En el corazón del Peloponeso, entre olivos centenarios y ecos de héroes mitológicos, yace Argos, una ciudad que susurra relatos de un pasado glorioso. Este crisol de civilizaciones, con más de cuatro mil años de historia, ha sido el escenario de eventos que han modelado tanto el destino de Grecia como el del mundo entero. Desde su albor en la era micénica, pasando por la imponente sombra de los dorios, hasta su auge y declive en las turbulentas aguas de la historia griega, romana y cristiana, Argos se erige como un testigo silencioso de la grandeza y la tragedia humanas. Su rica tapeztría de cuentos, entrelazados con mitos, reyes, guerras y sabiduría antigua, nos invita a explorar los rincones más profundos de la historia y el legado de una de las ciudades más antiguas y enigmáticas del mundo.



Argos: una ciudad con más de cuatro mil años de historia


Argos es una ciudad griega situada en el Peloponeso, al sur de Grecia. Su nombre proviene del héroe mitológico Argo, nieto de Foroneo, el primer rey de la región. Según la tradición, Foroneo era hijo de Inaco, el dios-río que dio origen a la civilización argiva. Argos es considerada una de las ciudades más antiguas del mundo, ya que hay evidencias de que el área donde se ubica fue habitada desde el final del tercer milenio antes de Cristo. A lo largo de su historia, Argos ha sido testigo y protagonista de importantes acontecimientos culturales, políticos y militares que han marcado el devenir de Grecia y del mundo.


La época micénica y la llegada de los dorios


Entre los siglos XVI y XII a. C., Argos formó parte de la cultura micénica, una de las más brillantes de la Edad de Bronce. Los micénicos eran un pueblo de origen indoeuropeo que se estableció en el sur de Grecia y desarrolló una avanzada civilización, caracterizada por la construcción de grandes palacios fortificados, el comercio marítimo, la escritura lineal B y la elaboración de objetos de arte y artesanía. Argos dependía de las ciudades de Tirinto y Micenas, que eran los centros políticos y religiosos de la región. De esta época se conservan restos arqueológicos como las murallas ciclópeas, las tumbas de cúpula y los frescos que decoraban los palacios.

Sin embargo, la cultura micénica entró en crisis a partir del siglo XII a. C., debido a las invasiones de los pueblos del mar, las guerras internas y los desastres naturales. Argos fue una de las pocas ciudades que logró sobrevivir al colapso micénico, pero tuvo que enfrentarse a la llegada de los dorios, un pueblo guerrero que se asentó en el Peloponeso y trajo consigo cambios culturales y sociales. Los dorios impusieron su idioma, su religión y su organización política, basada en la división de la población en tres clases: los ciudadanos, los periecos y los ilotas. Los ciudadanos eran los descendientes de los dorios, que tenían derechos políticos y militares. Los periecos eran los habitantes libres de las zonas rurales, que se dedicaban a la agricultura y al comercio. Los ilotas eran los esclavos, que trabajaban la tierra para los ciudadanos.


El apogeo de Argos en el siglo VII a. C.


A pesar de la dominación doria, Argos logró mantener su identidad y su prestigio como una de las ciudades más antiguas y nobles de Grecia. En el siglo VII a. C., Argos alcanzó su mayor apogeo, gracias al tirano Fidón, que gobernó la ciudad entre el 669 y el 648 a. C. Fidón fue un líder ambicioso y reformador, que introdujo en Grecia un nuevo tipo de moneda, basada en el peso del hierro. Esta innovación facilitó el comercio y la economía de Argos, que se convirtió en la ciudad más rica y poderosa del Peloponeso. Fidón también expandió el territorio de Argos, sometiendo a las ciudades vecinas de Corinto, Sición, Epidauro y Egina. Además, organizó una alianza con las ciudades de Elis y Esparta, con el fin de controlar los Juegos Olímpicos, que eran el evento religioso y deportivo más importante de Grecia.

Fidón fue el impulsor de la cultura argiva, que se caracterizó por el desarrollo de las artes y las ciencias. Argos fue la cuna de la escuela de escultura del Peloponeso, que se distinguió por la representación de figuras humanas de gran realismo y belleza. Entre los escultores más destacados de Argos se encuentran Agéladas, el maestro de Fidias, Mirón y Policleto; y su discípulo Policleto, el autor del canon de proporciones, que estableció las medidas ideales del cuerpo humano. Argos también fue el lugar de nacimiento de importantes poetas líricos, como Telesila, que compuso himnos en honor a la diosa Atenea; y Praxila, que escribió odas dedicadas a los animales y las plantas. Asimismo, Argos fue el centro de la astronomía y la matemática, con figuras como Oenopides, que determinó la inclinación del eje de la Tierra; y Pitágoras, que fundó una escuela filosófica basada en el estudio de los números y las proporciones.


La guerra del Peloponeso y el declive de Argos


La hegemonía de Argos en el Peloponeso se vio amenazada por el ascenso de Esparta, una ciudad que se había convertido en una potencia militar, gracias a su estricta educación y disciplina. Esparta y Argos se enfrentaron en varias ocasiones por el control de la región, siendo la más famosa la batalla de las Trescientas Columnas, que tuvo lugar en el 545 a. C. En esta batalla, cada ciudad envió a 300 de sus mejores guerreros, que lucharon hasta la muerte, sin que hubiera un vencedor claro. La rivalidad entre Esparta y Argos se prolongó durante los siglos VI y V a. C., y se intensificó con el estallido de la guerra del Peloponeso, que enfrentó a las dos grandes alianzas de Grecia: la Liga del Peloponeso, liderada por Esparta; y la Liga de Delos, liderada por Atenas.

Argos se mantuvo neutral al principio de la guerra, pero luego se alió con Atenas, con la esperanza de recuperar su antiguo esplendor. Sin embargo, esta decisión resultó ser un error, ya que Argos sufrió varias derrotas y humillaciones por parte de Esparta, que le arrebató sus territorios y sus aliados. La guerra del Peloponeso terminó con la victoria de Esparta, que impuso su dominio sobre toda Grecia. Argos quedó reducida a una ciudad sometida y empobrecida, que perdió su influencia y su prestigio. A pesar de ello, Argos no renunció a su pasado glorioso, y siguió siendo un foco de cultura y arte. En el siglo IV a. C., Argos construyó el teatro más grande de Grecia, con capacidad para 20.000 espectadores, donde se representaban las obras de los grandes dramaturgos, como Esquilo, Sófocles y Eurípides. Argos también fue el escenario de la tragedia de Orestes, el hijo de Agamenón y Clitemnestra, que mató a su madre y a su amante Egisto, para vengar el asesinato de su padre. Orestes fue perseguido por las Erinias, las diosas de la venganza, hasta que llegó a Argos, donde fue juzgado y absuelto por el tribunal de la diosa Atenea.


La época helenística y romana


La independencia de Argos terminó con la llegada de los macedonios, que conquistaron Grecia en el siglo IV a. C., bajo el mando de Alejandro Magno. Argos se integró en el reino de Macedonia, que se convirtió en el centro del mundo helenístico, que abarcaba desde Grecia hasta Egipto y Asia. Argos mantuvo su autonomía y su cultura, pero perdió su relevancia política y militar. Argos fue el lugar de nacimiento de Pirro, el rey de Epiro, que se enfrentó a los romanos en Italia, y que dio origen a la expresión “victoria pírrica”, para referirse a una victoria que implica grandes pérdidas. Argos también fue el escenario de la muerte de Cleopatra, la última reina de Egipto, que se suicidó en el templo de Afrodita, tras la derrota de su amante Marco Antonio frente a Octavio, el sobrino de Julio César, en la batalla de Accio, en el 31 a. C. Cleopatra se refugió en Argos, donde esperaba la ayuda de su aliado, el rey de Etiopía. Sin embargo, Octavio la persiguió y la rodeó con sus tropas. Cleopatra, al ver que no tenía escapatoria, decidió quitarse la vida con la mordedura de una serpiente venenosa, según la leyenda. Su muerte marcó el fin de la dinastía ptolemaica y el inicio del dominio romano sobre Egipto.

La época romana supuso un cambio radical para Argos, que pasó a formar parte de la provincia de Acaya, en el 146 a. C. Argos perdió su autonomía y su cultura, y se convirtió en una ciudad sometida a los intereses y las leyes de Roma. Los romanos construyeron nuevas infraestructuras en Argos, como las termas, el odeón, el acueducto y el estadio, pero también saquearon y destruyeron muchos de sus monumentos antiguos, como el templo de Hera y el santuario de Asclepio. Argos sufrió las consecuencias de las guerras civiles romanas, como la de Sila y Mario, la de César y Pompeyo, y la de Antonio y Octavio. Argos también fue escenario de la rebelión de los aqueos contra Roma, que fue aplastada por el general Lucio Mummio, que arrasó la ciudad de Corinto y vendió a los habitantes de Argos como esclavos.

Argos entró en un periodo de decadencia y olvido, que se agravó con la llegada del cristianismo, que supuso el abandono de los cultos paganos y la destrucción de sus templos. Argos fue una de las primeras ciudades griegas en adoptar el cristianismo, gracias a la predicación de los apóstoles Pablo y Pedro, que fundaron una comunidad cristiana en la ciudad. Argos fue sede de un obispado, que participó en los primeros concilios ecuménicos. Sin embargo, el cristianismo no impidió que Argos fuera víctima de las invasiones bárbaras, que asolaron el imperio romano en los siglos IV y V d. C. Argos fue saqueada y destruida por los godos, los hunos, los vándalos y los visigodos, que pusieron fin a la historia de una de las ciudades más antiguas del mundo.


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