En el lienzo del tiempo renacentista, donde las pinceladas danzan al ritmo de la espiritualidad y la maestría artística, emerge una obra que lleva consigo los susurros de un noble napolitano y la destreza incomparable de uno de los grandes maestros del Renacimiento italiano. “La Virgen del pez” de Rafael Sanzio, una joya que teje los hilos divinos en la capilla de Santa Rosalía, despliega ante nuestros ojos una escena sagrada donde la Virgen María abraza al Niño Jesús, mientras San Jerónimo, ataviado en su hábito cardenalicio, se sumerge en la Vulgata. A la izquierda, el Arcángel Rafael guía a Tobías, un joven con un pez en la mano, cargado de simbolismo. Adentrémonos en este tapiz de colores y formas, donde el genio de Rafael se entrelaza con la espiritualidad y la perfección estética del Renacimiento.

“Rafael Sanzio y la Trinidad artística: Virgen, San Jerónimo y Tobías”
Esta obra de arte muestra una escena religiosa en la que la Virgen María, sentada en un trono, abraza al Niño Jesús en su regazo. A su lado derecho, está San Jerónimo, vestido con el hábito de cardenal, que lee un libro que contiene la Vulgata, la traducción al latín de la Biblia que él mismo realizó. Junto a él, hay un león, que según la leyenda, le acompañó durante su vida de ermitaño y le ayudó a extraer una espina de su pata. A su lado izquierdo, está el Arcángel Rafael, que guía a Tobías, un joven que lleva un pez en la mano. El pez tiene un significado simbólico, ya que con su hígado y su corazón, Tobías pudo curar la ceguera de su padre y librarse del demonio que atormentaba a su esposa Sara.
La obra se llama La Virgen del pez por el detalle del pez que sostiene Tobías. Fue encargada por Geronimo del Doce, un noble napolitano, para decorar la capilla dedicada a Santa Rosalía en el Monasterio de San Domenico en Nápoles. El autor es Rafael Sanzio, uno de los más grandes pintores y arquitectos del Renacimiento italiano, que junto con Leonardo da Vinci y Miguel Ángel forman el trío de los maestros del período. Rafael pintó esta obra entre 1513 y 1514, cuando ya era famoso por sus frescos en las Estancias Vaticanas, donde plasmó su visión del arte clásico y cristiano.
La obra destaca por el uso del color y la maestría de la composición, que crea un equilibrio armónico entre las figuras y el espacio. La disposición de los personajes forma una estructura geométrica basada en triángulos, rectángulos y diagonales, que le dan estabilidad y dinamismo a la escena. El paisaje del fondo tiene una perspectiva lineal que crea una sensación de profundidad y realismo. La luz ilumina las figuras con delicadeza y resalta sus expresiones serenas y nobles.
La obra es una de las más importantes de Rafael y ha sido admirada e imitada por muchos artistas posteriores. Se conservan algunos dibujos preparatorios para esta obra en la Galería de los Uffizi en Florencia y en la Galería Nacional de Escocia en Edimburgo. La pintura original fue comprada por el virrey de Nápoles para el rey Felipe IV de España, y después de estar brevemente en la capilla del Alcázar de Madrid, fue trasladada en 1645 al Monasterio de El Escorial, donde permaneció hasta que pasó a formar parte de las colecciones del Museo del Prado, donde se puede admirar actualmente.
El CANDELABRO. ILUMINANDO MENTES
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
