En la Argentina de mediados del siglo XX, bajo el cielo de un país marcado por la figura imponente de Juan Domingo Perón y la emblemática Eva Perón, un niño vivía sus días entre la inocencia de la infancia y la realidad política que lo rodeaba. “Aquél peronismo de juguete”, una narración nostálgica y perspicaz de Osvaldo Soriano, nos transporta a esos años donde la política no solo modelaba el destino de los adultos, sino que también se entrelazaba con los juegos y sueños de los más jóvenes. A través de los ojos de este niño, exploramos un mundo donde los regalos de Reyes Magos llevan la firma de Perón y las fantasías infantiles navegan en un contexto de fervor y conflicto político, tejiendo un relato que es tanto un retrato íntimo de la niñez como una crónica lúcida de una era definitoria en la historia argentina.


“Un Limonero y la Voz de Perón: Historias de un Pasado Argentino”
Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía “Perón cumple, Evita dignifica”, era confesarse pobre y peronista.
Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos.
Estar en la fila agitaba el corazón: ¿quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda.
En aquella tarde de 1950 no pude tenerla. Creo que me dieron una lancha a alcohol que yo ponía a navegar en un hueco lleno de agua, abajo de un limonero. Tenía que hacer olas con las manos para que avanzara. La caldera funcionó sólo un par de veces pero todavía me queda la nostalgia de aquel chuf, chuf, chuf, que parecía un ruido de verdad, mientras yo soñaba con islas perdidas y amigos y novias de diecisiete años. Recuerdo que ésa era la edad que entonces tenían para mí las personas grandes.
Rara vez la lancha llegaba hasta la otra orilla. Tenía que robarle la caja de fósforos a mi madre para prender una y otra vez el alcohol y Juana y yo, que íbamos a bordo, enfrentábamos tiburones, alimañas y piratas emboscados en el Amazonas pero mi lancha peronista era como esos petardos de Año Nuevo que se quemaban sin explotar.
El General nos envolvía con su voz de mago lejano. Yo vivía a mil kilómetros de Buenos Aires y la radio de onda corta traía su tono ronco y un poco melancólico. Evita, en cambio, tenía un encanto de madre severa, con ese pelo rubio atado a la nuca que le disimulaba la belleza de los treinta años.
Mi padre desataba su santa cólera de contrera y mi madre cerraba puertas y ventanas para que los vecinos no escucharan. Tenía miedo de que perdiera el trabajo. Sospecho que mi padre, como casi todos los funcionarios, se había rebajado a aceptar un carné del Partido para hacer carrera en Obras Sanitarias. Para llegar a jefe de distrito en un lugar perdido de la Patagonia, donde exhortaba al patriotismo a los obreros peronistas que instalaban la red de agua corriente.
Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel “sobrestante” que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió cuarenta años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luis. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso.
Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba. De pronto golpeaba el puño sobre la mesa y gritaba: “¡No me voy a morir sin verlo caer!”. Es un recuerdo muy intenso que tengo, uno de los más fuertes de mi infancia: mi padre pudo cumplir su sueño en los lluviosos días de setiembre de 1955, pero Perón se iba a vengar de sus enemigos y también de mi viejo que se murió en 1974, con el general de nuevo en el gobierno.
En el verano del 53, o del 54, se me ocurrió escribirle. Evita ya había muerto y yo había llevado el luto. No recuerdo bien: fueron unas pocas líneas y él debía recibir tantas cartas que enseguida me olvidé del asunto. Hasta que un día un camión del correo se detuvo frente a mi casa y de la caja bajaron un paquete enorme con una esquela breve: “Acá te mando las camisetas. Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo”. Y firmaba Perón, de puño y letra. En el paquete había diez camisetas blancas con cuello rojo y una amarilla para el arquero. La pelota era de tiento, flamante, como las que tenían los jugadores en las fotos de El Gráfico.
El General llegaba lejos, más allá de los ríos y los desiertos. Los chicos lo sentíamos poderoso y amigo. “En la Argentina de Evita y de Perón los únicos privilegiados son los niños”, decían los carteles que colgaban en las paredes de la escuela. ¿Cómo imaginar, entonces, que eso era puro populismo demagógico?
Cuando Perón cayó, yo tenía doce años. A los trece empecé a trabajar como aprendiz en uno de esos lugares de Río Negro donde envuelven las manzanas para la exportación. Choice se llamaban las que iban al extranjero; standard las que quedaban en el país. Yo les ponía el sello a los cajones. Ya no me ocupaba de Perón: su nombre y el de Evita estaban prohibidos. Los diarios llamaban “tirano prófugo” al General. En los barrios pobres las viejas levantaban la vista al cielo porque esperaban un famoso avión negro que lo traería de regreso.
Ese verano conocí mis primeros anarcos y rojos que discutían con los peronistas una huelga larga. En marzo abandonamos el trabajo. Cortamos la ruta, fuimos en caravana hasta la plaza y muchos gritaban “Viva Perón, carajo”. Entonces cargaron los cosacos y recibí mi primera paliza política. Yo ya había cambiado a Perón por otra causa, pero los garrotazos los recibía por peronista. Por la lancha a alcohol que casi nunca anduvo. Por las camisetas de fútbol y la carta aquella que mi madre extravió para siempre cuando llegó la Libertadora.
No volví a creer en Perón, pero entiendo muy bien por qué otros necesitan hacerlo. Aunque el país sea distinto, y la felicidad esté tan lejana como el recuerdo de mi infancia al pie del limonero, en el patio de mi casa.
OSVALDO SORIANO 🇦🇷 (1943 – 1997)
Novelista, cuentista y periodista argentino. Fue de los autores argentinos más vendidos en Argentina en las décadas de 1980 y 1990.
Breve Reseña de OSVALDO SORIANO

Osvaldo Soriano fue un destacado escritor y periodista argentino, nacido el 6 de enero de 1943 en Mar del Plata, Argentina. Desde temprana edad, Soriano demostró un profundo interés por la literatura y el periodismo, lo que lo llevaría a convertirse en una de las figuras más influyentes de la literatura argentina del siglo XX. Inició su carrera como periodista en diversos periódicos locales, y con el tiempo, su pasión por escribir lo llevó a la narrativa, donde encontraría su verdadero llamado.
Soriano es mejor conocido por sus novelas, que a menudo combinan elementos de la ficción política, el suspenso y el humor. Su primera novela, “Triste, solitario y final”, publicada en 1973, es una obra emblemática que rinde homenaje a las películas de Hollywood de la década de 1940, mezclando la realidad con la ficción de una manera única y original. Esta novela, al igual que muchas de sus obras posteriores, refleja su habilidad para entrelazar la política y la cultura popular, características que definirían su estilo literario.
Durante la década de 1970, el contexto político de Argentina impactó profundamente en la vida y obra de Soriano. La llegada de la dictadura militar en 1976 lo obligó a exiliarse en Bélgica, donde continuó su labor como escritor y periodista. En el exilio, escribió algunas de sus obras más significativas, como “No habrá más penas ni olvido” (1978) y “Cuarteles de invierno” (1980), novelas que critican abiertamente la violencia y la represión de los regímenes totalitarios.
Soriano regresó a Argentina en 1984, tras el fin de la dictadura. Continuó escribiendo hasta su fallecimiento el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires. Su legado es vasto e incluye novelas, cuentos, ensayos y trabajos periodísticos. Soriano es recordado por su habilidad para combinar la realidad política y social de Argentina con una narrativa cautivadora y llena de ironía. Su obra sigue siendo una influencia importante en la literatura argentina y latinoamericana, y su estilo único y su compromiso con la verdad y la justicia lo mantienen como una figura relevante en el mundo literario.
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