En los confines del pensamiento y la imaginación se encuentra el mundo de J.R.R. Tolkien, un cosmos donde la música no solo crea sino que también da forma a la realidad. Eru Ilúvatar, con la ayuda de los Ainur, teje una compleja melodía que se convierte en la esencia misma de Eä, el “mundo que es”, un lienzo en el que se pintarán innumerables historias de poder, desafío y redención.
Desde el resplandor de los Árboles de Valinor hasta las oscuras profundidades de Angband, este relato nos lleva a través de las Edades, en un viaje épico donde elfos, hombres y otras criaturas luchan no solo por el control de la Tierra Media, sino por el destino de toda la creación. Cada página es un paso más en este camino, revelando el esplendor, las tragedias y la indomable esperanza que definen el legado de Tolkien.


Imágenes DALL-E de OpenAI
VISIÓN Y CREACIÓN DE ARDA (J. R. R. Tolkien)
En el principio, Eru, el Único, invitó a los grandes espíritus llamados “Ainur” a crear la Gran Música, y de la Música nació una Visión que era como una luz esférica en el Vacío. Eru Ilúvatar dio vida a esta Visión, que se convirtió en Eä, «el mundo que es». Los Ainur quedaron maravillados y muchos penetraron en este nuevo lugar atraídos por su fascinación. Allí se transformaron en poderes que se llamaron Valar y Maiar. Posteriormente, los hombres los consideraron dioses. Estos seres dieron forma al mundo, que se llamó Arda.
Los Valar y Maiar trajeron numerosas cosas bellas, pero también se produjeron conflictos: uno de los más poderosos valar se rebeló contra Ilúvatar y sus hermanos y estalló una guerra.
Cuando acabó la formación del mundo, los poderosos espíritus Valar y Maiar decidieron iluminar todo Arda con dos Grandes Lámparas. Aulë el Herrero forjó dos vasijas de oro y, con la ayuda de otros valar, las llenó de luz. Después, colocaron una Lámpara, la llamada Illuin, en el norte, y la otra, llamada Ormal, en el sur. Ambas descansaban sobre sendos pilares. Pero, al cabo de un tiempo el vala, Melkor, derribó los pilares de una embestida. Al caer, éstos quebraron las montañas y la devoradora llama de las Lámparas se extendió por el mundo. Almaren, el primer reino de los valar, quedó destruido y finalizaron así las Edades de las Lámparas.
ÁRBOLES DE LOS VALAR
Tras la destrucción de Almaren, los Valar se trasladaron al oeste y llegaron a las Tierras Imperecederas, donde fundaron un reino llamado Valinor. Construyeron allí numerosas mansiones y jardines y la ciudad de Valimar. Decidieron iluminar estas tierras con dos árboles mágicos. Se trataba de los árboles más altos que han existido y les pusieron por nombre Laurelin el Dorado y Telperion el Blanco. Emitían una potentísima luz áurea y argentada que iluminaba todo el territorio, y en las Edades de los Árboles la dicha y la alegría reinaron en las Tierras Imperecederas.
Mientras la luz de los Árboles de los valar bañaba Valinor y las Tierras Imperecederas, las tinieblas envolvían toda la Tierra Media. Durante estas Edades de Oscuridad, Melkor excavó las fosas de Utumno en las profundidades de las montañas del norte y construyó muchas mazmorras y recintos abovedados de piedra negra, fuego y hielo. Allí se reunían los poderes malignos del mundo, que eran legión, presididos por el Señor de la Oscuridad. Melkor creó numerosas formas nuevas y aterradoras que crió allí mismo, entre ellas, todas las serpientes del mundo y los antepasados de los dragones, los licántropos, los vampiros, los kraken, las criaturas aladas, las grandes arañas e innumerables bestias e insectos chupadores de sangre.
Los espíritus más crueles, fantasmas, espectros y demonios, pululaban por los pasadizos de Utumno liderados por los Maiar rebeldes: Gothmog el Balrog y Sauron el Hechicero. Sin embargo, con la llegada de las Edades de las Estrellas, el poder de Utumno se desvaneció. En la Primera Edad de las Estrellas Melkor creó los orcos y los trolls, retorcidas formas de vida procedentes de elfos y ents que él mismo capturó y torturó. Acompañados por el clamor de las trompetas, los valar salieron de occidente dispuestos a enfrentarse a estas nuevas razas malignas. Estalló entonces la guerra de los Poderes, en la que Utumno fue destruido y tras la cual Melkor permaneció encadenado durante tres largas Edades.
DESPERTAR DE LOS ELFOS
Después de muchas Edades de Oscuridad, Varda, la Señora de los Cielos, recogió el rocío del Árbol de Plata de los valar y, atravesando la bóveda celestial, volvió a encender las estrellas que alumbraban la Tierra Media. Con la nueva luz se produjo el despertar de los elfos en el lago de Cuiviénen, a orillas de Helcar, el mar interior situado al pie de las Orocarni, las Montañas del Este. Se iniciaron así las Edades de las Estrellas, en las cuales no sólo se produjo el despertar de los elfos, sino también el nacimiento de los enanos, los ents y las malignas razas de orcos y trolls. Asimismo tuvo lugar el Gran Viaje, la migración de los elfos. En su mayor parte, estos años fueron de paz y de gloria para los elfos, tanto en la Tierra Media como en las Tierras Imperecederas.
Los elfos noldor y vanyar construyeron en la región de Eldamar, en las Tierras Imperecederas, su primera y más magnífica ciudad, Tirion. Sus blancas torres y sus escalinatas de cristal se erigían en la colina de Túna, que a su vez se levantaba en Calacirya, el Paso de la Luz. La ciudad estaba situada de modo que los elfos no sólo recibían la luz de los Árboles y divisaban el mar, sino que también, a la sombra de Túna y de las altas torres, podían contemplar las centelleantes estrellas por las que tanto aprecio sienten.
Los últimos elfos en llegar a las Tierras Imperecederas fueron los teleri, que pasaron a ser conocidos como elfos del mar. Ellos fueron los primeros en construir navíos y vivieron durante mucho tiempo en las orillas de la Tierra Media y en Tol Eressëa, la «isla solitaria». Debido a su gran amor por el mar y por sus bellos barcos, se negaron a entrar en Eldamar. Prefirieron vivir en las costas de las Tierras Imperecederas, bajo las estrellas. Allí construyeron Alqualondë, «Puerto de los Cisnes». Sus navíos eran también como cisnes con ojos y picos de azabache y oro. Los elfos teleri siguen atravesando con sus navíos el arco de piedra que sirve de puerta de Alqualondë mientras entonan sus bellas canciones o escuchan el murmullo del mar al encontrarse con la orilla.
OSCURECIMIENTO DE VALINOR.
Tras permanecer encadenado durante tres edades, Melkor fue sometido a juicio por los valar. Parecía que había cambiado y afirmaba estar arrepentido, de modo que Manwë, el señor de los valar, ordenó que le quitaran las cadenas. Pero Melkor engañó a los valar, pues su bondad era fingida; en secreto fraguaba su caída. Primero sembró la discordia entre los elfos y, con la ayuda de la gran araña Ungoliant, declaró la guerra abierta a los valar. Atacó los Árboles con una gran lanza y Ungoliant absorbió su luz y su vida hasta que se marchitaron y murieron. Todo Valinor quedó sumido en las espantosas tinieblas de la Noluz, la telaraña de Ungoliant, y Melkor se echó a reír de alegría porque, por segunda vez, había apagado las fuentes de la luz del mundo.
Tras la destrucción de los Árboles de los valar, Melkor dio muerte a Finwë, el rey noldor, y le arrebató los Silmarils. Encolerizados, los noldor iniciaron la persecución del malvado vala y, pese a la advertencia de los valar, llegaron hasta la Tierra Media. Algunos se trasladaban en barcos que habían arrebatado a los teleri, pero muchos, guiados por Fingolfin, atravesaron Helcaraxë, el Hielo Crujiente, que era el estrecho de agua y hielo que separaba en el norte las Tierras Imperecederas de la Tierra Media. En el trayecto, muchos perecieron sepultados por grandes bloques de hielo.
DESPERTAR DE LOS HOMBRES
Aunque los Árboles de los valar habían sido destruidos, Yavanna y Nienna extrajeron de sus abrasados restos una flor de plata llamada Isil la Refulgente y un fruto de oro denominado Anar el Fuego de Oro. Flor y fruto fueron depositados en grandes bajeles que se convirtieron en la Luna y el Sol y fueron conducidos a través de los cielos por espíritus maiar. Se dice que con la salida del Sol llegó el despertar de los hombres en las tierras orientales de Hildórien, en la Tierra Media. Así se iniciaron las Edades del Sol, durante las cuales floreció la raza de los hombres, que se extendió por toda la Tierra Media.
Durante las Edades de las Estrellas, mientras los altos elfos de Eldamar prosperaban a la luz de los Árboles, en la Tierra Media los elfos grises sindar se convertían en una gran raza. Su rey era Elu Thingol y su reina, Melian la Maia. Los sindar eran señores de todo Beleriand y vivían en la ciudadela de Menegroth, llamada también Mil Cavernas. Este lugar dejaba perplejo a todo el que lo veía. Tan grande era el amor de los sindar por los bosques que las estancias y cavernas de Menegroth estaban llenas de árboles, pájaros y otros animales de piedra, así como de fuentes y lámparas de cristal. Por tales estancias se paseaban los señores sindar, que fueron los más notables elfos de la Tierra Media en las Edades de las Estrellas.
EL REINO DE BELEGOST.
Belegost era uno de los siete grandes reinos de los enanos. Junto con el reino de Nogrod, Belegost fue excavado en lo más profundo del monte Dolmed, en las Montañas Azules, durante las Edades de las Estrellas. Entre los enanos de Belegost se encontraban los mejores herreros y talladores de piedra de la Tierra Media.
En sus Estancias de los Armeros, que sólo podían compararse en grandiosidad con Khazad-dûm, construyeron muchas armas y fueron los primeros en fabricar cotas de malla. Comerciaron con los sindar de Beleriand y les proporcionaron armas de un acero insuperablemente templado; además, estos enanos tallaron las cámaras de piedra de Menegroth.
En la Primera Edad del Sol, los enanos de Belegost y su señor Azaghâl ganaron una gran fama por su actuación en la guerra de las Joyas, pues en la batalla de las Lágrimas Innumerables fueron los únicos capaces de soportar el fuego de los dragones, ya que eran una raza de herreros acostumbrada a las altas temperaturas y llevaban en los cascos máscaras de acero que les protegían el rostro de las llamas. Además, las hachas que ellos mismos habían forjado eran lo suficientemente resistentes como para contener a los dragones. Aunque Azaghâl murió en el combate, consiguió herir a Glaurung, Padre de los Dragones, y sus secuaces huyeron. Sin embargo, pese a la valentía de los enanos, ni Belegost ni Nogrod sobrevivieron a la Primera Edad del Sol, pues cuando se libró la Gran Batalla, Beleriand y las Montañas Azules se resquebrajaron, las tierras se derrumbaron y se hundieron en el mar. Así desaparecieron Belegost y Nogrod, y los enanos que no perecieron entonces huyeron al este y se refugiaron en las grandes mansiones de Khazad-dûm.
BÚSQUEDA DEL SILMARIL
La guerra de las Joyas dominó la Primera Edad del Sol. Fue una época de muchas tragedias y tristezas, pero también de muchos actos heroicos. Los balrogs fueron derrotados, las legiones orcas aniquiladas y varios dragones abatidos; sin embargo, la mayor hazaña se realizó con la búsqueda del Silmaril. Una princesa élfica y un guerrero mortal lograron lo que no habían conseguido todos los ejércitos de la Tierra Media. En la búsqueda, Lúthien la Bella adoptó la forma de un poderoso vampiro y su amado Beren el Edain se transformó en un gran lobo. Así disfrazados, penetraron en el mismo salón del trono de Morgoth, situado en los profundos subterráneos de Angband. Allí Lúthien, mediante un sortilegio, adormeció a Morgoth y a todos sus siervos y entonces, en la culminación de la búsqueda, Beren surgió de la forma adormilada del gran lobo y, con el cuchillo Angrist, cortó un Silmaril de la corona de hierro de Morgoth.
Se decía que la más hermosa ciudad construida por los elfos en la Tierra Media era Gondolin, el Reino Oculto. Éste fue el último reino élfico que sobrevivió a la guerra de las Joyas. Su rey era Turgon, el señor noldor, que sabiamente decidió ocultar su ciudad en las Montañas Circundantes. Sin embargo, finalmente los vasallos de Morgoth la descubrieron y aparecieron ante sus puertas legiones de orcos, trolls y dragones de fuego encabezados por los demonios balrog. Aunque los elfos batallaron con valentía, Gondolin fue saqueada, y con su destrucción desaparecieron todos los reinos élficos de Beleriand.
Después de presenciar las derrotas y sufrimientos de los elfos y los hombres de Beleriand, los valar no podían seguir tolerando el atroz dominio de Morgoth sobre la Tierra Media. Así pues, decidieron intervenir, junto con los maiar, en la guerra de la Cólera contra el malvado reino de Angband. Esta devastadora guerra asoló el mundo entero. Las Montañas de Hierro se abrieron y quedaron destruidos los calabozos y las cámaras de tortura. Los dragones y demonios de Morgoth entraron en combate, pero la hueste de los valar los aniquiló. Los siervos del mal se dispersaron y el propio Morgoth fue lanzado al Vacío. Así terminó la Primera Edad del Sol, y con ella el principal instigador de todos los males desapareció para siempre, aunque buena parte de la obra de Morgoth permaneció dentro de las Esferas del Mundo.
Eregion era la tierra de los gwaith-i-mírdain, los herreros elfos de la Segunda Edad del Sol; su capital era Ost-in-Edhil. Durante un milenio floreció en Eregion el comercio entre los enanos de Khazad-dûm y estos elfos. Celebrimbor, el más destacado herrero de toda la edad, supervisó la forja de los Anillos del Poder, por los cuales se libraría la guerra de Sauron y los Elfos. En esa contienda, Eregion resultó arrasada y Khazad-dûm cerró sus puertas al mundo y pasó a llamarse Moria.
CAÍDA DE NÚMENOR
La Segunda Edad del Sol se consideró la edad de los númenóreanos, es decir, los hombres que descendían de los edain de la Primera Edad y a quienes los valar habían donado Númenor, una tierra situada en el ancho mar que se extendía entre la Tierra Media y las Tierras Imperecederas. Los númenóreanos gozaban de una vida más larga que la de los hombres corrientes.
A lo largo de los siglos, su fuerza y riqueza se incrementaron y su armada navegó por todos los mares del mundo mortal. Tan grande era su poder que osaron desafiar a Sauron, el Señor Oscuro, y lograron llevárselo encadenado a su país. Pero éste consiguió mediante la astucia lo que no había logrado por la fuerza, pues corrompió a los altivos númenóreanos y los indujo a declarar la guerra a los valar en las Tierras Imperecederas.
Ilúvatar hizo entonces que la hermosa tierra de Númenor estallara en pedazos. Se derrumbaron las montañas y las ciudades, el mar montó en cólera y toda Númenor cayó en un abismo acuático. Con este cataclismo se produjo también el Cambio del Mundo. Las Tierras Imperecederas se retiraron al otro lado de las Esferas del mundo mortal y quedaron para siempre fuera del alcance de los hombres.
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