En 1919, el mundo se encontraba al borde de una nueva era tras el devastador fin de la Primera Guerra Mundial. Mientras los líderes se reunían en París para redefinir un orden global y sellar la paz con el Tratado de Versalles, un tema en particular revelaba profundas divisiones aún no superadas: la igualdad racial. La delegación japonesa propuso una cláusula para reconocer la igualdad racial de todas las naciones, una petición que parecía simple pero cargada de complejas implicaciones geopolíticas.
Este acto en la Conferencia de París no solo reflejó las tensiones del momento, sino que también prefiguró los conflictos que se desatarían en las décadas siguientes. Mientras los representantes de las grandes potencias debatían los términos de la paz, la propuesta japonesa de igualdad racial emergía como un símbolo de los desafíos raciales y coloniales que continuarían moldeando el siglo XX.
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Imágenes DALL-E de OpenAI
Rechazo a la Igualdad Racial
Hace cien años, al finalizar la Primera Guerra Mundial, comenzaba en París la Conferencia de Paz. Las consecuencias funestas del Tratado de Versalles en Europa son por todos conocidas. Menos se sabe del resentimiento de Japón, que fracasó en su intento de lograr que la Sociedad de las Naciones reconociera su “igualdad racial”.
Suele decirse que la Segunda Guerra Mundial tuvo buena parte de sus raíces en el final de la Primera, en el Tratado de Versalles de 1919. Es un análisis centrado en las duras condiciones impuestas a la Alemania derrotada, pero lo que no resulta tan conocido es que también Japón se alejó entonces de Occidente, poniendo fin cuatro años después a la alianza que tenía firmada con Gran Bretaña para acercarse progresivamente a las que iban a ser las potencias del Eje, algo especialmente notorio en el ejército. Y una de las razones fue el rechazo de los países anglosajones a su petición de incluir en el tratado una cláusula que reconociese la igualdad racial de todos los pueblos.
En el momento de negociar la paz, lo que se llevó a cabo en la Conferencia de París, que se desarrolló entre 1919 y 1920 con la participación de treinta y dos países, encabezados por los líderes políticos de los llamados Cuatro Grandes: George Clemenceau por Francia, David Lloyd George por Gran Bretaña, Vittorio Emmanuele Orlando por Italia y Woodrow Wilson por EEUU. Japón, que también se había alineado con los vencedores, porque desde su victoria ante el Imperio Ruso en 1905 era una potencia ascendente que además tenía una alianza estratégica bilateral con los británicos y el gobierno de Hara Takashi propugnaba una ōbei kyōchō shugi (política prooccidental), había renunciado inicialmente a ser incluido en ese selecto grupo debido a su desinterés por los asuntos europeos.
Sin embargo, la delegación nipona, compuesta por el exministro de Relaciones Exteriores Makino Nobuaki, el exprimer ministro Saionji Kinmochi y el embajador de Japón en Londres Chinda Sutemi, cambió de postura cuando el primero sucedió al segundo al mando efectivo y aspiraba a ser ubicada en un sitio de honor en aquella larga mesa instalada en la Sala de los Espejos del Palacio de Versalles, llevándose una decepción cuando quedó relegada a un puesto secundario. Únicamente fue consultada en temas relacionados con Asia y el Pacífico, en los que su país tenía intereses directos al reclamar territorios de las antiguas colonias germanas: Shantung y Kiaochow, en la costa china, más las islas del Pacífico al norte del ecuador (Micronesia y los archipiélagos de las Carolinas, las Marshall y las Marianas).
Desde el principio la delegación japonesa, presidida por el político liberal Makino Nobuaki, que acudió a la Conferencia de Paz de París (1919) no fue tratada como un igual por los Cuatro Grandes (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos e Italia), a pesar de haber formado parte del bando aliado vencedor. No solo se le asignó un puesto en el extremo de la mesa de las negociaciones, sino que sus miembros japoneses tuvieron que soportar comentarios humillantes, denigratorios y chistes racistas —el presidente frances Georges Clemenceau, por ejemplo, se quejo de tener que estar junto a los «feos» japoneses en una ciudad llena de atractivas mujeres rubias—. Así pues, Japón no fue incluido en el Consejo de los Cuatro y su opinión solo fue requerida cuando se trataron temas relacionados con Asia y el Pacífico.
Por eso cuando en la conferencia se empezó a tratar la creación de la Sociedad de Naciones, un organismo internacional que regulase las relaciones internacionales ejerciendo arbitraje sobre problemas y evitando así el riesgo de una nueva guerra mundial, la delegación de Japón propuso la inclusión de una cláusula que reconociera «el principio de igualdad de todos los países y el trato justo de sus nacionales».
La Jinshutekisabetsu teppai teian (Propuesta para abolir la discriminación racial) que hicieron los japoneses, no pretendía entrar en detalles sino ser una declaración general y rezaba así:
[«𝗦𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗽𝗿𝗶𝗻𝗰𝗶𝗽𝗶𝗼 𝗯𝗮́𝘀𝗶𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗦𝗼𝗰𝗶𝗲𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗡𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀, 𝗹𝗮𝘀 𝗔𝗹𝘁𝗮𝘀 𝗣𝗮𝗿𝘁𝗲𝘀 𝗖𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗮𝗰𝘂𝗲𝗿𝗱𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝗰𝗲𝗱𝗲𝗿 𝗹𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲 𝗮 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗹𝗼𝘀 𝗲𝘅𝘁𝗿𝗮𝗻𝗷𝗲𝗿𝗼𝘀 𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗼𝘁𝗿𝗼𝘀 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗱𝗼𝘀, 𝗺𝗶𝗲𝗺𝗯𝗿𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗦𝗼𝗰𝗶𝗲𝗱𝗮𝗱, 𝘂𝗻 𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗷𝘂𝘀𝘁𝗼 𝗲 𝗶𝗴𝘂𝗮𝗹 𝗲𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗹𝗼𝘀 𝗮𝘀𝗽𝗲𝗰𝘁𝗼𝘀, 𝗻𝗼 𝗵𝗮𝗰𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗶𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀, 𝗻𝗶 𝗹𝗲𝗴𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗻𝗶 𝗱𝗲 𝗵𝗲𝗰𝗵𝗼, 𝗲𝗻 𝗿𝗮𝘇𝗼́𝗻 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗿𝗮𝘇𝗮 𝗼 𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱.»]
Como ha señalado el historiador David Stevenson, «en realidad, los japoneses solo pretendían una declaración general, no una serie de medidas concretas»
Makino Nobuaki (que era el jefe de facto de su delegación debido a que Saionji Kinmochi estaba gravemente enfermo) lo argumentó aludiendo al hecho de que soldados de razas diferentes habían luchado juntos en el mismo bando, aunque, obviamente, la verdadera razón de esa iniciativa era geoestratégica: evitar que a su país se le asignara un estatus inferior que le perjudicase en el futuro orden internacional. De hecho, el propio Japón mantenía una política discriminatoria hacia chinos y coreanos, por ejemplo (en Corea, el Movimiento Primero de Marzo o Samil contra la ocupación japonesa, había sido duramente reprimido, con miles de muertos, ese mismo año 1919).
El objetivo de Japón con esta propuesta es asegurarse la igualdad racial SOLO de sus ciudadanos, a los que se consideraba maltratados por entonces en países anglosajones a los que habían emigrado, como Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos (especialmente en la costa oeste) Esto por sí solo provocó un fuerte rechazo en la opinión pública de estos países, cuya población tenía un fuerte sentimiento anti-inmigración. Australia donde se habían legislado medidas para evitar la llegada de inmigrantes no europeos (lo que se llamó «política blanca australiana»), fue uno de los principales opositores. Además, la propuesta tenía un alcance muy universal, que provocó enseguida una enorme controversia añadida entre las potencias que tenían intereses coloniales.
La delegación japonesa multiplicó las negociaciones con los representantes de Estados Unidos y sobre todo del Reino Unido; consideraba la oposición de los dominios británicos a su propuesta el principal obstáculo. A pesar de todos los acuerdos propuestos por sus diplomáticos y el esfuerzo de los representantes de los gobiernos canadiense y sudafricano por conciliar ambas partes, el primer ministro australiano William Morris Hughes no cedió. Este adalid de la “Australia blanca” habría declarado, según un testigo: “Estoy dispuesto a reconocer la igualdad de los japoneses como nación y como personas. Pero no acepto las consecuencias que deberíamos enfrentar si les abriéramos nuestro país. No es que los consideremos inferiores, simplemente no los queremos. Económicamente, son factores perturbadores porque aceptan salarios muy inferiores al mínimo por el cual nuestros compatriotas quieren trabajar. Poco importa si se integran bien a nuestro pueblo. No queremos que puedan casarse con nuestras mujeres”.
El verdadero problema de la Jinshutekisabetsu teppai teian radicaba en que, sin pretenderlo, cuestionaba los fundamentos del colonialismo y con ello el funcionamiento exterior de las grandes potencias, como demostró el que otros países se adhiriesen a la propuesta. Por tanto, el británico Robert Cecil, que tomó la palabra tras Nobuaki, advirtió de que quizá sería mejor no tratar un asunto tan controvertido. Le apoyó el griego Eleftherios Venizelos, que también quería eliminar la cláusula que prohibía la discriminación religiosa, siendo contestado de inmediato por un diplomático portugués que aseguraba no haber firmado nunca un tratado que no mencionase a Dios.
Para evitar esas discusiones, Cecil (futuro Nobel de la Paz en 1937), descartó del documento las prohibiciones de discriminación, tanto racial como religiosa. Ahora bien, en realidad se trataba de un tema de bastante actualidad porque los países anglosajones (EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) estaban inmersos en una política de restricción de la inmigración oriental que los japoneses calificaban de «vergüenza», hasta el punto de que otros afectados como los chinos, con los que estaban agriamente enfrentados al ambicionar ambos las excolonias alemanas de Tsingtao y Shandong, apoyaron la cláusula antidiscriminación de Nobuaki.
Lo cierto es que la cuestión racial no se fundamentaba sólo en causas genéticas sino también económicas. El primer ministro australiano, Billy Hughes, rechazaba la igualdad porque él procedía del mundo sindicalista, que en el ámbito anglosajón se oponía a la entrada de inmigrantes chinos, coreanos, japoneses y polinesios porque aceptaban salarios ínfimos, de ahí que se alineara con la política de Australia Blanca (que, basada en la Inmigration Restriction Act de 1901, dio preferencia a los inmigrantes británicos sobre los demás hasta 1949) y hasta se uniera a los chistes racistas.
Las opiniones estaban divididas. El primer ministro neozelandés William Massey también se posicionó en contra de la cláusula y el británico Arthur James Balfour declaró que no creía que «un hombre de África central fuera creado igual que un europeo», poniendo en un compromiso al gobierno de Lloyd George porque se tambaleaban tanto la alianza que mantenía Gran Bretaña con Japón desde 1902 como la unión del Imperio Británico si desautorizaba la política de exclusión inmigratoria de Australia y Nueva Zelanda.
Los primeros ministros de Sudáfrica y Canadá, Jan Smuts y Robert Borden, intentaron mediar entre los nipones y Hughes, convocándolos a una reunión para acercar posturas. Fue un desastre. Los primeros no pudieron ocultar su desagrado ante alguien a quien consideraban un campesino simple y zafio, y éste les vino a dar la razón quejándose de que ellos estuvieron todo el tiempo haciendo reverencias. No obstante, aceptó admitir la cláusula si se excluía de ella la emigración… cosa que los japoneses se negaron a aceptar.
La propuesta de la «cláusula de igualdad racial» fue discutida por la comisión de la Conferencia encargada de la futura Sociedad de Naciones. La oposición mayor la planteó Gran Bretaña —junto con Australia, uno de sus Dominios— y cuando en el curso del debate al británico Lord Balfour se le argumentó que en la Constitución de Estados Unidos se reconocía que «todos los hombres son creados iguales», él respondió que no creía que «un hombre de África central fuera creado igual que un europeo».
El que se opuso de forma más vehemente fue el primer ministro australiano Billy Hughes, defensor a ultranza de una Australia Blanca, que llegó a hacer chistes sobre el canibalismo en referencia a los pueblos del Pacífico. El primer ministro británico Lloyd George y el presidente norteamericano Wilson le dejaron hacer, pues el primero consideraba que la unidad del Imperio Británico podría verse amenazada si se les quitaba el derecho a Australia y a Nueva Zelanda de excluir a los emigrantes japoneses, y al segundo le preocupaba la actitud de los senadores de los Estados de la Costa Oeste estadounidense si se aprobaba la «cláusula» ya que seguramente no ratificarían el acuerdo de la Sociedad de Naciones pues sus propios Estados discriminaban legalmente a los emigrantes llegados de Asia.
Y por último, el presidente Woodrow Wilson que tampoco respaldó la propuesta japonesa —que en el fondo respondía a los principios expresados por él en los Catorce Puntos— porque, además de que podía poner en cuestión la legislación antiasiática de Estados Unidos, temía perder el apoyo de los británicos y de sus aliados australianos. Woodrow Wilson era un segregacionista convencido que además de ver peligrar la política de inmigración, que restringía el acceso de asiáticos a la costa oeste de EEUU, necesitaba de los votos de los supremacistas blancos -demócratas del sur, fundamentalmente- para que el Senado aprobase el ingreso en la Sociedad de Naciones. Como asimismo, tenía a Gran Bretaña como aliada y no quería perderla, la anglofilia «cegaba» a Wilson y a sus asesores (ya que buena parte de su gabinete de colaboradores eran WASP: «White Anglo-Saxon Protestant, es decir, blancos anglosajones protestantes»). Wilson también estaba convencido de que los senadores de los Estados segregacionistas del Sur no votarían a favor de la ratificación del Pacto de la Sociedad de Naciones si se incluía la «cláusula de la igualdad racial», aunque finalmente su empeño fue inútil pues el Senado estadounidense rechazó que Estados Unidos se integre en la Sociedad de Naciones, lo que implicaba una dura derrota política para el presidente Wilson que había sido su proponente y principal impulsor.
Tras el debate el jefe de la delegación japonesa, Makino Nobuaki, pidió que se votara la propuesta y consiguió que fuera aprobada por once votos de los países representados de un total de dieciséis —Gran Bretaña y Estados Unidos decidieron abstenerse—, lo que constituía una amplia mayoría. Pero entonces el presidente americano Woodrow Wilson, fue él quien protagonizó uno de los momentos más tensos de aquellos días, el de la votación final. Tuvo lugar el 19 de abril de 1919, después de los alegatos de cada representante. Votaron diecisiete delegados, de los cuales once lo hicieron a favor de incluir la Jinshutekisabetsu teppai teian, frente a las abstenciones de los demás y la no comparecencia de Bélgica. O sea, nadie votó en contra, a pesar de lo cual Wilson decidió anular el proceso por la oposición manifestada, considerando que debía haber unanimidad, por lo que la «cláusula» fue rechazada.
El rechazo a la «cláusula» levantó una gran indignación en Japón y en todos los pueblos no blancos, especialmente los sometidos a algún tipo de dominio colonial.
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