En un remoto rincón de la literatura, donde las palabras se entrelazan y los personajes cobran vida, encontramos una obra maestra que trasciende el tiempo y nos invita a reflexionar sobre la condición humana. En las páginas de “Don Quijote de la Mancha”, la pluma genial de Miguel de Cervantes nos transporta a un mundo donde los sueños se entrelazan con la realidad, y la esperanza se erige como un faro en medio de las tormentas. En este épico relato, el caballero andante Don Quijote nos enseña que, a pesar de los embates y desafíos que enfrentamos, la adversidad es solo un preludio del triunfo que aguarda tras la oscuridad.


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Reflexiones literarias: El ciclo de la vida y el equilibrio entre el bien y el mal en ‘Don Quijote'”


«Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien ya está cerca»

Miguel de Cervantes
Don Quijote de la Mancha


La dualidad de la vida en las palabras de Cervantes: entre borrascas y serenidades


Miguel de Cervantes, con la pluma de un humanista que conoce los abismos y alturas del espíritu humano, nos regala en Don Quijote de la Mancha una verdad universal encapsulada en palabras de esperanza: “Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien ya está cerca.” Este fragmento, tan poético como filosófico, trasciende las circunstancias particulares del caballero de la triste figura y su escudero. Nos sitúa frente a una reflexión sobre la condición humana, la naturaleza cíclica de la existencia y la resiliencia que surge ante la adversidad. Lejos de ser una mera frase de consuelo, estas palabras encierran un principio ontológico profundo: la vida misma se construye a partir de una tensión ineludible entre contrarios.

El contexto inmediato en el que estas palabras son pronunciadas revela tanto la capacidad del Quijote para dotar de sentido a la desgracia como su fe en un orden superior. Sancho, más pragmático y temeroso, suele rendirse ante las vicisitudes de la fortuna, mientras que don Quijote ve en cada tempestad una oportunidad para reafirmar su propósito. Aquí no solo se percibe la tensión entre la idealización quijotesca y el materialismo sanchopancesco, sino una lección que, siglos después, aún conserva su vigencia: el sufrimiento no es eterno, ni tampoco la felicidad lo es. En este equilibrio, Cervantes parece querer instruirnos sobre la aceptación serena de la transitoriedad. En un mundo tan proclive a la desesperación, estas palabras resuenan con la fuerza de un anhelo colectivo.

La idea de que “el mal ni el bien sean durables” conecta profundamente con las tradiciones filosóficas de la Antigüedad. En la filosofía estoica, por ejemplo, encontramos conceptos similares. Marco Aurelio, emperador y filósofo, escribe en sus Meditaciones que todo en la vida es efímero, que tanto la alegría como el dolor deben ser observados con ecuanimidad porque ambos pasarán. Este paralelismo no es fortuito. Cervantes, un hombre de su tiempo, estaba expuesto al renacimiento de las ideas clásicas a través de las corrientes humanistas. Sin embargo, mientras los estoicos proponen una aceptación casi fría del destino, el Quijote introduce una visión matizada por la imaginación y el humor. La afirmación de don Quijote no es un lamento ni una resignación, sino un acto de fe. Nos dice, con una convicción profundamente humana, que después de la noche más oscura siempre llegará el amanecer.

Asimismo, Cervantes dialoga con la tradición cristiana, especialmente con la noción de que el sufrimiento es transitorio y redentor. En la cosmovisión cristiana, la vida terrenal está marcada por pruebas y tribulaciones, pero siempre con la promesa de un bien último. Las palabras de don Quijote a Sancho parecen resonar con ecos de las enseñanzas bíblicas, como el versículo del Eclesiastés que nos recuerda que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.” Pero lo que hace Cervantes es secularizar esta promesa, despojándola de dogmas religiosos para situarla en el terreno de la experiencia cotidiana. Así, el bien y el mal no dependen de designios divinos inalcanzables, sino del flujo natural de la vida misma.

La estructura cíclica que subyace en este fragmento no es exclusiva de Cervantes, pero él la dota de una profundidad psicológica que pocos autores han alcanzado. Tanto en su propia vida como en la narrativa de su obra, la alternancia entre la fortuna y el infortunio es constante. Miguel de Cervantes, soldado herido en Lepanto, cautivo en Argel, empobrecido y olvidado durante gran parte de su existencia, encarna en su biografía esta oscilación. Sin embargo, es precisamente en esa vida plagada de adversidades donde forja una obra que se convierte en símbolo de la eternidad literaria. De alguna manera, el autor y su creación se funden en esta sentencia. Cervantes sabe que la adversidad no es un estado permanente, pero tampoco lo es la gloria, y esta sabiduría se convierte en el eje de la historia de don Quijote y Sancho.

Si llevamos este pensamiento al presente, resulta imposible no reconocer su pertinencia en un mundo caracterizado por la incertidumbre y los vaivenes constantes. En las esferas política, económica y social, la humanidad se enfrenta a borrascas que parecen interminables: crisis económicas, conflictos bélicos, catástrofes climáticas y divisiones ideológicas que fragmentan el tejido colectivo. Sin embargo, la lección cervantina nos invita a no sucumbir al derrotismo. La historia, aunque a menudo nos parezca un laberinto de calamidades, también es testigo de momentos de superación, de periodos en los que las borrascas ceden ante cielos despejados. El mensaje de Cervantes, aunque nacido en el Siglo de Oro español, no está encerrado en su tiempo. Por el contrario, se abre como un faro de esperanza para todas las épocas.

Pero Cervantes no solo nos habla del devenir colectivo, sino también del personal. Cada ser humano, en su travesía vital, enfrenta borrascas internas: pérdidas, fracasos, dudas existenciales. Las palabras de don Quijote son un recordatorio de que esos momentos oscuros, aunque parezcan insuperables, son parte de un ciclo más amplio. La resiliencia, entendida como la capacidad para adaptarse y superar las adversidades, se convierte en una virtud esencial en este contexto. La idea de que “el bien ya está cerca” no es una promesa vacía, sino un llamado a la acción, a persistir, a mantener la fe en el cambio.

Además, este fragmento invita a reflexionar sobre la naturaleza dual de la existencia humana. El mal y el bien no son categorías absolutas ni independientes, sino interdependientes. El uno cobra sentido en relación con el otro. ¿Cómo valoraríamos la serenidad si no conociéramos las tempestades? Esta visión dialéctica de la vida es profundamente cervantina. Incluso en los episodios más absurdos o dolorosos de Don Quijote, hay destellos de humor y belleza, recordándonos que la oscuridad nunca es total. De hecho, uno de los mayores logros de Cervantes es su capacidad para transformar el sufrimiento en arte, para encontrar la redención en la narración misma.

Finalmente, es importante destacar la universalidad de esta reflexión. Aunque las palabras son pronunciadas en un contexto particular, la esencia del mensaje trasciende culturas y épocas. Todos, en algún momento, hemos sido Sancho, abrumados por las borrascas de la vida, y hemos necesitado de un Quijote que nos recuerde que la serenidad está al alcance. Al leer estas palabras, se produce una conexión inmediata entre el texto y el lector, una especie de diálogo íntimo que nos devuelve a nuestra propia experiencia vital.

En última instancia, Cervantes nos invita a aceptar la transitoriedad de la vida no como una maldición, sino como una fuente de esperanza. Las borrascas, por más violentas que sean, no son eternas. Y aunque la serenidad también sea pasajera, su posibilidad constante nos impulsa a seguir adelante. Esta verdad, tan sencilla y a la vez tan profunda, es uno de los legados más valiosos de Don Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes, desde las páginas de su obra inmortal, nos recuerda que incluso en los momentos más oscuros, el bien está siempre cerca, esperando pacientemente a que lo descubramos.


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