Entre las páginas de grandes obras literarias que atrapan alma y mente, a veces germinan historias tan conmovedoras como las propias creaciones que las originan. Así ocurrió con la novela Memorial del Convento, escrita por la pluma del genial Premio Nobel portugués José Saramago, la cual atrapó el corazón y la imaginación de una joven periodista española llamada Pilar del Río, llevándola a emprender un viaje que cambiaría sus vidas para siempre. De aquel primer encuentro nacería uno de los amores más sinceros y duraderos entre un autor y su lectora, sellando el destino de ambos en una unión literaria y sentimental que perduraría más allá de la muerte, erigiéndose como ejemplo de cómo la literatura puede ser semillero de bellos sentimientos.

De la lectura al compromiso de por vida: cuando Pilar del Río y José Saramago unieron sus caminos
En el año 1986, la periodista española Pilar del Río Sánchez leía Memorial del convento, la primera novela del escritor portugués José Saramago que cayera en sus manos. Dicha lectura la conmovió profundamente, al punto de impulsarla a adquirir otra de sus obras para conocer más sobre aquel autor que le había transmitido sentimientos tan profundos mediante sus palabras. En esta ocasión optó por El año de la muerte de Ricardo Reis, libro que también analizó en sus programas de televisión y reseñas periodísticas.
Sin embargo, ya nada de esto le alcanzaba. Ansiosa por agradecer personalmente a Saramago el haberla transformado mediante su pluma, Pilar no dudó en buscar su número de teléfono en Lisboa y comunicarse directamente con él. Le explicó que deseaba conocerlo en persona durante su próximo viaje a Portugal. Saramago, acostumbrado a que periodistas le solicitaran entrevistas, no dudó en recibirla tras quedar en encontrarse el 16 de junio en el Hotel Mundial de Lisboa, a las 16 horas.
Aquella caminata que realizaron juntos por el Cementerio dos Prazeres y el Monasterio de los Jerónimos terminó por sellar un lazo difícil de romper. Ambos reconocieron haber sentido una extraña sensación, como si se hubieran estado buscando sin saberlo. A partir de entonces comenzaron una correspondencia que lentamente fue transformándose en una sincera amistad. En una carta, Saramago invitó a Pilar a encontrarse nuevamente durante un viaje suyo a Barcelona y Granada. Ella no dudó en aceptar, pues sus sentimientos hacia él ya habían evolucionado significativamente.
En 1988, se reencontraron y decidieron comenzar una relación amorosa que los uniría hasta el último día de Saramago. A pesar de los 28 años que los separaban, el respeto, la admiración y el compañerismo reinaron en su vínculo. Pilar se convirtió en un pilar fundamental para el escritor, quien reconocía en ella a la persona más necesaria de su vida. Dotada de una fuerza interior inagotable, enfrentó juntos a Saramago momentos difíciles como su ceguera y enfermedades posteriores.
Su amor también se manifestó a través de la labor de Pilar como traductora al español de la obra completa de Saramago. Tras la ceguera de su traductor habitual Basilio Lozada, ella se hizo cargo de las obras maestras del Nobel como Ensayo sobre la lucidez, Todos los nombres y La caverna, entre otras, aprendiendo portugués de forma autodidacta para hacer justicia a su estilo. Su amor por la literatura y el compromiso con Saramago la impulsaron a asumir dicho desafío con éxito.
Hasta el último suspiro de Saramago en 2010, Pilar estuvo a su lado brindándole contención y complicidad. Ambos supieron envejecer juntos disfrutando plenamente del amor que se profesaban. Su historia conmueve por la grandeza del sentimiento que lograron construir más allá de cualquier condicionamiento. Hoy, Pilar continúa preservando el legado y la memoria del gran escritor, convirtiéndose así en un pilar de la cultura hispánica.
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