Entre las vastas corrientes de la historia de China, los manchúes emergen como una fuerza singular que, desde las estepas del noreste, logró no solo conquistar un imperio, sino redefinir sus estructuras políticas, sociales y culturales. Su ascenso durante la dinastía Qing transformó el mapa de Asia y dejó un legado que aún resuena en la identidad china contemporánea. ¿Cómo una minoría pudo moldear el destino de una civilización milenaria? ¿Y cómo esa misma historia moldeó a los manchúes?
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Imagen creada por inteligencia artificial por Chat-GPT para El Candelabro.
Los Manchú: la etnia indígena que gobernó China durante casi tres siglos
Los Manchú son un pueblo originario del noreste de China, una zona que históricamente se ha llamado Manchuria. Su influencia en la historia de China es enorme, ya que fundaron la dinastía Qing, la última que reinó sobre el gigante asiático. Sin embargo, su cultura y su identidad han sufrido un proceso de asimilación y marginalización que los ha convertido en una minoría étnica dentro de la China moderna. ¿Cómo llegaron los Manchú a dominar China? ¿Qué legado dejaron en la política, la economía, la sociedad y la cultura de este país? ¿Qué desafíos enfrentan hoy en día para preservar su herencia? Estas son algunas de las preguntas que intentaremos responder en este artículo.
Los orígenes de los Manchú se remontan a los antiguos pueblos Jurchen, que habitaban las vastas y frondosas regiones del noreste de China, entre los ríos Amur y Liao. Los Jurchen eran nómadas, cazadores y guerreros, que se organizaban en clanes y tribus. A lo largo de la historia, tuvieron diversos contactos y conflictos con las dinastías chinas, especialmente con la Song y la Jin, a las que llegaron a someter y conquistar en algunos períodos.
Fue en el siglo XVII cuando los Jurchen experimentaron una profunda transformación, gracias al liderazgo de Nurhaci, un jefe tribal ambicioso y visionario. Nurhaci logró unificar a los distintos clanes Jurchen bajo su mando, y creó un estado independiente llamado Jin Posterior, en oposición al Jin Anterior que había existido siglos atrás. Nurhaci también reformó el ejército Jurchen, creando una fuerza militar formidable conocida como los Ocho Estandartes, que se basaba en la división de los soldados en unidades de diferentes colores y símbolos. Cada estandarte tenía su propia jerarquía, administración y territorio, y se componía de soldados profesionales y sus familias. Los Ocho Estandartes serían el pilar del poderío militar de los Manchú, y también una forma de integrar a otros pueblos, como los mongoles y los chinos, que se unieron a sus filas.
Otra de las innovaciones de Nurhaci fue la creación de un sistema de escritura para el idioma Jurchen, que se basaba en el alfabeto mongol, pero adaptado a la fonética y la gramática de su lengua. Este sistema de escritura permitió a los Jurchen registrar su historia, su legislación, su literatura y su religión, y también facilitó la comunicación con otros pueblos. El idioma Jurchen, que más tarde se llamaría Manchú, era una lengua túrquica, emparentada con el mongol y el turco, y muy diferente del chino, que era una lengua sino-tibetana.
Nurhaci murió en 1626, tras haber expandido y consolidado su dominio sobre Manchuria, y haber desafiado a la dinastía Ming, que gobernaba China desde el siglo XIV. Le sucedió su hijo Hong Taiji, que continuó la obra de su padre, y le dio un nuevo nombre a su pueblo y a su estado: Manchú y Gran Qing, respectivamente. El nombre de Manchú se eligió para distinguir a los Jurchen de sus antepasados, y el nombre de Qing se inspiró en el río Azul, que era considerado sagrado por los Manchú. Con estos cambios, Hong Taiji pretendía establecer una nueva identidad para su pueblo, y también proclamar su legitimidad para gobernar China.
La oportunidad para los Manchú llegó en 1644, cuando la dinastía Ming se derrumbó tras una serie de rebeliones internas, hambrunas, epidemias y corrupción. Los rebeldes liderados por Li Zicheng tomaron Pekín, la capital Ming, y obligaron al último emperador a suicidarse. Los Manchú, que habían estado al acecho en la frontera norte, aprovecharon la situación y entraron en China con la ayuda de un general Ming traidor, Wu Sangui, que les abrió las puertas de la Gran Muralla. Los Manchú derrotaron a los rebeldes y tomaron Pekín, estableciendo allí su nueva capital. Así comenzó el reinado de la dinastía Qing sobre China, que duraría hasta 1911.
Los Manchú, que eran una minoría étnica en comparación con los chinos Han, tuvieron que enfrentar varios desafíos para mantener su poder y su autoridad sobre un imperio tan vasto y diverso. Por un lado, tuvieron que adaptarse a la cultura y la administración chinas, adoptando el confucianismo como ideología oficial, el chino como lengua de gobierno, y el sistema de exámenes imperiales como forma de reclutar a los funcionarios. Por otro lado, tuvieron que preservar su identidad y sus tradiciones manchúes, imponiendo a los chinos el uso del peinado de coleta, que era un símbolo de sumisión a los Qing, y prohibiendo los matrimonios mixtos entre Manchú y Han. Los Manchú también se reservaron ciertos privilegios, como el acceso a los puestos más altos del gobierno, el control de los Ocho Estandartes, y la posesión exclusiva de las tierras de Manchuria, que se cerraron al resto de los chinos.
Bajo el gobierno de los Qing, China alcanzó su máxima extensión territorial, incorporando regiones como el Tíbet, el Xinjiang, el Mongolia Exterior y Taiwán. Los Qing también llevaron a cabo una serie de reformas económicas, sociales y culturales, que impulsaron el comercio, la agricultura, la industria, la educación y las artes. Algunos de los emperadores Qing más destacados fueron Kangxi, Qianlong y Jiaqing, que gobernaron durante el siglo XVIII, considerado la época de oro de la dinastía. Sin embargo, no todo fue paz y prosperidad para los Qing. También tuvieron que enfrentar varias amenazas internas y externas, que debilitaron su poder y su prestigio.
En el siglo XIX, China entró en una profunda crisis, provocada por el choque con las potencias occidentales y japonesas, que buscaban ampliar su influencia y su comercio en Asia. Los Qing no pudieron resistir la presión de estos países, que les impusieron tratados desiguales, que les obligaban a abrir puertos, ceder territorios y pagar indemnizaciones. Las guerras del Opio, la guerra sino-francesa, la guerra sino-japonesa y la guerra de los bóxers fueron algunos de los conflictos que evidenciaron la debilidad y el atraso de China frente al mundo moderno. Los Qing también tuvieron que lidiar con el descontento y la rebelión de su propia población, que sufría las consecuencias de la pobreza, la corrupción, la opresión y la humillación. La rebelión de Taiping, la rebelión de los Nian, la rebelión de los musulmanes y la revolución de los cien días fueron algunos de los movimientos que intentaron derrocar a los Qing, o al menos reformar su sistema.
Finalmente, la dinastía Qing llegó a su fin en 1911, tras la revolución de Xinhai, que fue liderada por Sun Yat-sen y otros revolucionarios republicanos, que proclamaron el fin del gobierno imperial y el inicio de la República de China. El último emperador Qing, Puyi, que tenía solo seis años, fue obligado a abdicar, y se le permitió vivir en la Ciudad Prohibida hasta 1924, cuando fue expulsado por un caudillo militar. Puyi intentó recuperar el trono en dos ocasiones, una con el apoyo de un señor de la guerra, y otra con el apoyo de los japoneses, que lo instalaron como el títere de su estado títere de Manchuria.
El destino de los Manchú en la China moderna
Con el fin de la dinastía Qing y el inicio de la República de China, los Manchú perdieron su posición privilegiada y su poder político. Muchos de ellos sufrieron la persecución, el saqueo y el asesinato por parte de los chinos Han, que los consideraban responsables de los males de China. Los Manchú tuvieron que esconder o abandonar su identidad, su lengua y sus costumbres, para evitar ser discriminados o atacados. Algunos se refugiaron en sus comunidades de origen, otros se dispersaron por el territorio chino, y otros se exiliaron en el extranjero.
Durante la invasión japonesa de China, entre 1931 y 1945, los Manchú sufrieron otro golpe. Los japoneses crearon el estado títere de Manchukuo, que abarcaba la región de Manchuria, y lo pusieron bajo el control de Puyi, el último emperador Qing. Los japoneses pretendían usar a los Manchú como un instrumento para legitimar su ocupación y explotación de China, y también para fomentar el nacionalismo y el separatismo manchú. Sin embargo, la mayoría de los Manchú no apoyaron al régimen de Manchukuo, que era visto como una marioneta de los invasores. Algunos Manchú se unieron a la resistencia china contra los japoneses, mientras que otros sufrieron las atrocidades y las violaciones de los ocupantes.
Tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, China se sumió en una guerra civil entre los nacionalistas del Kuomintang y los comunistas del Partido Comunista. Los Manchú se vieron divididos entre los dos bandos, sin tener una voz propia ni un interés común. Finalmente, los comunistas ganaron la guerra y establecieron la República Popular China en 1949. Los Manchú, al igual que otras minorías étnicas, fueron reconocidos como una de las 56 nacionalidades que componen la nación china, y se les otorgó cierta autonomía y derechos culturales. Sin embargo, los Manchú también tuvieron que someterse a las políticas y los cambios del gobierno comunista, que afectaron profundamente a su identidad y su herencia.
Durante la Revolución Cultural, entre 1966 y 1976, los Manchú fueron víctimas de la persecución y la destrucción de su cultura, su religión y su historia, que fueron consideradas como elementos feudales y reaccionarios. Los Manchú fueron obligados a renunciar a su lengua, su vestimenta, sus rituales y sus símbolos, y a asimilar la cultura Han. Muchos de los documentos, las obras de arte, los templos y los monumentos manchúes fueron quemados, saqueados o demolidos. Los Manchú que se atrevieron a defender su patrimonio fueron encarcelados, torturados o ejecutados.
A partir de la década de 1980, con la apertura y la reforma de China, los Manchú experimentaron una cierta recuperación y revitalización de su cultura y su identidad. El gobierno chino adoptó una actitud más tolerante y favorable hacia las minorías étnicas, y promovió el desarrollo económico y social de las regiones donde vivían. Los Manchú pudieron acceder a la educación, la salud, el empleo y la participación política, y también a la preservación y la promoción de su lengua, su literatura, su arte y su folclore. Algunos Manchú se organizaron en asociaciones y movimientos culturales, que buscaban rescatar y difundir su herencia. Otros Manchú se conectaron con sus parientes y amigos en el extranjero, especialmente en Rusia, donde hay una gran comunidad de Manchú que emigró durante el siglo XX.
Sin embargo, los Manchú también enfrentan varios desafíos y problemas en la China actual. Por un lado, los Manchú son una minoría muy asimilada y sin una conciencia étnica fuerte. La mayoría de los Manchú no hablan su lengua materna, sino el chino mandarín, y tampoco practican sus costumbres o su religión tradicionales. Muchos de los Manchú se han mezclado con los chinos Han u otras etnias, y han perdido su sentido de pertenencia y su orgullo manchú. Por otro lado, los Manchú son una minoría muy vulnerable y sin una representación política efectiva. Los Manchú sufren la discriminación, la marginación y la explotación por parte de los chinos Han, que los ven como inferiores o como enemigos. Los Manchú también sufren la degradación y la pérdida de su territorio, su medio ambiente y sus recursos naturales, que son amenazados por la urbanización, la industrialización y la contaminación.
Los Manchú son un pueblo con una historia rica y compleja, que ha dejado una huella indeleble en la historia de China. Los Manchú fueron los fundadores y los gobernantes de la última dinastía imperial china, la Qing, que llevó a China a su apogeo y a su decadencia. Los Manchú también fueron los protagonistas y las víctimas de los cambios y los conflictos que marcaron la transición de China hacia la modernidad y el nacionalismo. Los Manchú son hoy en día una minoría étnica que lucha por preservar y reivindicar su cultura y su identidad, frente a las presiones y los desafíos de la China contemporánea. Los Manchú son, en definitiva, una parte esencial y fascinante de la diversidad y la complejidad de la nación china.
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