En el mundo de la literatura, la creatividad no solo se manifiesta en las obras que leemos, sino también en los hábitos y manías de los escritores detrás de ellas. Cada autor tiene sus propios rituales que, aunque a veces puedan parecer extraños, son esenciales para su proceso creativo.

Desde la necesidad de un entorno perfectamente ordenado hasta escribir en posiciones inusuales, estos hábitos no solo revelan la singularidad de cada escritor, sino también su dedicación y pasión por su arte. Algunas de estas manías pueden parecer excéntricas, pero para ellos, son cruciales.

Imagina a Agatha Christie resolviendo crucigramas para despejar su mente, o a Charles Dickens escribiendo rodeado de objetos meticulosamente organizados. Estas peculiaridades no solo los acompañaban en su trabajo diario, sino que también forman parte del legado que dejaron al mundo literario.

Acompáñanos a descubrir las manías más curiosas de algunos de los escritores más importantes de todos los tiempos. Estas historias no solo nos acercan más a sus vidas, sino que también nos muestran que la genialidad literaria a menudo viene acompañada de hábitos fuera de lo común.


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Imágenes DALL-E de OpenAI 

Desde Agatha Christie hasta Haruki Murakami: Manías Literarias Fascinantes”


Hoy les contamos las extrañas manías de algunos de los escritores más importantes de todos los tiempos.


Agatha Christie.

Según los biógrafos, Ágatha Christie tenía varias manías, como la de contar los objetos a su alrededor, balanceando los objetos de un lado para otro y comprobando si estaban alineados. También era adicta al juego de palabras cruzadas, y solía escribir sobre sus libros y obras de teatro mientras viajaba en trenes. Además, solía tener problemas con la memoria a corto plazo y le resultaba difícil recordar los nombres de la gente.





Charles Dickens.

Para empezar, Dickens no podía escribir a no ser que su lugar de trabajo estuviera en total silencio. A esto le seguía una minuciosa organización del espacio: siempre debían acompañarle un jarrón de flores frescas, dos estatuas de bronce, una bandeja con un conejo sobre ella junto a un abrecartas, su pluma (obvio) y un tarro de tinta del que abastecerse. También tenía una manía con el estilismo del cabello. Era incapaz de concentrarse estando despeinado o con aspecto desarreglado, por lo que siempre debía estar en perfectas condiciones antes de sentarse a traducir la inspiración a palabras. La obsesión llegó a ser tal que se le llegó a diagnosticar trastorno obsesivo-compulsivo con el orden.





Edgar Allan Poe.

Uno de los maestros del relato corto y especialmente de los cuentos del terror, tenía una manía especial que sacaba de quicio concretamente a sus editores. Y es que tenía la costumbre de escribir sus obras en tiras continuas de papel. Las encadenaba mediante lacre, de forma que formaba rollos interminables y muy incómodos de desplegar a la hora de leerlos.





Dan Brown

Dan Brown sufre constantes migrañas. Por este motivo, antes de ponerse manos a la obra agacha la cabeza hasta prácticamente los tobillos para intentar paliar los dolores. De igual modo, cuando decide crear, cuenta las horas con un reloj de arena.





Honore de Balzac.

Corren diferentes rumores sobre las obsesiones del creador de “La comedia humana”. El primero de ellos, y menos probable, es el referido a la bebida. Se dice que bebía más de 50 tazas de café al día. El segundo, y mucho más creíble era su fijación por el aislamiento, necesitaba estar en una habitación sin relojes ni ventanas para no saber si era de día o de noche.





Alejandro Dumas.

La indumentaria a la hora de escribir era muy importante para Dumas. Siempre debía ir vestido de la misma manera, con una sotana roja y sandalias.
Además, diferenciaba sus obras según el color de las páginas. Para la ficción, azules, para la poesía, el amarillo y para los artículos, el rosa.





Víctor Hugo.

Los criados custodiaban la ropa de Victor Hugo con órdenes de no devolvérsela hasta que este lo pidiera. Y si, el escritor, al igual que Dumas, era un maniático de la vestimenta… escribía totalmente desnudo a excepción de un chal gris.





Virginia Woolf.

Las manías de Virginia Woolf tampoco se quedaban atrás respecto a sus compañeros de profesión. Antes de nada, se marcaba 2,5 horas al día como meta para escribir sus manuscritos. Y esto lo hacía de pie, escribiendo cual pintor en un lienzo.





Haruki Murakami.

Uno de los autores más influyentes de la última década crea una rutina a la altura de la de Stephen King. El japonés se levanta todos los días a las cuatro de la mañana para trabajar hasta las diez. Por la tarde corre 10 kilómetros, o como alternativa, nada 1500 metros, para así poder evadirse de la escritura.





Franz Kafka

Kafka tenía una rutina bastante peculiar: solo escribía de noche, comenzando a las 11 PM y continuando hasta las primeras horas de la mañana. Creía que este horario le proporcionaba la soledad y tranquilidad necesarias para su proceso creativo. Además, era muy meticuloso con su dieta, evitando ciertos alimentos que, según él, afectaban su capacidad para escribir.





Marcel Proust

Proust escribía en la cama, rodeado de cojines y en una habitación completamente forrada de corcho para insonorizarla. Este aislamiento le ayudaba a concentrarse y evitar distracciones. Su hábito de escribir en la cama era tan riguroso que incluso se llevaba una cama portátil en sus viajes.





James Joyce

Joyce escribía usando lápices de color para corregir sus textos, cada color representando una categoría de cambio o corrección. Además, era conocido por su meticulosidad y el tiempo que dedicaba a cada frase, a veces pasaba días perfeccionando una sola oración.





Mark Twain

Twain tenía una mesa especial diseñada para escribir mientras estaba de pie. Además, su lugar preferido para escribir era en un pequeño estudio octagonal que tenía en su finca, al cual llamaba su “caja de estudio”.





Friedrich Schiller

Schiller mantenía un cajón de manzanas podridas en su escritorio, asegurando que el olor le inspiraba. Esta extraña manía desconcertaba a sus visitantes, pero él insistía en que el aroma le ayudaba a pensar.





George Orwell

Orwell necesitaba ciertos niveles de desorden controlado para sentirse cómodo escribiendo. Su escritorio estaba lleno de papeles, libros abiertos y recortes de periódico. Este entorno caótico era, para él, el ambiente ideal para trabajar.





Isabel Allende

Allende siempre comienza a escribir sus novelas el 8 de enero, independientemente de si está lista o no para comenzar un nuevo proyecto. Este ritual comenzó con su primera novela y ha continuado como una tradición que cree le trae buena suerte.





Maya Angelou

Angelou escribía en una habitación de hotel alquilada específicamente para ese propósito. Llevaba consigo una botella de jerez, un diccionario, la Biblia y un mazo de cartas, y escribía sobre una cama sin sábanas.





Truman Capote

Capote se consideraba un “escritor horizontal”, ya que solo podía escribir acostado en su sofá o en la cama, con un cigarrillo en una mano y una bebida en la otra. Además, necesitaba estar en un ambiente extremadamente ordenado para concentrarse.





Philip Roth

Roth escribía en una cabaña aislada, completamente alejada del ruido de la ciudad. Su rutina diaria incluía sesiones de escritura intensas seguidas de largas caminatas, creyendo que el ejercicio físico ayudaba a liberar su mente y fomentar la creatividad.





John Steinbeck

Steinbeck utilizaba lápices de diferentes colores para escribir sus borradores y siempre mantenía un stock abundante de lápices afilados antes de comenzar a trabajar. Creía que el cambio de color ayudaba a refrescar su perspectiva.





Toni Morrison

Morrison necesitaba el amanecer para inspirarse. Se levantaba temprano para ver el sol salir antes de comenzar su rutina de escritura. Creía que la tranquilidad y la belleza de ese momento del día eran fundamentales para su creatividad.





F. Scott Fitzgerald

Fitzgerald escribía a menudo con un vaso de ginebra al lado. Su hábito de beber mientras escribía era bien conocido, y aunque esto a menudo le causaba problemas personales, él afirmaba que le ayudaba a liberar su imaginación.





Simone de Beauvoir

De Beauvoir mantenía un horario de escritura muy estricto, dividiendo su tiempo entre la escritura y sus actividades intelectuales y sociales. Creía en la importancia de la disciplina y la rutina para mantener su productividad.





Kurt Vonnegut

Vonnegut tenía una rutina diaria que incluía escribir por la mañana, seguido de una serie de ejercicios físicos que incluían nadar y caminar. Además, mantenía un diario detallado de sus actividades diarias y pensamientos.





Sylvia Plath

Plath escribía en sesiones intensas y solitarias, a menudo en la madrugada, cuando sentía que el mundo estaba dormido y ella podía concentrarse plenamente. Su poesía a menudo reflejaba la intensidad y profundidad de estas sesiones.





William Faulkner

Faulkner a menudo escribía en su cobertizo de herramientas, un lugar donde sentía que podía escapar de las distracciones del hogar. Le gustaba beber whisky mientras escribía, creyendo que esto le ayudaba a concentrarse.





Ernest Hemingway

Hemingway escribía de pie, usando un atril especialmente diseñado para él. Creía que escribir de pie le ayudaba a mantenerse alerta y enfocado. Además, tenía una rutina de escritura estricta, trabajando temprano en la mañana para aprovechar la tranquilidad.





E. B. White

White prefería escribir en una pequeña cabaña en su granja, donde podía estar cerca de la naturaleza. Su perro solía acompañarlo, proporcionando una compañía silenciosa mientras trabajaba en sus escritos.





J.K. Rowling

Rowling escribió gran parte de los primeros libros de Harry Potter en cafés de Edimburgo. Le gustaba el ambiente de los cafés, que le proporcionaban el ruido de fondo necesario para concentrarse. Además, siempre llevaba consigo una libreta para anotar ideas en cualquier momento.






Estas manías muestran cómo cada escritor tiene su propio conjunto de rituales y hábitos que les ayudan a encontrar la inspiración y la concentración necesarias para crear sus obras maestras.


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