En el tapestry histórico de la medicina, pocos hilos brillan con tanta intensidad y color como el legado de Angélique Marguerite Le Boursier du Coudray. En una época en la que la ciencia era un dominio casi exclusivo de hombres, esta audaz partera francesa del siglo XVIII bordó su nombre en las páginas de la historia con hilos de ingenio, educación y compasión. Con la bendición real del rey Luis XV, Angélique emprendió una cruzada educativa a través de los campos y aldeas de la Francia de antaño, llevando consigo una invención que simbolizaría su misión: un maniquí obstétrico conocido como “La Máquina”. Este no era un simple trozo de tela y madera, sino una herramienta revolucionaria que permitiría a innumerables mujeres comprender los misterios del parto, y salvar vidas en una época donde la ignorancia era tan mortal como cualquier enfermedad. Con cada puntada de conocimiento que impartía, Du Coudray no solo transformaba la práctica de la partería, sino que también desafiaba las convenciones de su tiempo, tejiendo un legado de innovación y educación que perdura hasta hoy.



“Angélique du Coudray y la Revolución de la Partería en la Francia del Siglo XVIII”
En el siglo XVIII, la práctica de la partería se transformó de manera significativa en Francia gracias a las contribuciones de Angélique Marguerite Le Boursier du Coudray, quien fue comisionada por el rey Luis XV en 1759 para educar a mujeres en áreas rurales con el objetivo de reducir la mortalidad infantil. Du Coudray, proveniente de una familia de médicos reputados, se formó en el ámbito sanitario y superó los exámenes de la École de Chirurgie en 1740, mostrando desde temprano un compromiso con la educación en partería.
Para facilitar la enseñanza de la partería, Du Coudray inventó un maniquí obstétrico conocido como “La Máquina”, que fue uno de los primeros fantasmas obstétricos. Este maniquí estaba compuesto de madera, cartón, tela y algodón, y reproducía a tamaño natural la pelvis de una mujer durante el parto, permitiendo diferentes manipulaciones. “La Máquina” no solo sirvió como una herramienta educativa esencial para las parteras, sino también para los médicos, estableciendo un precedente en la utilización de simulaciones para la enseñanza de la obstetricia. La sofisticación de “La Máquina” radicaba en su arquitectura práctica-robusta y su precisión anatómico-teórica, siendo probablemente el fantasma más sofisticado de su tiempo.
Du Coudray recorrió la Francia rural impartiendo cursos y formando a más de cinco mil mujeres, quienes a su vez educaron a muchas más, además de enseñar a quinientos cirujanos y médicos varones. Su enfoque pedagógico, descrito como “simple, claro y exacto”, le permitió ganarse el respeto y la admiración de la comunidad, convirtiéndose en un símbolo del avance médico francés.
A pesar del contexto patriarcal predominante en la cultura científica del siglo XVIII, Du Coudray se destacó en el campo de la obstetricia, contribuyendo a la evolución de las prácticas de entrenamiento y educación en partería. Sus esfuerzos reflejan una etapa importante en la historia de la medicina obstétrica, subrayando la relevancia de la educación y la innovación en la mejora de los resultados de salud materno-infantil.
El único ejemplo superviviente de ‘La Máquina’ se exhibe en el Museo Flaubert y de Historia de la Medicina, en Rouen, Francia, donde se puede apreciar el nivel de detalle y sofisticación de este maniquí obstétrico que fue crucial para la educación en partería durante el siglo XVIII en Francia.
La travesía educativa de Du Coudray comenzó al ser reconocida por la Academia de Cirugía en 1758 por su inventiva maniquí, lo que luego le valió el apoyo del administrador de Auvernia quien decidió que las principales ciudades de su provincia deberían disponer de un maniquí. Posteriormente, en 1759, el rey Luis XV le otorgó un diploma y una pensión, solicitándole que enseñara partería a las campesinas para tratar de mitigar la mortalidad infantil. Desde ese momento, Du Coudray viajó por todo el reino impartiendo cursos. A pesar de los problemas de salud que enfrentaba, como la gota y la obesidad, dedicó casi un cuarto de siglo (hasta 1783) a la educación en partería, durante la cual formó a más de cinco mil mujeres que, a su vez, educaron a miles más. También impartió formación a quinientos cirujanos y médicos varones. A través de sus esfuerzos, logró establecer casas de maternidad en muchas ciudades grandes, lo que contribuyó a la mejora de la atención obstétrica en la Francia rural.
Su notable trayectoria y contribuciones fueron un reflejo de su excelencia y dedicación en un campo dominado principalmente por hombres, destacándose como una de las primeras matronas en enseñar el “arte del parto” en público, y promoviendo la formación formal de matronas para reemplazar a aquellas formadas sólo con la práctica. Su método de enseñanza, caracterizado por ser “simple, claro y exacto”, junto con su paciencia y celo, le valió estima y consideración tanto nacional como internacionalmente, convirtiéndola en un símbolo de avance médico francés.
Du Coudray también tuvo un impacto en la literatura médica de la época. En 1759, publicó un libro titulado “Abrégé de l’Art des accouchements” (Resumen del Arte de los Partos), contribuyendo así al cuerpo de conocimiento en partería.
La influencia de Du Coudray en la educación de partería y la obstetricia en general, resalta la importancia de la innovación y la educación en la mejora de los cuidados materno-infantiles, y deja un legado duradero que resuena hasta el día de hoy, especialmente en la utilización de simulaciones para la enseñanza en obstetricia, un concepto que ha sido ampliamente adoptado y expandido en los siglos posteriores.
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