En las aguas turbias de la historia, donde se entrelazan leyendas y verdades, emerge la figura imponente de Álvaro de Bazán y Guzmán, un almirante cuyo nombre resuena con el eco de cañones y velas al viento. Nacido en el seno de la nobleza en Granada, Álvaro de Bazán no solo navegó a través de los mares tumultuosos de la política y la guerra sino que también surcó literalmente los vastos océanos, dejando una estela de victorias y legados navales. Su vida, un tapeiz tejido con hilos de audacia, estrategia y lealtad, lo llevó a convertirse en uno de los almirantes más distinguidos al servicio de Felipe II, marcando con su ingenio y valor la historia naval de la Monarquía Hispánica y del mundo. En esta travesía por su vida, descubriremos cómo este capitán, nacido lejos del mar, llegó a dominar las olas y a forjar un legado que aún hoy navega en las páginas de la historia.
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Álvaro de Bazán y Guzmán: el invicto almirante de Felipe II
Álvaro de Bazán y Guzmán nació el 12 de diciembre de 1526 en Granada, en el seno de una noble familia de origen navarro que había servido fielmente a los reyes de Navarra y de Castilla. Su padre, Álvaro de Bazán el Viejo, fue un destacado militar y marino que participó en la Guerra de Granada y en diversas expediciones por el Mediterráneo y el Atlántico. Su hijo heredó su vocación marinera y su lealtad a la Corona, y se convirtió en uno de los más brillantes almirantes de la Armada española, al servicio de Felipe II.
Su carrera naval estuvo marcada por el enfrentamiento con los enemigos de la Monarquía Hispánica, especialmente los turcos, los franceses y los ingleses, a los que derrotó en numerosas ocasiones, demostrando su pericia táctica, su valor y su ingenio. Fue el creador de los galeones de guerra, los primeros buques de línea que dominaron los mares durante siglos. También fue el pionero en el uso de la infantería de marina, los famosos tercios del mar, que realizaban operaciones anfibias con gran eficacia. Entre sus victorias más célebres se encuentran la batalla de Lepanto, la conquista de las Azores y la toma de Lisboa. Murió en 1588, cuando se preparaba para dirigir la invasión de Inglaterra con la llamada Armada Invencible.
Su figura fue admirada y elogiada por sus contemporáneos, que le dedicaron numerosos versos y epítetos. Fue nombrado marqués de Santa Cruz, grande de España, capitán general del Mar Océano y de la gente de guerra del Reino de Portugal, y miembro del Consejo de su Majestad. Su escudo familiar, un tablero de ajedrez, simboliza su habilidad estratégica y su origen navarro. Su legado histórico y naval es indiscutible, y le sitúa entre los más grandes marinos que haya dado España.
Desarrollo
Infancia y juventud
Álvaro de Bazán y Guzmán nació en Granada el 12 de diciembre de 1526, en las “casas grandes” que su abuelo Álvaro, el conquistador de Fiñana, había construido sobre el río Darro, junto al convento de Sancti Spiritus. Su padre, Álvaro de Bazán el Viejo, era el capitán general de las Galeras de España y de la Costa de Granada, y su madre, Ana de Guzmán, era hija del conde de Teba y marqués de Ardales. Su familia pertenecía al antiguo linaje de los señores del valle del Baztán, en Navarra, que descendían de Íñigo López, hermano de Lope Iñiguez, V señor de Vizcaya.
Desde muy pequeño, Álvaro de Bazán y Guzmán recibió el favor de la Corona, que le concedió el hábito de Santiago a los dos años de edad, y el alcaidazgo perpetuo del castillo de Gibraltar a los nueve años, en atención a los servicios de su padre. Su educación estuvo a cargo de su ayo Pedro González de Simancas, que le instruyó en el uso de las armas y le proporcionó una cultura muy esmerada, que le permitiría apreciar a artistas, poetas y humanistas, de los que más tarde se convertiría en mecenas.
Aunque nació lejos del mar, Álvaro de Bazán y Guzmán pronto se familiarizó con el mundo marítimo mediterráneo, acompañando a su padre en sus viajes y misiones. Su padre era un mando naval ocasional de Carlos V, que participó en la jornada de Túnez, pero también un constructor e innovador de nuevos tipos de buques, un corsario, un mercader con Indias y un acaudalado armador de flotas que ofrecía luego en asiento a la Corona.
En 1537, su padre fue cesado en el mando de las Galeras de España por desobedecer una orden imperial de dirigirse a Génova, y se trasladó al Cantábrico con el joven Álvaro, que así tuvo ocasión de conocer el mundo atlántico. Allí, su padre construyó una flota de galeones, los primeros buques de línea que combinaban la vela y el remo, y que serían el modelo de los futuros navíos de guerra españoles.
Primeras acciones navales
Álvaro de Bazán y Guzmán inició su carrera naval a los dieciocho años, cuando acompañó a su padre en una expedición para proteger la flota de Indias de los corsarios que actuaban en el golfo de Cádiz. En 1544, participó en su primera acción de combate, en la que capturó una nave francesa. Desde entonces, se dedicó a combatir a los enemigos de la Monarquía Hispánica, especialmente los turcos y los berberiscos, que amenazaban las posesiones españolas en el norte de África y el Mediterráneo.
En 1563, intervino en el socorro de Orán y Mazalquivir, que estaban sitiados por el sultán de Argel, Hasan Pachá. Al mando de una escuadra de galeras, logró romper el bloqueo y desembarcar tropas y víveres en las plazas asediadas. En el combate, resultó herido en una mano, pero no abandonó el mando. Por esta acción, recibió el agradecimiento de Felipe II y el nombramiento de comendador mayor de León en la Orden de Santiago.
Al año siguiente, participó en la reconquista y fortificación del peñón de Vélez de la Gomera, que había sido tomado por los berberiscos. Con una hábil maniobra, desembarcó a sus hombres en la playa y sorprendió a los defensores, que huyeron. Luego, ordenó construir una muralla y una torre para asegurar la posición. Esta acción le valió el reconocimiento de Carlos V, que le concedió el señorío de la villa de Valdepeñas.
En 1565, formó parte de la expedición que socorrió a la isla de Malta, que estaba siendo atacada por una poderosa flota turca. Al mando de doce galeras, se unió a la escuadra de Juan de la Cerda, que había salido de Sicilia con refuerzos para los caballeros de la Orden de Malta, que resistían heroicamente el asedio. Tras una dura batalla naval, en la que Bazán se distinguió por su arrojo y pericia, lograron romper el bloqueo y desembarcar las tropas y los víveres en la isla. La llegada de los socorros fue decisiva para la victoria cristiana, que supuso un duro golpe para el poder otomano en el Mediterráneo.
Capitán general de las galeras de Nápoles
En 1568, Álvaro de Bazán y Guzmán fue nombrado capitán general de las galeras de Nápoles, cargo que le permitió ampliar su radio de acción y su prestigio. Desde su base en Nápoles, se dedicó a combatir a los piratas del norte de África, que asolaban las costas italianas y españolas, y a auxiliar al capitán general de la Mar, don Juan de Austria, el hermanastro de Felipe II, que había sido nombrado comandante supremo de las fuerzas cristianas contra los turcos.
En 1570, participó en la ofensiva contra Túnez, que había sido ocupada por los otomanos. Al mando de una escuadra de galeras, apoyó el desembarco de las tropas españolas y colaboró en la toma de la ciudad y la fortaleza de la Goleta, que fueron recuperadas para el rey de Túnez, aliado de España. En esta campaña, Bazán demostró su capacidad para coordinar las operaciones navales y terrestres, y para adaptarse a las circunstancias cambiantes del combate. Por su actuación, recibió el elogio de don Juan de Austria y de Felipe II, que le otorgó el título de marqués de Santa Cruz.
La batalla de Lepanto
La acción más famosa y gloriosa de Álvaro de Bazán y Guzmán fue la batalla de Lepanto, que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571, en el golfo de Corinto, frente a la ciudad griega de Lepanto. En esta batalla, se enfrentaron las fuerzas de la Liga Santa, formada por España, el Papado, Venecia y otros estados italianos, contra la flota otomana, que pretendía dominar el Mediterráneo oriental. La Liga Santa estaba comandada por don Juan de Austria, y la flota turca por Alí Bajá.
Álvaro de Bazán y Guzmán fue el capitán general de la escuadra de reserva, compuesta por treinta y cinco galeras, que se situó en el centro de la formación cristiana, detrás de la escuadra de don Juan de Austria. Su misión era apoyar a las otras escuadras, reforzar los puntos débiles y aprovechar las oportunidades que se presentaran.
La batalla comenzó al mediodía, cuando las dos flotas se aproximaron y se dispararon sus cañones. Luego, se entabló un feroz combate cuerpo a cuerpo, en el que los soldados y los marineros se enfrentaron con espadas, picas, arcabuces y mosquetes. La escuadra de reserva de Bazán intervino en varios momentos decisivos, como cuando socorrió a la escuadra de la derecha, que estaba siendo superada por los turcos, o cuando atacó por la retaguardia a la escuadra de Alí Bajá, que había roto el centro cristiano. Bazán también se distinguió por su valor personal, al abordar y capturar la galera capitana de Uluch Alí, el almirante de Argel, que había huido de la batalla.
La batalla de Lepanto fue una gran victoria para la Liga Santa, que infligió una severa derrota a la flota otomana, que perdió más de doscientas galeras y unos treinta mil hombres, entre muertos y prisioneros. Los cristianos, por su parte, tuvieron unas siete mil bajas y perdieron doce galeras. Además, liberaron a unos quince mil esclavos cristianos que remaban en las galeras turcas. La batalla de Lepanto fue un acontecimiento histórico de gran trascendencia, que frenó el avance otomano en el Mediterráneo y reafirmó el prestigio de la Monarquía Hispánica.
Álvaro de Bazán y Guzmán fue uno de los héroes de Lepanto, y recibió numerosas muestras de reconocimiento y gratitud. El papa Pío V le envió una carta de felicitación y una medalla de oro con su efigie. Felipe II le concedió el hábito de la Orden de Calatrava y el cargo de capitán general del Mar Océano. Don Juan de Austria le regaló una espada y una cadena de oro, y le dedicó estas palabras: “No hay otro Bazán en el mundo”.
La conquista de las Azores
Tras la batalla de Lepanto, Álvaro de Bazán y Guzmán continuó al servicio de Felipe II, realizando diversas misiones diplomáticas y militares. En 1574, fue enviado a Inglaterra para negociar con la reina Isabel I el matrimonio de Felipe II con su hermana Ana de Austria. En 1578, participó en la expedición a Portugal, que se encontraba en crisis sucesoria tras la muerte del rey Sebastián en la batalla de Alcazarquivir. Felipe II reclamaba el trono portugués por ser nieto de Manuel I, y contaba con el apoyo de la nobleza y el clero portugueses. Bazán colaboró en la toma de Lisboa y en la coronación de Felipe II como rey de Portugal.
En 1580, Felipe II le encargó la conquista de las islas Azores, que se habían rebelado contra su autoridad y habían reconocido como rey a Antonio, prior de Crato, un pretendiente al trono portugués. Bazán se hizo cargo de la armada que debía someter a las islas, y que estaba compuesta por ciento cuarenta y seis buques, entre galeones, galeras, urcas y zabras, y por unos quince mil hombres, entre soldados, marineros y artilleros.
La conquista de las Azores fue una empresa difícil y arriesgada, debido a la lejanía de las islas, la hostilidad del clima, la resistencia de los rebeldes y la amenaza de las flotas francesas e inglesas, que apoyaban a Antonio. Bazán tuvo que hacer frente a todos estos obstáculos con su habilidad y su coraje, y logró imponerse en todas las batallas que libró. La más importante fue la batalla de la isla Terceira, que se disputó el 26 de julio de 1582, y que enfrentó a la armada de Bazán con una flota francesa que había acudido en auxilio de los rebeldes. Bazán derrotó a los franceses con una maniobra audaz y novedosa, que consistió en formar una línea de combate con sus galeones, aprovechando el viento y el fuego de sus cañones, y evitando el abordaje. Esta táctica, que anticipó la que se emplearía en el siglo XVII, le permitió infligir una severa derrota a los franceses, que perdieron treinta y cinco buques y unos cuatro mil hombres. Bazán, por su parte, solo tuvo trescientas bajas y dos buques dañados.
La victoria de la isla Terceira fue decisiva para la conquista de las Azores, que se completó en 1583, cuando Bazán desembarcó en la isla de San Miguel y sometió a los últimos rebeldes. Por esta hazaña, Felipe II le concedió el gobierno de las islas, el título de grande de España y el aumento de su renta. Bazán se convirtió así en el señor de las Azores, y recibió el homenaje y la obediencia de sus habitantes.
La Armada Invencible
La última misión de Álvaro de Bazán y Guzmán fue la más ambiciosa y la más trágica: la invasión de Inglaterra con la llamada Armada Invencible. Esta empresa fue ideada por Felipe II para destronar a Isabel I, que apoyaba a los rebeldes protestantes de los Países Bajos y a los piratas que atacaban las posesiones españolas en América. El plan consistía en enviar una gran flota de galeones, que debía escoltar a un ejército de tercios que se embarcaría en Flandes, al mando del duque de Parma, y que desembarcaría en Inglaterra para conquistarla.
Álvaro de Bazán y Guzmán fue designado como el comandante supremo de la Armada Invencible, y se encargó de organizar y preparar la expedición. Sin embargo, se encontró con numerosos problemas y dificultades, como la falta de recursos, la demora en los preparativos, la oposición de algunos consejeros de Felipe II, la presión de los ingleses, que intentaron sabotear la armada, y la enfermedad, que le aquejaba desde hacía tiempo. A pesar de todo, Bazán no se desanimó, y confiaba en su experiencia y en su pericia para llevar a cabo la misión.
Sin embargo, el destino le impidió cumplir su sueño. El 9 de febrero de 1588, Álvaro de Bazán y Guzmán murió en su casa de Lisboa, víctima de la peste, que había azotado la ciudad en los meses anteriores. Su muerte fue llorada por todo el pueblo portugués, que le tenía gran estima y respeto. Su cuerpo fue embalsamado y trasladado a España, donde recibió sepultura en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, junto a su padre.
Su fallecimiento supuso un duro golpe para los planes de Felipe II, que perdió a su mejor almirante y a su hombre de confianza. La Armada Invencible quedó al mando de Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, que no tenía experiencia naval y que se vio obligado a seguir las instrucciones que había dejado Bazán. Sin embargo, la expedición fracasó estrepitosamente, debido a la superioridad de la flota inglesa, a los errores tácticos, a las tormentas y a la falta de coordinación con el duque de Parma. La derrota de la Armada Invencible marcó el inicio del declive del poder naval español, y el ascenso del inglés.
Conclusión
Álvaro de Bazán y Guzmán fue uno de los más ilustres marinos de la historia de España, y uno de los más grandes estrategas navales de todos los tiempos. Su vida estuvo dedicada al servicio de Felipe II, a quien sirvió con lealtad, eficacia y genio. Su carrera naval estuvo plagada de victorias y hazañas, que le valieron el reconocimiento y la admiración de sus contemporáneos y de la posteridad. Fue el creador de los galeones de guerra, los primeros buques de línea que dominaron los mares durante siglos. También fue el pionero en el uso de la infantería de marina, los famosos tercios del mar, que realizaban operaciones anfibias con gran eficacia. Entre sus victorias más célebres se encuentran la batalla de Lepanto, la conquista de las Azores y la toma de Lisboa. Murió en 1588, cuando se preparaba para dirigir la invasión de Inglaterra con la llamada Armada Invencible, que fracasó sin él. Su legado histórico y naval es indiscutible, y le sitúa entre los más grandes marinos que haya dado España.
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