En un mundo en constante evolución, donde la tecnología y las nuevas metodologías educativas transforman rápidamente el panorama del aprendizaje, resulta fascinante descubrir cómo las ideas de un filósofo del siglo XVII aún resuenan con fuerza y relevancia. John Locke, conocido por su influencia en la filosofía política y el empirismo, también dejó una huella indeleble en el campo de la educación. Su obra “Algunas ideas sobre la educación” no es solo un espejo que refleja el pensamiento educativo de su tiempo, sino también una fuente de inspiración atemporal que desafía y guía a padres y educadores en la actualidad. En este viaje a través de las páginas de Locke, exploraremos cómo sus visiones y principios sobre la educación infantil siguen siendo relevantes en nuestra era digital y cómo, en medio de gadgets y algoritmos, sus enseñanzas pueden ayudarnos a cultivar mentes más iluminadas, libres y humanas.



Las reglas de oro para educar, según Locke
Muchos de los valores propuestos por el filósofo británico John Locke a finales del siglo XVII para la educación de los niños siguen teniendo validez hoy. Entre sus premisas, por ejemplo, se pueden encontrar afirmaciones como que «la mejor herencia es una educación».
«Las más leves o efímeras impresiones en nuestra tierna infancia pueden tener consecuencias importantes y duraderas». Esta idea es suscrita por la mayoría de los psicólogos y educadores de la actualidad, pero la cita proviene de Some Thoughts Concerning Education (en castellano, Algunas ideas sobre la educación), un libro escrito a finales del siglo XVII por John Locke, uno de los filósofos británicos más influyentes de todos los tiempos.
Esta obra, que es la respuesta a la pregunta de un amigo aristócrata sobre cómo educar a sus hijos, alcanzó un éxito significativo desde el momento mismo de su publicación, en 1693. De hecho, llegó a convertirse en el manual de referencia para la formación de los menores, especialmente en el contexto anglosajón.
Cuando un buen amigo y joven padre me preguntó recientemente por algún libro útil sobre la educación de los niños, pensé en esta obra de Locke. Aunque la bibliografía contemporánea sobre psicología infantil y ciencia educativa es crecientemente intensa, preferí optar por una obra clásica, ligada a la tradición humanística y filosófica. Me parece especialmente oportuno revisitar los valores de la formación clásica en humanidades, cuando hoy muchos cuestionan su utilidad en la educación o su importancia para el desarrollo personal y profesional.
Muchos padres delegan la atención de sus hijos en smartphones, dispositivos tecnológicos, plataformas móviles y juegos digitales, por comodidad, por falta de tiempo o de recursos alternativos. Por otro lado, también está la adicción que se puede generar del uso incontrolado de las tecnologías desde edades muy tempranas.
Algunos conciben un universo deshumanizado, en el que la inteligencia artificial puede suplir la labor de los progenitores, profesores o tutores.
Se piensa incluso en la utilidad que tendrían los robots específicamente diseñados para la atención de los hijos, en tiempos en los que ambos padres trabajan y los buenos cuidadores son caros y escasos. Por otro lado, algunos conciben un universo deshumanizado, en el que la inteligencia artificial puede suplir la labor de los progenitores, profesores o tutores.
Por mi parte, pienso que la tecnología proporciona un fabuloso universo de recursos para personalizar y potenciar el aprendizaje, tanto de niños como adultos. Pero también sigo confiando en la enorme utilidad de las humanidades y la tradición clásica en la enseñanza. Para explicar la trascendencia de la educación en la infancia, Locke formula dos principios claves.
Educación, una competencia de los padres
El primero, que la educación de los hijos es, fundamentalmente, competencia de los padres. Aunque por conveniencia o comodidad esta se pueda delegar en otros familiares –sobre todo abuelos o tíos–, en los profesores o incluso en el Estado, la responsabilidad última recae en los progenitores. Este planteamiento es especialmente relevante en nuestra época, cuando, en la mayoría de los casos, hay oportunidad de planificar el crecimiento familiar y la decisión de tener hijos responde, en la mayoría de los casos, a una planificación racional y consensuada.
Por otro lado, en su función de proteger el derecho básico a la educación, el Estado y las distintas administraciones públicas tienen la obligación de subvenir y asistir a los padres en este ejercicio.
Dada la importancia de los primeros años en el moldeado de la personalidad, los hábitos y las capacidades de los niños, Locke recomienda que los padres se involucren activamente en su educación, tanto en el aspecto intelectual como en el moral y el físico. Así, propone que los padres se encarguen de enseñar a sus hijos a leer, escribir, contar, razonar, hablar idiomas, conocer la historia, la geografía, la naturaleza y las artes. También que les inculquen valores como la virtud, la honestidad, la cortesía, la generosidad, la tolerancia y la libertad. Y que les cuiden la salud, la alimentación, el vestido, el ejercicio y el descanso.
Para ello, Locke sugiere que los padres se conviertan en modelos a seguir para sus hijos, que les muestren su afecto y su respeto, que les den ejemplo de conducta y que les guíen con paciencia y firmeza. También que les estimulen la curiosidad, la creatividad, el pensamiento crítico y el gusto por el aprendizaje. Y que les premien sus logros, les corrijan sus errores y les animen a superar sus dificultades.
Educación, una tarea de libertad
El segundo principio que Locke defiende es que la educación debe ser una tarea de libertad, no de imposición. Locke rechaza el uso de la violencia, el castigo físico, la coacción o el autoritarismo como métodos educativos. Considera que estos solo generan miedo, resentimiento, sumisión o rebeldía en los niños, y que no favorecen el desarrollo de su autonomía, su responsabilidad o su autoestima.
En cambio, Locke aboga por una educación basada en el diálogo, la persuasión, la confianza y el consenso. Cree que los padres deben tratar a sus hijos como seres racionales, capaces de entender las razones de las cosas y de elegir lo mejor para ellos. Por eso, les propone que les expliquen el porqué de las normas, las expectativas y las consecuencias de sus acciones, y que les dejen participar en la toma de decisiones que les afecten.
Asimismo, Locke considera que la educación debe adaptarse a las características, los intereses y las necesidades de cada niño, y no al revés. Piensa que cada niño tiene un temperamento, unas aptitudes y unas preferencias propias, y que los padres deben respetarlas y potenciarlas. Por eso, les aconseja que observen a sus hijos, que descubran sus talentos, que les ofrezcan oportunidades de aprendizaje variadas y que les dejen expresarse libremente.
Finalmente, Locke sostiene que la educación debe ser una actividad placentera, no una carga o una obligación. Cree que los niños aprenden mejor cuando se divierten, cuando se sienten motivados, cuando se enfrentan a retos adecuados y cuando disfrutan de lo que hacen. Por eso, les recomienda que hagan del juego, del humor, de la imaginación y de la alegría los principales ingredientes de la educación.
Estas son algunas de las ideas que Locke expone en su libro sobre la educación, que sigue siendo una obra de referencia y de actualidad. Aunque algunas de sus propuestas puedan parecernos obvias o comunes hoy en día, hay que tener en cuenta que en su época eran revolucionarias y novedosas. Locke fue un pionero en defender una educación humanista, liberal y personalizada, que respetara la dignidad, la libertad y la felicidad de los niños. Sus reglas de oro para educar siguen siendo una fuente de inspiración y de reflexión para los padres, los educadores y los amantes de la filosofía.
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