En el fascinante mundo de la Teología Cristiana Oriental, se entretejen conceptos, lugares y experiencias en un tapiz vibrante y lleno de matices. A medida que nos adentramos en este vasto territorio teológico, descubrimos que Oriente y Occidente son mucho más que divisiones geográficas; son distinciones que trascienden los límites físicos y se convierten en etiquetas con profundas implicaciones culturales y filosóficas.
En esta danza de pensamientos e identidades, nos encontramos con un Oriente donde la luz y la sombra, la prosperidad y la lucha, se entrelazan en el desarrollo de la doctrina y los dogmas cristianos. Las iglesias y comunidades eclesiásticas orientales, permeadas de saberes dogmáticos únicos, nos invitan a explorar el rico tejido de la Teología Oriental. Aquí, la Teología Oriental trasciende las barreras de lo meramente doctrinal y se sumerge en la experiencia vivida, en el misterio y la maravilla que se despliegan en cada encuentro con lo sagrado.
¡La Teología Cristiana Oriental nos invita a sumergirnos en un viaje inquietante y maravilloso, donde lo divino se encuentra con lo humano y donde la luz de la experiencia sagrada ilumina nuestro ser!
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La Teología Cristiana Oriental como resultado de conceptos, lugares y experiencias.
Oriente y Occidente no fueron llamados así por casualidad, ya que toda terminología tiene su historicidad y fundamentos.
Si se les dio nombres para designar las porciones de espacio, en la contemporaneidad se establecen más allá de eso, como marcas y atributos de identidades, pensamientos y culturas.
Si bien Oriente y Occidente no son bloques homogéneos en los que todo se asemeje, se puede observar que Oriente, considerado por Hegel como el lugar donde comienza la vida y donde sale el sol (Hegel, 1995, p.194), no siempre significó prosperidad, ascenso y luz.
Especialmente en la formulación de la doctrina y los dogmas cristianos, Oriente fue escenario de innumerables disputas, batallas axiológicas, sombras y dudas.
En la contemporaneidad, al comprender los términos “Oriente” y “Occidente” más allá de los marcos geográficos, se puede ver que los límites ya no obstaculizan la convergencia de costumbres, experiencias, pensamientos y formas de comprensión en un mundo cada vez más globalizado, compartido e interconectado por los medios de comunicación.
Por eso, cuando las investigaciones se centran en temas relacionados con Occidente y Oriente, se debe tener cuidado de no reducir sus investigaciones a una mera cuestión de antagonismos teóricos y abstractos, ni considerar estos espacios como meros puntos mapeados en el globo (Breck, 2013).
Se trata de reconocer que en estos extremos existe una forma diferente de comprender conceptos y teorías que se proponen compartir.
Aquellos que actúan de manera contraria son inmediatamente etiquetados como fundamentalistas y van en contra de la corriente de la evolución cultural.
Como resultado, se ve que la distinción entre Oriente y Occidente ya no es tan fácilmente discernible, ya no es evidente como lo era en el pasado. Occidente y Oriente ya no son solo fronteras geográficas; están presentes en todas partes y representan la simbiosis y la materialidad de una revolución cultural que pone en entredicho la convergencia de presupuestos teóricos concretos de naturaleza demasiado excluyente (Knitter, 2012).
En lo que respecta a las iglesias o comunidades eclesiásticas orientales, es fundamental entender que, al igual que se acordó llamar Iglesia Oriental al conjunto de iglesias cristianas nacidas en territorio no occidental pero que se extendieron en él, los diversos saberes dogmáticos cristianos orientales que caracterizan a diversas escuelas teológicas se catalogan como Teología Oriental.
Por lo tanto, cuando decimos Iglesia Oriental o Teología Oriental, queremos contemplar y referirnos a la realidad multifacética del conocimiento teológico cristiano oriental que explica y legitima sus iglesias particulares.
Como no hay una sola iglesia oriental, tampoco habrá una sola teología oriental (Andronikov, 1992). Así, en cada iglesia particular del mundo oriental, de origen griego o eslavo, unida o no entre sí, el reconocimiento canónico y la legitimación se dan dentro de una lógica y coherencia respaldadas por presupuestos teológicos específicos.
Las comunidades cristianas orientales encontrarán en sus cánones las justificaciones para aceptar o rechazar opiniones que puedan contribuir o amenazar sus verdades. Lo mismo hacen los occidentales.
Incluso en Oriente, las voces de tantos cristianos que se suman a tantas otras denominaciones y creencias plurales cuestionan las prácticas de fe en una hermenéutica circunscrita y relativa al ámbito de cierta tradición y herencia cultural. Por lo tanto, es comprensible que el pensamiento teológico oriental esté fuertemente influenciado por un pasado remoto y por un lugar geográficamente localizado y poco familiar para nosotros, los occidentales.
En cuanto a las religiones y religiosidades, al describir las teologías cristianas orientales se destaca que este conocimiento va más allá de la formalidad doctrinal, no se trata solo de una presentación sistemática de los dogmas o verdades religiosas propias del cristianismo oriental.
En este universo del conocimiento teológico, además del conjunto de conceptos, la fe oriental va más allá de la lógica y los parámetros de un conocimiento elaborado solo por teorías y da espacio e importancia a la experiencia vivida (Yannaras, 1971).
La teología oriental establece que la experiencia de fe en relación con Dios también lleva a conocerlo de manera específica (apofática), que escapa a la mera racionalidad.
Oriente, sin embargo, observa que el hábito de pensar de manera formal y legalista sobre todo crea la costumbre de objetivar las realidades y reemplazar la indeterminación dinámica de la vida por esquemas y modelos preparados.
Si el moralismo y el totalitarismo encuentran su fundamento en la forma de conocimiento positivo, entonces la verdad puede ser manipulada por la lógica, simplemente trazando los axiomas correctos.
Las certezas se convierten en esclavas del intelecto humano, de los principios y de las leyes, relegando otras formas de conocer la verdad al mero subjetivismo y a la especulación.
La teología oriental se niega a agotar el conocimiento de Dios a través de la vía racional, conceptual y doctrinal, basándose también en la experiencia, en lo empírico que está más allá de toda formulación lógica.
En este sentido, el cuerpo teórico es posterior a la experiencia y a la relación personal con Dios, permitiendo que el lenguaje urdido por la experiencia, la contemplación, el asombro y la maravilla (que brota de las celebraciones litúrgicas y la veneración de los íconos, por ejemplo) se convierta en una expresión científica plausible.
Generadora de conocimiento, la experiencia se equipara entonces al lenguaje esquematizado y convencional proveniente del razonamiento pulido y de las nociones menos descuidadas, para componer el marco teórico de la teología que ordena las iglesias cristianas de tradición griega y eslava.
Lejos de las grandes cátedras universitarias y de los principales centros de investigación, también las oraciones, los cantos litúrgicos, la mirada, el silencio, el perfume del incienso, el temblor de las velas encendidas, el constante signo de la cruz en presencia de la sacralidad, establecen una aprehensión y comprensión de la encarnación del Logos que se manifiesta en lo humano.
En este contexto, se destaca que Oriente y Occidente no son solo divisiones geográficas, sino también marcadores de identidades culturales y pensamientos. Aunque no son bloques homogéneos, en Oriente se han dado innumerables disputas y batallas axiológicas en la formulación de la doctrina y los dogmas cristianos.
En la contemporaneidad, los límites entre Oriente y Occidente se difuminan debido a la globalización y la interconexión a través de los medios de comunicación. Es necesario tener cuidado al investigar sobre estos temas para no reducirlos a meros antagonismos teóricos y abstractos.
En cuanto a la Teología Oriental, es importante comprender que no hay una sola iglesia ni una sola teología oriental, ya que cada iglesia particular tiene sus propios conocimientos teológicos respaldados por presupuestos teológicos específicos. Estos conocimientos van más allá de la doctrina formal y se basan también en la experiencia vivida y en la relación personal con Dios.
La Teología Oriental rechaza limitar el conocimiento de Dios a la vía racional y doctrinal, y valora la experiencia empírica que trasciende la formulación lógica. El cuerpo teórico es posterior a la experiencia y permite que el lenguaje de la experiencia se convierta en una expresión plausible y científica. La contemplación, las celebraciones litúrgicas y la veneración de los íconos son ejemplos de cómo se vive y se conoce a Dios en el contexto de la Teología Oriental.
En suma, la Teología Cristiana Oriental se caracteriza por la valoración de la experiencia vivida en relación con Dios y por un enfoque que va más allá de la mera racionalidad y formulación doctrinal. Cada iglesia oriental tiene su propia teología basada en sus tradiciones y experiencias, y busca comprender la encarnación de Dios en lo humano a través de la fe y la reverencia.
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