa en aquel momento.
El segundo obstáculo era la oposición de algunos sectores de la corte portuguesa, que preferían que María Manuela se casara con el infante Luis, hermano del rey Juan III, para evitar que la corona portuguesa pasara a manos españolas en caso de que el heredero Manuel muriera sin descendencia. El rey Juan III tuvo que hacer frente a estas presiones y defender su decisión de casar a su hija con Felipe, alegando que era lo más conveniente para los intereses de Portugal y para la paz entre los reinos cristianos.
Finalmente, tras largas negociaciones y gestiones diplomáticas, se consiguió la dispensa papal por parentesco y se fijó la fecha para la boda: el 13 de noviembre de 1543. La ceremonia se celebró en Salamanca, donde el príncipe Felipe había residido durante algunos años para estudiar en la universidad. El emperador Carlos V asistió al enlace y entregó a su hijo una dote de 300.000 ducados. La novia llegó acompañada por una numerosa comitiva de nobles portugueses y fue recibida con gran pompa y solemnidad por las autoridades españolas.
La pareja real se instaló en Valladolid, donde nació el único hijo del matrimonio: el príncipe Carlos, el 8 de julio de 1545. Sin embargo, la felicidad duró poco: cuatro días después del parto, María Manuela falleció a causa de una hemorragia. Su muerte causó un gran dolor al príncipe Felipe, que quedó viudo a los dieciocho años y con un hijo recién nacido. El cadáver de la princesa fue embalsamado y trasladado al monasterio de San Benito el Real de Valladolid, donde recibió sepultura provisionalmente.
Su hijo tampoco sería rey, pues fallecería en extrañas circunstancias a los veintitrés años tras una vida tortuosa. El príncipe Carlos fue educado por su abuelo el emperador Carlos V, que lo nombró heredero de sus estados en 1554. Sin embargo, el joven mostró desde temprana edad un carácter rebelde, violento e inestable, que le llevó a enfrentarse con su padre Felipe II, que había sucedido al emperador en 1556. Carlos aspiraba a gobernar los Países Bajos, donde se había desatado una revuelta contra la autoridad española y la religión católica. Pero Felipe II se negó a concederle este cargo y lo mantuvo bajo estrecha vigilancia.
En 1568, el príncipe Carlos intentó escapar de la corte y refugiarse en Alemania, pero fue detenido y encerrado en una celda del alcázar de Madrid. Allí permaneció hasta su muerte, ocurrida el 24 de julio de ese mismo año. Las causas de su fallecimiento nunca se aclararon del todo: se habló de un envenenamiento, de una enfermedad mental o de una infección provocada por una herida que se hizo al golpearse la cabeza contra la pared.
Su cuerpo fue trasladado al monasterio de El Escorial, donde fue enterrado junto a su madre María Manuela de Portugal, en el Panteón de Infantes.
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