En las sombras de la historia cinematográfica, donde la ficción supera a menudo a la realidad, yace un relato escalofriante que desafía esta norma. Este es el caso de Ronald Hunkeler, un nombre que quizás no resuene de inmediato, pero cuya experiencia juvenil sirvió como semilla para una de las películas más icónicas y perturbadoras del cine de terror: “El Exorcista”. Lejos de los reflectores de Hollywood y los efectos especiales, la historia de Ronald es un viaje aterrador a través de sucesos paranormales y batallas espirituales, un episodio en la vida real que desdibuja la línea entre lo natural y lo sobrenatural, desafiando nuestra comprensión de lo posible y sumergiéndonos en un mundo donde el miedo y la fe se entrelazan en una danza inquietante.



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El Exorcista es una de las películas más icónicas y terroríficas del cine de horror. Estrenada en 1973, esta obra maestra dirigida por William Friedkin y basada en la novela homónima de William Peter Blatty, causó un gran impacto en la sociedad de la época y sigue siendo una referencia del género hasta el día de hoy. Lo que muchos no saben es que esta película está inspirada en un caso real de posesión demoníaca que ocurrió en Estados Unidos en los años 40. Esta es la escalofriante historia de Ronald Hunkeler, el verdadero niño exorcizado.


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Ronald Hunkeler nació el 1 de junio de 1935 en el seno de una familia luterana de ascendencia alemana. Su verdadero nombre nunca se reveló públicamente, pero se sabe que era hijo único y que vivía con sus padres y su abuela en St. Louis, Misuri. Ronald era un niño solitario y tímido que no tenía muchos amigos de su edad y que prefería pasar el tiempo con adultos. Su tía Harriet, una mujer espiritista y aficionada al ocultismo, era su mejor amiga y confidente. Ella le enseñó a usar el tablero de la Ouija y le regaló varios libros sobre temas esotéricos.

Cuando Ronald tenía 13 años, Harriet murió a causa de una esclerosis múltiple que la había dejado postrada en una silla de ruedas. Esta pérdida afectó profundamente a Ronald, que se sumió en una profunda tristeza y se obsesionó con la idea de contactar con el espíritu de su tía. Para ello, empezó a practicar el juego de la Ouija con más frecuencia y a leer los libros que ella le había dejado. Lo que no sabía era que estaba abriendo una puerta a un mundo oscuro y peligroso.


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Un 19 de enero de 1949, poco después del fallecimiento de Harriet, los padres de Ronald se mudaron con él y su abuela a Cottage City, Maryland, buscando un cambio de aires. Sin embargo, lo que encontraron fue una pesadilla. Esa misma noche, empezaron a escuchar un extraño goteo de agua que provenía de algún lugar desconocido de la casa. Revisaron todos los grifos y las tuberías, pero no encontraron ninguna fuga ni explicación. El sonido era constante y molesto, y no les dejaba dormir.

Al día siguiente, la abuela de Ronald se despertó con un susto al ver que el suelo de madera debajo de su cama estaba arañado como si algo hubiera intentado salir de debajo. Los rasguños eran profundos y largos, y no parecían haber sido hechos por ningún animal. La familia no le dio mucha importancia y pensó que quizás algún roedor se había colado en la casa. Sin embargo, los arañazos se repitieron cada noche durante diez días, siempre entre las siete y las doce de la noche, como si siguieran un horario.

La situación se volvió más inquietante cuando otro ruido se manifestó en la habitación de Ronald. Era como el sonido de unos tambores que rodeaban la cama donde el niño dormía con su madre y su abuela, asustados por lo que estaba pasando. El ruido era tan fuerte que parecía que alguien estuviera golpeando las paredes con fuerza. La madre de Ronald, pensando que tal vez se trataba del espíritu de Harriet, le habló en voz alta y le pidió que se identificara. Le dijo: “¿Eres tú, Harriet? Si eres tú, da tres golpes secos”. Los tambores se detuvieron y de repente se escucharon tres golpes secos que resonaron por toda la habitación. Ella volvió a preguntar: “Si eres tú, golpea cuatro veces”. Y así fue, cuatro golpes más se oyeron con claridad. Tras esto, la madre sintió que algo le arañaba el colchón por debajo y vio cómo la cama se sacudía y la colcha se levantaba como si hubiera una fuerza invisible debajo. Poco después, los arañazos se trasladaron al cuerpo de Ronald, que empezó a gritar de dolor. Al mirarlo, vieron que tenía marcas rojas y sangrantes por todo el pecho, la espalda y los brazos. Lo más sorprendente fue que algunos de esos arañazos formaban letras y palabras.

La palabra “St. Louis” apareció claramente escrita en las costillas de Ronald, seguida de “sábado”. La madre interpretó que la entidad que los atormentaba quería que llevaran a Ronald el sábado a St. Louis, donde vivían sus tíos. Ella le preguntó si podían quedarse en Cottage City, ya que Ronald tenía que ir al colegio y no podía faltar. La respuesta fue un rotundo “NO” que se grabó en el pecho del niño.

Los fenómenos paranormales no se limitaron a la casa. Cuando Ronald fue al colegio, su pupitre empezó a moverse violentamente y a salir disparado por el pasillo, chocando contra las paredes. Esto ocurrió ante la mirada atónita de sus compañeros y profesores, que no podían creer lo que veían. Ronald se sintió humillado y avergonzado, y se negó a volver al colegio.


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La familia de Ronald, desesperada por encontrar una solución, acudió a su pastor luterano de confianza, el reverendo Luther Miles Schulze. Este les ofreció alojar a Ronald en su casa para observarlo y tratar de ayudarlo. En cuanto el niño llegó, los fenómenos extraños se reanudaron con más intensidad. El reverendo Schulze se dio cuenta de que estaba ante un caso de posesión demoníaca y que él no tenía los medios ni la autoridad para realizar un exorcismo. Por eso, decidió contactar con la Iglesia Católica y pedir su asistencia.

El primer sacerdote católico que intervino fue el padre Edward Hughes, que examinó a Ronald y determinó que efectivamente estaba poseído por una entidad maligna. El padre Hughes solicitó el permiso del arzobispo de Washington para realizar un exorcismo y lo trasladó al Hospital de la Universidad de Georgetown, donde había una capilla adecuada para el ritual.


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El padre Hughes realizó el primer exorcismo a Ronald el 18 de febrero de 1949 en el Hospital de Georgetown. El ritual duró unas tres horas y fue muy violento. Ronald se resistía con fuerza, gritaba, blasfemaba, escupía y arañaba al sacerdote. En un momento dado, logró liberarse de las ataduras que lo sujetaban a la cama y le arrebató al padre Hughes una de las piezas metálicas que formaban parte de la almohada. Con ella, le hizo un profundo corte en el brazo al sacerdote, que tuvo que ser atendido de urgencia. El exorcismo tuvo que ser interrumpido y el padre Hughes quedó traumatizado por la experiencia. Nunca más volvió a intentar exorcizar a Ronald.

Tras este fracaso, la familia de Ronald decidió seguir el consejo de la entidad que los atormentaba y viajaron a St. Louis, donde vivían unos parientes. Allí, contactaron con el padre Raymond J. Bishop, un profesor de la Universidad de St. Louis que había oído hablar del caso de Ronald. El padre Bishop se interesó por el asunto y visitó al niño en la casa de sus tíos. Lo que vio lo convenció de que se trataba de una auténtica posesión demoníaca. Ronald tenía el cuerpo cubierto de marcas y heridas, algunas de las cuales formaban palabras como “diablo” o “mal”. Además, el niño hablaba en latín, una lengua que no conocía, y mostraba una aversión extrema a los objetos sagrados, como crucifijos, rosarios o agua bendita.

El padre Bishop solicitó el permiso del arzobispo de St. Louis para realizar un nuevo exorcismo y se puso en contacto con el padre William S. Bowdern, un experimentado sacerdote que aceptó hacerse cargo del caso. El padre Bowdern se reunió con Ronald y su familia y les explicó los riesgos y las condiciones del exorcismo. Les dijo que el ritual podía ser largo y peligroso, y que requería de mucha fe y oración. Les pidió que guardaran el secreto sobre lo que iba a ocurrir y que no hablaran con nadie sobre el tema. También les advirtió que la entidad que poseía a Ronald podía intentar engañarlos, manipularlos o amenazarlos, y que no debían hacerle caso ni tenerle miedo.

El padre Bowdern se preparó para el exorcismo con ayuno, penitencia y oración. Seleccionó a dos ayudantes: el padre Walter Halloran, un joven seminarista, y el padre William Van Roo, un profesor de teología. Los tres sacerdotes se vistieron con sus hábitos y llevaron consigo los objetos necesarios para el ritual: una Biblia, un crucifijo, un rosario, un estandarte de San Miguel Arcángel, velas, incienso y agua bendita. También llevaron una copia del Ritual Romano, el libro que contiene las instrucciones y las oraciones para el exorcismo.

El exorcismo comenzó el 16 de marzo de 1949 en la habitación donde Ronald dormía en la casa de sus tíos. El niño estaba atado a la cama y tenía una manta sobre él. Los padres y la abuela de Ronald estaban presentes, así como un primo y una prima. El padre Bowdern empezó a leer el Ritual Romano, invocando el nombre de Dios y ordenando al demonio que saliera del cuerpo de Ronald. Enseguida, el niño reaccionó con violencia, tratando de soltarse y lanzando insultos y obscenidades a los sacerdotes. Su voz se volvió grave y gutural, y hablaba en varios idiomas, como latín, griego, hebreo y alemán. Su rostro se contorsionaba y sus ojos se ponían rojos e inyectados de sangre. Su cuerpo se arqueaba y se retorcía, y se le formaban bultos y protuberancias bajo la piel. El padre Bowdern continuó con el exorcismo, rociando a Ronald con agua bendita y colocándole el crucifijo sobre el pecho. El niño gritaba de dolor y escupía al sacerdote, mientras le decía que lo iba a matar. El padre Bowdern no se dejó intimidar y siguió rezando con firmeza, pidiendo la ayuda de los ángeles y los santos.

El exorcismo se prolongó durante varias horas, sin que el demonio diera señales de rendirse. Los sacerdotes y la familia de Ronald estaban exhaustos y asustados, pero no perdían la esperanza. El padre Bowdern decidió hacer una pausa y reanudar el exorcismo al día siguiente. Así lo hizo, y así continuó durante varias semanas, sin que el demonio cediera ni un ápice. Cada noche, el padre Bowdern y sus ayudantes se enfrentaban al horror de ver a Ronald poseído por una fuerza maligna que lo hacía sufrir y los desafiaba. Cada noche, el padre Bowdern registraba en un diario todo lo que ocurría, con la intención de documentar el caso y enviarlo al Vaticano. Cada noche, el padre Bowdern se preguntaba si algún día lograría liberar a Ronald del demonio.

Después del exorcismo, Ronald Hunkeler se recuperó de su posesión y llevó una vida normal. Se graduó en ingeniería y trabajó para la NASA durante casi 40 años. Patentó una tecnología especial para hacer que los paneles del transbordador espacial fueran resistentes al calor extremo, ayudando a las misiones Apolo que llevaron a los astronautas estadounidenses a la luna en 1969. Sin embargo, nunca olvidó lo que vivió en su infancia y vivió con el temor de que la gente descubriera su secreto. Su identidad se reveló públicamente un año después de su muerte, en 2021. Su caso inspiró la novela y la película de El Exorcista, una de las obras más icónicas del cine de terror.


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