Dentro del fabuloso universo que fue la época dorada de Hollywood, pocas figuras lograron trascender con la intensidad arrolladora de un huracán como Mickey Rooney. Nacido dentro de una familia de artistas itinerantes, este niño prodigio supo encandilar al séptimo arte desde muy temprana edad, convirtiéndose en el rostro más querido de la pantalla durante las décadas de 1930 y 1940. Sin embargo, lo que distinguiría para siempre la estela de este camaleónico actor sería no solo su capacidad para reinventarse constantemente a lo largo de diferentes formatos y géneros, sino principalmente la llama indestructible de pasión que lo llevó a seducir al público entero con su sola sonrisa durante más de ocho décadas frente a las cámaras.

Más de 80 años bajo los reflectores: la legendaria carrera del actor Mickey Rooney
Capítulo 1 – Los comienzos del huracán Rooney
Joseph Francis Yule Jr., más conocido como Mickey Rooney, vino al mundo en 1920 en Brooklyn, Nueva York. Desde pequeño, asimiló el mundo del espectáculo gracias a los talentos artísticos de su padre y madre, quienes conformaban un popular dúo de vodevil. Para sorpresa de sus padres, el pequeño Mickey demostró tener un talento natural para la comedia y las acrobacias, atrapando la atención de todos a sus cortos 6 años.
Pronto debutaría en su primera película muda, Not to Be Trusted (1926). Su carisma ya era evidente y las puertas de Hollywood empezaban a abrirse. A los 8 años, encabezaría la exitosa serie Mickey McGuire, dando muestras de un estilo único capaz de cautivar audiencias. Sin embargo, este éxito temprano trajo consigo el divorcio de sus padres y la llegada de Mickey a la Mecca del cine en busca de nuevos horizontes.
Capítulo 2 – La implacable ascensión a la fama
Gracias a su energía inagotable y versatilidad actoral, Mickey encontró rápido trabajo en películas como Riff Raff y Little Lord Fauntleroy en los años 20. Pero su gran oportunidad llegó de la mano de Norman Taurog, quien le daría el papel protagónico en la comedia Boys Town (1938). Su carisma y química instantánea con Spencer Tracy catapultaron su estrellato.
Pronto se convertiría en la estrella juvenil más taquillera de la época dorada de Hollywood, brillando en éxitos musicales con Judy Garland. Su personaje de Andy Hardy, adolescente problemático pero de buen corazón, lo inmortalizó. Títulos como Los hijos de la farándula y Fuego de juventud lo posicionaron como un artista camaleónico, capaz de comedia, drama e incluso western.
Capítulo 3 – Depredador insaciable del éxito
Década tras década, Mickey sostuvo su carrera sin descanso. Lejos de querer relegarse solo a papeles juveniles, desafió estereotipos encarnando figuras como Napoleón o interpretando obras de Shakespeare. En la posguerra, su versatilidad le permitió triunfar también en Broadway y la TV, ganando premios Tony y Emmy.
No obstante, nunca pudo escapar de su voraz apetito por el éxito y el dinero. Tras décadas representando al chico de oro de Hollywood, las adicciones y malas inversiones minaron su fortuna. Pese a ello, siguió trabajando sin cesar hasta bien entrados los 90, llegando a rodar más de 300 títulos. Su entusiasmo frenético por la actuación perduró hasta el final de sus días.
Capítulo 4 – Un huracán eterno
A los 93 años, el huracán Mickey llegaba a su fin natural en 2014. Pese a los altibajos vividos, dejó un legado actoral quizás nunca igualado: más de 80 años iluminando la pantalla con su inocente energía. Alcanzó la cima de Hollywood y duró más que casi nadie en esa industria.
Sin duda, Mickey Rooney será recordado como el espectacular niño prodigio que conquistó al mundo con su risa contagiosa. Un eterno Peter Pan que amó profundamente el arte de interpretar, entregándose en cuerpo y alma a este oficio hasta el último segundo. Con su partida, una época dorada de la actuación se apagaba para siempre, dejando al mundo una lección de perseverancia y entusiasmo por la vida.
Conclusión
Para concluir esta revisión de la portentosa carrera de Mickey Rooney, no puedo sino maravillarme ante su pasión indomable por la actuación. Aún en la adversidad, supo mantener encendida la llama sagrada del arte que cultivó desde niño.
Rooney personificó a la perfección el espíritu indómito del “self made man”, aquel que se forja a sí mismo mediante su propio tesón y voluntad. Comprendió que el éxito efímero no es el norte, sino el disfrute pleno del oficio escogido. Con cada papel reinvertía su amor por un público al que supo entretener durante casi un siglo.
Más allá de vicisitudes y extravagancias, lo que queda como legado perenne es la huella de optimismo e ilusión que supo transmitir. Jamás se rindió, prefiriendo apagar la llama de su vida trabajando hasta el final en lo que más amaba. En él pervivirá la lección de enfrentar los desafíos con la sonrisa y la garra de un luchador nato.
Si bien el telón bajó para siempre para Mickey, su espíritu incontenible seguramente sigue iluminando desde lo alto a futuras generaciones de soñadores. Con más de 80 años de dedicación incansable, sepultó para siempre la creencia de que hay edades para dejar de construir el propio destino. Su memoria eternaliza la grandeza de quien supo creer en su estrella contra viento y marea.
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