En un rincón olvidado del cosmos, donde las estrellas danzan y las nubes se convierten en los cimientos del mundo, existe una vía férrea que desafía todo lo conocido. No es una vía común, hecha de acero y piedras, sino una hecha de esperanzas, sueños y las silenciosas melodías del universo.
Este no es un tren que uno puede abordar en una estación terrenal. Es la manifestación de los anhelos del alma, que transporta a sus pasajeros a través de paisajes etéreos, mostrándoles no solo la majestuosidad del cielo, sino también los recovecos más profundos de sus propios corazones.



“Entre Nubes y Misterios: El Tren que Cruza el Cielo”
En lo más alto de los cielos, donde las nubes se forman como montañas blancas y mullidas, una vía férrea se extendía en el horizonte. Nadie en la tierra sabía de su existencia, pues era un secreto reservado para aquellos que habitaban las alturas.
Un tren, con su brillante locomotora azul y plata, viajaba por este mágico riel. Era un tren diferente a cualquier otro, pues no necesitaba carbón ni electricidad para moverse, se impulsaba con los sueños y esperanzas de aquellos que creían en lo imposible.
Alrededor del tren, las nubes se arremolinaban creando figuras fantásticas. Dragones, caballos voladores y castillos flotantes se formaban y desvanecían en cuestión de segundos, como si el cielo estuviera contando sus propias historias.
El conductor del tren, un anciano de barba blanca y ojos brillantes, observaba con una sonrisa cómo el paisaje cambiaba constantemente. Sabía que este no era un viaje común, sino uno que llevaba a los pasajeros hacia sus más profundos deseos y aspiraciones.
Dentro de los vagones, las personas miraban por las ventanas con asombro. Algunos lloraban de alegría al ver representaciones de sus más preciados recuerdos, mientras que otros se abrazaban, encontrando consuelo en saber que no estaban solos en sus sueños.
El tren no tenía un destino fijo. Viajaba a donde el corazón de los pasajeros deseara. Para algunos, eso significaba revivir momentos pasados, mientras que para otros, era una visión del futuro o de mundos aún no descubiertos.
A medida que el tren avanzaba, una melodía suave y armoniosa se podía escuchar. Era la canción del universo, una melodía que solo aquellos que realmente escuchan pueden oír.
En uno de los vagones, un joven poeta escribía versos inspirado por el paisaje. Hablaba de amor, de esperanza y de la magia que reside en creer en lo desconocido.
Mientras tanto, en otro vagón, un grupo de niños jugaba, riendo y corriendo, sin preocupaciones, rodeados por el esplendor del cielo y las maravillas que ofrecía.
Pero, como todo viaje, este también tenía que llegar a su fin. A medida que el tren se acercaba al final de la vía, las nubes comenzaron a despejarse, revelando un brillante sol dorado.
El tren finalmente se detuvo en una estación hecha de cristales iridiscentes. Los pasajeros bajaron, llevando consigo las experiencias y recuerdos del viaje, sabiendo que podían regresar siempre que cerraran los ojos y se atrevieran a soñar.
El anciano conductor, con una sonrisa en su rostro, se preparó para recibir a nuevos viajeros, sabiendo que cada viaje en el tren celestial sería una aventura única e inolvidable.
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