Entre el vértigo del comercio, las intrigas políticas y la literatura, Daniel Defoe forjó una vida tan intensa como sus novelas. Mercader arruinado, espía encubierto, polemista temerario y maestro del realismo, transformó la narrativa con su revolucionaria Robinson Crusoe (1719). Su pluma, afilada y visionaria, exploró la supervivencia, la moral y la identidad en un mundo en cambio. Más que un escritor, fue un cronista implacable de la condición humana y un arquitecto de la novela moderna.
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Daniel Defoe: Comerciante, Escritor y Rebelde en la Inglaterra del Siglo XVII
Daniel Defoe emergió en el panorama literario inglés como una figura contradictoria y fascinante, cuya vida atravesó periodos de extraordinario éxito y profundas calamidades. Nacido en Londres alrededor de 1660, bajo el nombre de Daniel Foe, en el seno de una familia de disidentes protestantes, adoptaría posteriormente el apellido “Defoe” como marca de distinción social, un gesto revelador de sus aspiraciones y de la complejidad psicológica que caracterizaría tanto su vida como su obra. Hijo de James Foe, un próspero comerciante de velas, Defoe creció en un ambiente marcado por la religiosidad puritana y las tensiones religiosas de la Restauración inglesa, circunstancia que moldearía definitivamente su visión del mundo y su producción literaria.
La educación de Defoe transcurrió en la Academia de Charles Morton en Newington Green, institución dirigida a los hijos de disidentes religiosos excluidos de las universidades inglesas por las leyes discriminatorias de la época. Este primer encuentro con la marginación institucional por razones de conciencia dejaría una huella indeleble en su pensamiento. Morton, figura progresista para su tiempo, instruyó a sus estudiantes no solo en teología y clásicos, sino también en ciencias, geografía y lenguas modernas, proporcionando a Defoe una formación intelectual ecléctica y moderna que se reflejaría en la diversidad temática de sus escritos posteriores y en su curiosidad insaciable por los asuntos prácticos y terrenales.
Tras abandonar la idea de dedicarse al ministerio presbiteriano, Defoe se sumergió en el mundo del comercio, actividad que le proporcionaría tantas satisfacciones como sinsabores. Su carrera mercantil, que abarcó desde el comercio de vinos hasta la manufactura de ladrillos, pasando por la cría de cimarrones y la venta de medias, estuvo marcada por una ambición desbordante y un optimismo que frecuentemente sobrepasaba su prudencia financiera. Esta combinación le condujo a repetidas bancarrotas, la más devastadora de las cuales ocurrió en 1692, dejándole con deudas superiores a las 17.000 libras, suma astronómica para la época que perseguiría a Defoe por el resto de su vida, obligándole a vivir periódicamente en la clandestinidad para evitar a sus acreedores.
La entrada definitiva de Defoe en la esfera pública se produjo a través del panfleto político, género en el que demostró una mordacidad y perspicacia que le granjearon tanto admiradores como enemigos. Su obra “El verdadero inglés” (1701), una defensa apasionada del rey Guillermo III frente a los ataques xenófobos que cuestionaban su legitimidad por su origen holandés, constituye un brillante ejercicio de ironía y argumentación política. Sin embargo, sería su publicación satírica “El camino más corto con los disidentes” (1702) la que le acarrearía las consecuencias más graves. Este texto, en el que Defoe adoptaba irónicamente la voz de un anglicano extremista para ridiculizar las posiciones intolerantes, fue malinterpretado por muchos, incluyendo las autoridades, que lo condenaron a la picota y al encarcelamiento en Newgate. La experiencia carcelaria, aunque breve, dejaría una profunda impresión en su obra posterior, particularmente en sus reflexiones sobre la naturaleza humana frente a la adversidad.
La versatilidad intelectual de Defoe quedó patente en su labor como editor y redactor principal de “The Review” (1704-1713), publicación periódica que abarcaba desde la política nacional e internacional hasta el comercio y la moral cotidiana. Este proyecto periodístico, precursor del ensayismo inglés que alcanzaría su máximo esplendor con Addison y Steele, demostró la capacidad de Defoe para analizar la realidad contemporánea con agudeza y para dirigirse a un público amplio con claridad y convicción. Durante este periodo, Defoe también actuó como agente secreto para Robert Harley, Conde de Oxford, infiltrándose en círculos jacobitas y elaborando informes sobre el estado de opinión en distintas regiones del reino, actividad que añade un matiz de intriga política a su ya de por sí compleja biografía.
La culminación del genio literario de Defoe llegó tardíamente con la publicación, a los sesenta años, de “Robinson Crusoe” (1719), obra que revolucionaría la narrativa occidental. Inspirada parcialmente en las experiencias reales del marinero escocés Alexander Selkirk, esta novela trascendió rápidamente su condición de simple relato de aventuras para convertirse en una profunda meditación sobre la soledad, la supervivencia, la fe y el ingenio humano frente a la adversidad. La precisión con que Defoe describe los procesos técnicos y psicológicos de adaptación de Crusoe a su entorno hostil otorga a la obra una verosimilitud que difumina las fronteras entre realidad y ficción, técnica que Defoe perfeccionaría en sus obras posteriores.
El éxito de “Robinson Crusoe” abrió un periodo de extraordinaria fecundidad creativa que incluiría obras maestras como “Moll Flanders” (1722), “Diario del año de la peste” (1722) y “Roxana” (1724). Estas narrativas comparten una característica revolucionaria para su tiempo: la adopción de voces y perspectivas marginales o subalternas —un náufrago aislado, una ladrona y prostituta, una cortesana— presentadas con tal verosimilitud psicológica y detalle circunstancial que el lector las percibe como testimonios auténticos antes que como ficciones. Esta técnica, que Ian Watt denominaría “realismo formal” e identificaría como consustancial al nacimiento de la novela moderna, constituye la aportación fundamental de Defoe a la historia literaria.
La vida de Defoe concluyó en circunstancias tan ambiguas como había sido su existencia. Falleció el 24 de abril de 1731, oculto en una pensión de Ropemaker’s Alley, Moorfields, presumiblemente escapando una vez más de sus acreedores. La causa exacta de su muerte sigue siendo incierta, aunque se especula que pudo ser víctima de una apoplejía. Irónicamente, este hombre que tanto había escrito sobre la identidad, la supervivencia y el reconocimiento social fue enterrado bajo el nombre de “Mr. Dubose” en el cementerio para disidentes de Bunhill Fields, un último gesto de anonimato para quien había creado algunas de las voces más inolvidables de la literatura universal.
La paradoja fundamental de Defoe reside en que este hombre fracasado en muchos de sus emprendimientos personales alcanzó, a través de la imaginación literaria, un dominio absoluto sobre la técnica de la supervivencia. Sus personajes logran aquello que él nunca consiguió plenamente: superar las adversidades y reconstruirse a sí mismos. En este sentido, su obra puede interpretarse como un ejercicio de compensación psicológica, pero también como un testimonio de resiliencia y adaptabilidad, cualidades que definen tanto a sus protagonistas como a la incipiente sociedad capitalista y colonial que Defoe habitaba y cuyos valores ambiguamente celebraba y cuestionaba.
El legado de Defoe trasciende con mucho su contexto histórico inmediato. Su capacidad para combinar la minuciosidad documental con la empatía hacia el destino individual, su atención a los mecanismos materiales y psicológicos de la supervivencia, y su magistral uso de la primera persona narrativa para crear la ilusión de autenticidad establecieron las bases de la novela realista que florecería en los siglos posteriores. Más allá de su contribución formal, sus reflexiones sobre la soledad, la identidad, la moral práctica y la adaptabilidad humana continúan resonando en la sensibilidad contemporánea, confirmando a Defoe como uno de los cronistas más lúcidos de la condición moderna y como un maestro imperecedero del arte narrativo.
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