En las heladas tierras de Noruega, donde las auroras boreales danzan y las historias de valientes guerreros vikingos resuenan, emergió una guerrera de otro tipo. Katti Anker Møller, con la pasión de un incendio nórdico y la determinación de los antiguos exploradores, no buscaba conquistar tierras, sino liberar mentes y corazones. Abogando por las madres, por la salud reproductiva y por la justicia, Møller no sólo desafió las normas de su tiempo, sino que dejó un legado imborrable en la lucha feminista y en la historia de Noruega.
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La “Abogada de las Madres”: Katti Anker Møller y su Defensa por la Despenalización del Aborto.
En el vasto panorama del feminismo noruego, pocas figuras brillan con la intensidad de Katti Anker Møller, una visionaria que transformó el debate sobre los derechos de las mujeres y la salud reproductiva a principios del siglo XX. Nacida en 1868 en Hamar, Noruega, Møller emergió como defensora incansable de las madres solteras, los niños ilegítimos y el control de la natalidad, en una era donde tales temas eran tabúes profundos. Su labor no solo impulsó reformas legislativas clave, como las Leyes Castberg de 1915, sino que también sentó las bases para la legalización del aborto en Noruega en 1978. A través de conferencias revolucionarias y la fundación de centros de higiene materna, Møller abogó por la autonomía corporal femenina, un principio socialista que resonaba con la idea de que “la base de toda libertad es el derecho a disponer de nuestro propio cuerpo”. Su legado en el feminismo noruego y la salud reproductiva continúa inspirando movimientos globales por la igualdad de género y el acceso equitativo a la anticoncepción.
La infancia de Katti Anker Møller transcurrió en un entorno privilegiado pero formativamente rico. Hija de Herman Anker, fundador de la primera escuela folclórica en Sagatun, creció rodeada de nueve hermanos en un ambiente que fomentaba la educación y el compromiso social. Formada como maestra, pasó un año en Francia, experiencia que la confrontó con la dura realidad de las prostitutas y madres solteras, moldeando su empatía hacia las mujeres marginadas. La muerte prematura de su madre a los 50 años, agotada por múltiples embarazos —un destino común en la época—, avivó su preocupación por los peligros de la maternidad forzada. Estas vivencias tempranas la impulsaron hacia el activismo, donde la salud reproductiva se convirtió en eje central de su lucha por los derechos de las mujeres en Noruega, un país en transición hacia la modernidad industrial y la igualdad de género.
En 1889, Møller contrajo matrimonio con su primo Kai Møller, heredero de la mansión Thorsø Herregård en Torsnes, convirtiéndose en administradora eficiente de la finca familiar. Juntos tuvieron tres hijos: Tove, Edvard y Mix, siendo Tove Mohr, médica, quien perpetuó su legado pro-elección reproductiva. Esta unión no la apartó del activismo; al contrario, desde Thorsø, gestionó campañas locales que vinculaban el bienestar rural con la emancipación femenina. Su rol como madre y esposa le otorgó credibilidad en debates sobre maternidad, permitiéndole argumentar desde la experiencia personal que la anticoncepción no era un lujo, sino una necesidad para preservar la salud de las mujeres trabajadoras. En el contexto del feminismo noruego emergente, Møller representaba un puente entre el hogar tradicional y la reforma social radical.
Alrededor de 1900, Møller inició su carrera política defendiendo a las madres solteras, un grupo estigmatizado y desprotegido. A través de escritos y discursos apasionados, abogó por su dignidad, fundando en 1902 el primer hogar para madres solteras en Oslo. Esta iniciativa reflejaba su visión integral de la salud reproductiva, que integraba apoyo emocional, económico y educativo. Colaborando con el hermano político Johan Castberg, impulsó las Leyes Castberg de 1915, que otorgaron a los niños ilegítimos derechos plenos de herencia y el apellido paterno, además de subsidios a las madres. Estas reformas posicionaron a Noruega como pionera en políticas de bienestar infantil, reduciendo la pobreza infantil y fomentando la igualdad de género al desestigmatizar la maternidad fuera del matrimonio.
La conferencia “La liberación de la maternidad” de 1915 marcó un hito en la historia del feminismo noruego. En ella, Møller demandó públicamente la despenalización del aborto y el acceso gratuito a la anticoncepción, argumentando que la producción de niños bajo coerción cultural equivalía a esclavitud. Como socialista convencida, enfatizó la autonomía corporal como prerrequisito para la libertad femenina, un mensaje que resonó en un país donde el aborto era castigado con hasta tres años de prisión bajo el artículo 245. Esta charla, subtitulada “El derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo”, desafió normas patriarcales y eclesiásticas, inspirando a generaciones de activistas por los derechos reproductivos en Escandinavia y más allá.
Frente a una oposición feroz —incluyendo a figuras como la escritora Sigrid Undset—, Møller perseveró fundando la primera oficina de higiene en Oslo en 1924, un centro dedicado a informar sobre anticoncepción y cuidado prenatal. Inspirada en las clínicas de Marie Stopes en Londres, visitada en 1922, extendió estos servicios a nivel nacional, con 19 oficinas operativas para 1937. Bajo el lema “Amamos la maternidad y su bienestar, pero en plena voluntariedad y responsabilidad propia”, estos espacios democratizaron el conocimiento sobre salud reproductiva, empoderando a mujeres de clases trabajadoras a planificar familias más saludables. Su enfoque preventivo redujo embarazos de alto riesgo y mortalidad materna, contribuyendo a la transición noruega hacia un modelo de bienestar social inclusivo.
En 1921, Møller publicó el folleto “Una carta a las madres trabajadoras sobre cómo tener niños sanos y evitar embarazos debilitantes”, una adaptación de textos británicos que promovía la anticoncepción marital para prevenir el agotamiento materno. Esta obra respondía a la caída de la natalidad interbélica, vista como crisis nacional, proponiendo que familias más pequeñas permitieran mejor cuidado infantil. Rechazando el eugenismo biológico —a pesar de asistir al Congreso Internacional de Eugenesia de 1912—, priorizó reformas sociales sobre determinismo genético, influida por feministas como Helen Stöcker. Su visión integraba salud reproductiva con equidad económica, argumentando que la pobreza exacerbaba embarazos no deseados, un llamado profético al feminismo interseccional.
Møller fue miembro fundacional del Consejo Nacional de Mujeres Noruegas en 1904, colaborando con líderes como Gina Krog y Betzy Kjelsberg en la lucha por el sufragio, concedido en 1913. Su activismo trascendió el voto, abarcando educación sexual en escuelas, formación de parteras y campañas por beneficios de maternidad. En los años 30, apoyó la ley de esterilización de 1934, no como control coercitivo, sino como último recurso para casos de salud mental, siempre defendiendo el consentimiento. Durante la ocupación nazi, su trabajo en higiene materna la llevó a interrogatorios de la Gestapo en 1941, un testimonio de su coraje frente al autoritarismo que amenazaba los avances en derechos de las mujeres.
Los desafíos que enfrentó Møller ilustran las tensiones del feminismo noruego temprano. Conservadores y clérigos la tildaron de inmoral por promover anticoncepción, mientras que dentro del movimiento femenino, divisiones clasistas la aislaron de élites burguesas. Aun así, su alianza con el movimiento obrero femenino amplificó su impacto, fundando escuelas de ciencias domésticas y abogando por salarios maternos. Estas batallas resaltan cómo la salud reproductiva se entrelazaba con luchas laborales, posicionando a Møller como precursora de la segunda ola feminista, donde el cuerpo femenino dejó de ser dominio estatal para convertirse en territorio de autodeterminación.
El legado de Katti Anker Møller se extiende más allá de su muerte en 1945, influyendo en hitos como la legalización del aborto electivo hasta la semana 12 en 1978, impulsada por Aase Lionæs. Sus hijas y nietas, como Tove Pihl, continuaron la defensa pro-elección, mientras que sus reformas inspiraron políticas escandinavas de bienestar familiar. Hoy, en un mundo donde el acceso a la anticoncepción salva vidas —reduciendo abortos inseguros en un 4.7-13.2% de muertes maternas globales—, su énfasis en la maternidad voluntaria resuena en debates sobre derechos reproductivos en América Latina y Europa del Este. Noruega, con tasas bajas de mortalidad materna gracias a tales avances, debe su posición a pioneras como Møller.
En el contexto contemporáneo, el feminismo noruego de Møller ofrece lecciones para la salud reproductiva global. Su rechazo a la natalidad coercitiva anticipa críticas al control poblacional en países en desarrollo, promoviendo en cambio empoderamiento a través de educación y acceso equitativo. Esculturas en su honor, como la de Fredrikstad erigida en 1998, simbolizan su perdurabilidad, atrayendo a activistas el 8 de marzo. Al integrar empatía personal con acción política, Møller demostró que la igualdad de género florece cuando la salud reproductiva se prioriza como derecho humano fundamental.
La contribución de Møller a la caída de tasas de natalidad interbélica no fue alarmista, sino constructiva: al abogar por niños más sanos mediante planificación familiar, transformó una “crisis” en oportunidad para equidad. Sus clínicas de higiene materna, pese a críticas iniciales, legalizadas en 1927 por fallos judiciales, pavimentaron el camino para sistemas de salud pública inclusivos. Este enfoque holístico —vinculando anticoncepción, bienestar infantil y justicia social— distingue su feminismo noruego, influyendo en teóricos como Gunnar y Alva Myrdal en los años 30.
Reflexionando sobre su vida, Møller encarna la tenacidad de las reformadoras que convierten el dolor personal en cambio sistémico. Su conferencia de 1915, un siglo después, sigue vigente ante retrocesos como los en Polonia o Estados Unidos, recordándonos que los derechos reproductivos no son garantizados. En Noruega, donde el 34% de abortos globales contrastan con prácticas seguras locales, su visión de maternidad liberada inspira políticas preventivas y educación sexual integral.
En conclusión, Katti Anker Møller no solo fue una pionera del feminismo noruego, sino una arquitecta de la salud reproductiva moderna. Sus reformas, desde las Leyes Castberg hasta las oficinas de higiene, desmantelaron barreras patriarcales, fomentando una sociedad donde las mujeres deciden su destino corporal. Fundamentado en principios socialistas y empáticos, su legado trasciende fronteras, urgiendo a generaciones futuras a defender la autonomía reproductiva como pilar de la igualdad. En un mundo aún desigual, su ejemplo ilumina el camino hacia una maternidad voluntaria y empoderada, asegurando que el progreso no sea reversible.
Su historia, rica en coraje y visión, invita a honrar el feminismo como herramienta de justicia global, donde cada avance en derechos de las mujeres fortalece el tejido social entero.
Referencias
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Sorensen, Ø., & Aunes, L. (2013). Norsk likestillingshistorie 1814-2013. Abstrakt Forlag.
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