En el vasto universo de la música de autor, donde las letras fluyen como ríos de poesía y las melodías se tiñen con los colores del alma, emergen figuras titánicas cuya obra trasciende el tiempo y el espacio. Entre ellas, Joan Manuel Serrat y Alberto Cortez se alzan como faros luminosos, cuyas carreras se han entrelazado en el corazón de quienes buscan en la música no solo entretenimiento, sino también consuelo, inspiración y reflexión.

Esta carta, extraída de las páginas del tiempo y el recuerdo, es un puente tendido entre dos almas gigantes, un diálogo poético que celebra la amistad, el arte y la vida. A través de sus líneas, se desvela el profundo respeto y admiración mutua, ofreciendo una ventana a la esencia de lo que significa ser un creador de sueños, un trovador de la verdad y un eterno amigo del alma.



Serrat a Través de los Ojos de Alberto Cortez: Un Tributo entre Gigantes



¡Qué fácil es sentirse amigo tuyo, Talanca! Y amarte en el más amplio y visceral sentido de la palabra, si prefieres “el lunar de su cara a la Pinacoteca Nacional, querer a poder y el perro al collar”.

Tu barca, la que algún día -ojalá sea lejano- te llevará “con un levante otoñal para que el temporal desguace sus alas blancas”, tiene una quilla de una aleación extremadamente compleja. En ella convergen los mejores materiales disponibles: amor, sensibilidad, agudeza, ternura, inteligencia, sencillez, sabiduría y una buena ración de prudencia; amén de otros componentes como dedicación, trabajo, abnegación, coherencia, etc., que hacen que abra surcos definidos y profundos en el mar. Debe ser por eso que a su paso, tu barca deja estelas luminosas.

Me gusta caminar contigo. ¿Cómo no hacerlo si recorres el mundo con una tiza, subrayando las mariposas, los niños, el hombre de a pie, los molinos de viento y el silencio de los que no se atreven a hablar? Eres la mejor cepa de una vendimia que en el 68, salió a la calle en París a buscar el roble de mayo y en Tlatelolco el tinto color de octubre; mosto generoso que bebemos aún de la copa de la esperanza.

Por favor, no trates de comprender todo esto como una apología delineada para enaltecer tus méritos y glorias. Un buen puñado de críticos tienen más entidad que yo para semejante tarea. Se trata solo de una voz más en el camino que siente la necesidad de asociarse a la brisa, como interlocutora del sentir popular.

Si bien “me siento amigo tuyo”, sé que no lo soy, porque me falta la convivencia para compartir tus defectos. Tus virtudes las convivo en tu canto, en consecuencia, soy dueño de una mitad nomás y creo que tanto tú como yo entendemos la palabra amigo en su dimensión total.

“Nanas de la cebolla”, musicado por Alberto Cortez. En mi país has estado metido en la tarea de abrirle ventanas a mi gente, cuando a punto estaban de acostumbrarse a vivir a oscuras. Como habrás visto, está brotando otra vez la hierba, groseramente pisoteada por la bota de lo irreal, de lo absurdo, de lo que nunca debió pasar. Sabemos que los gestores de “lo mediocre”, tienen las sementeras bien aradas, sembradas, abonadas y con abundantes riegos. Sabemos que fumigan a conciencia para evitar la proliferación de “gusanillos” que malogren su cosecha. Pese a la sofisticada perfección con que elaboran sus insecticidas, afortunadamente esos “gusanillos” son impermeables e indestructibles, porque los protege una coraza muy peculiar llamada Dignidad.

¡Extraña palabra ésta! Se me ocurre que en un futuro diccionario debería figurar en él, con la siguiente definición: Dignidad. Codiciable condición humana constantemente sometida a tasaciones, intercambios, negociados y otras agresiones. Sólo en contadas oportunidades resiste y vive ilesa.

Nuestra estructura molecular no es la misma, el color de nuestro tocado es diferente y los resultados distintos, ya lo sé; sin embargo, nos parecemos bastante porque tenemos la particularidad de “bajar las escaleras como queremos y que cada quién es cada cual”.

Querido Talanca -qué manía esta de los argentinos de ponerle motes y etiquetas a las personas y a las cosas, ¿no?! Escribo estas líneas porque sí, porque tengo deseos de hacerlo y porque, como decía León Felipe: “yo me quito y me pongo el sombrero cuando me da la gana”. Hoy me da la gana de contarte todas estas cosas y aquí las tienes con el abrazo entrañable de siempre y con la alegría sincera de saber que estás encendido como la vida misma, como el sol.

Fuente: “Soy un ser humano”, libro de Alberto Cortez, 1985, Madrid, España.


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