La filosofía, a lo largo de los siglos, ha sido el reflejo de las preocupaciones y creencias más profundas de la humanidad. Desde los tiempos de la Grecia antigua hasta la Edad Media, el pensamiento filosófico ha experimentado transformaciones significativas. Bertrand Russell, en su obra ‘La sabiduría de Occidente’, nos ofrece una comparación reveladora entre estos dos periodos cruciales de la historia del pensamiento.
En la antigua Grecia y Roma, la filosofía se desarrolló en un contexto secular, donde la ética se basaba en la virtud como recompensa en sí misma. Con la llegada del cristianismo, la filosofía medieval incorporó una dimensión teológica, enfocándose en la redención y la salvación. Este cambio radical en la perspectiva ética y teológica marcó una nueva era en la historia del pensamiento occidental, una transición que Russell explora con profundidad y claridad.
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Ética y Teología: Una Comparación entre la Filosofía Griega y Medieval
¿Cuál es la diferencia entre la filosofía antigua y la filosofía medieval? Bertrand Russell nos lo explica en este extracto de su obra ‘La sabiduría de Occidente’ (1959)
“Si nos preguntamos cuál es la principal diferencia entre la filosofía antigua y la medieval bien podríamos decir que la primera carecía de sentido del pecado. Entre los antiguos Griegos y Romanos, el hombre no nacía afligido de una carga personal heredada de pecaminosidad. Podían observar que la vida en la Tierra era algo precario, que podían ser aplastados por caprichos de los dioses, pero no era interpretado como una porción justa y equitativa de males cometidos en el pasado. De ahí se deduce que para la mentalidad griega no existían los problemas de auto inculpación, redención ni salvación que vendrían después. Y por eso el pensamiento ético de los griegos es, en conjunto, una cuestión muy poco metafísica.
En aquella época, especialmente con el estoicismo, una nota de aceptación resignada se cuela en la ética, que más tarde se transmite a las primeras sectas cristianas, pero sin embargo, la filosofía griega no se enfrentó a problemas teológicos, y se mantuvo totalmente secular.
Cuando la religión cristiana se apoderó de Occidente, la situación en materia de ética sufrió un cambio radical: el cristiano considera la vida terrena como un preambulo para otra vida mayor, que está por venir; y las miserias de la existencia humana eran pruebas que se le imponían para limpiarlo de esa carga congénita de un pecado heredado que él no cometió. Pero conseguir eso fue literalmente una tarea sobrehumana. Para lograr sobrevivir con éxito a esa prueba (la vida terrenal), el hombre necesitaba ayuda divina, y ésta podía o no llegar. Mientras que para una virtud griega era su propia recompensa, el cristiano debe ser virtuoso porque Dios así se lo ordena.
Aunque seguir el estrecho camino de la virtud no garantizaba por sí solo la salvación, era en cualquier caso un requisito previo necesario; y por supuesto, debemos confiar en estos principios, que es donde aparece e interviene por primera vez la ‘luz divina’. Porque se requiere de la gracia de Dios para que uno adquiera la fe y respete en adelante sus mandatos.
Los que no pudieron dar ni siquiera este primer paso quedaron irremediablemente condenados.
En ese contexto, la filosofía pasó a tener, además, una connotación religiosa; porque aunque la fe trasciende la razón, al creyente le corresponde fortalecerse contra la duda, sin cuestionar sus principios, dejando que la razón arroje sobre la fe toda la luz posible.
Por lo tanto, ya en la época medieval, la fe se convierte en la sierva de la teología, y mientras prevaleció esta actitud los filósofos cristianos fueron necesariamente eclesiásticos. Entonces, el aprendizaje y la enseñanza secular de la filosofia – en la medida en que logró sobrevivir – fue preservado por los clérigos, y las escuelas, y más tarde las universidades, fueron dirigidas por hombres que de una u otra manera eran miembros de alguna de las grandes órdenes religiosas.
El aparato filosófico que pusieron en juego estos pensadores se remonta a Platón y Aristóteles. Más concretamente, la corriente aristotélica gana terreno en el siglo XIII, pero como método de pensamiento nada más, ya que, por supuesto, el dios de los judíos y los cristianos era algo muy diferente de la divinidad aristotélica. No deja de ser cierto, sin embargo, que el aristotelismo encaja mucho mejor en el esquema cristiano que el platonismo, ya que la filosofía platónica está dirigida a inspirar doctrinas panteístas, según las cuales el universo, la naturaleza y la deidad que los monoteístas llaman Dios son equivalentes. Como es el caso de Spinoza, por ejemplo, aunque su tipo de panteísmo es puramente lógico, como veremos más adelante. Esta unión entre filosofía y teología puede durar mientras se permita que la razón pueda sustentar la fe, hasta cierto punto. Pero cuando los eruditos franciscanos del siglo XIV negaron esta posibilidad, y sostuvieron que la razón y la fe eran mutuamente irrelevantes, se preparó el escenario para una desaparición gradual de la perspectiva medieval. No queda más ámbito de discusión para la filosofía que el campo teológico. Pero al liberar la fe de todos los vínculos y ataduras con la investigación racional, Guillermo de Occam puso a la filosofía en camino de regreso al secularismo, y a partir del siglo XVI la Iglesia ya no domina en este campo.
— Bertrand Russell, Sabiduría de Occidente: un estudio histórico de la filosofía occidental en su entorno social y político (1959), cap. V: Escolasticismo, p. 168-9
En el extracto de “La sabiduría de Occidente” de Bertrand Russell, se aborda una comparación entre la filosofía antigua y la filosofía medieval, destacando las diferencias fundamentales en sus enfoques y preocupaciones.
Russell argumenta que la principal diferencia entre la filosofía antigua y la medieval radica en la ausencia de un sentido de pecado en la primera. En la antigüedad griega y romana, los seres humanos no nacían con una carga heredada de pecaminosidad personal. Las adversidades de la vida se veían como caprichos de los dioses, pero no como castigos justos por males pasados. Este punto de vista permitía que la filosofía griega se centrara en cuestiones éticas sin la carga de la autoinculpación, la redención y la salvación. Los problemas éticos de los griegos, aunque a veces resignados como en el estoicismo, eran fundamentalmente seculares y no teológicos.
La llegada del cristianismo cambió radicalmente esta perspectiva. Para los cristianos, la vida terrenal era una preparación para una vida posterior más importante, y las miserias terrenales se interpretaban como pruebas para purgar el pecado heredado. La virtud, en el contexto cristiano, no era una recompensa en sí misma, sino un mandato divino que debía seguirse para aspirar a la salvación, aunque la fe y la gracia de Dios eran necesarias para lograrlo. Así, la ética cristiana introducía una dimensión de obligación religiosa y dependencia de la ayuda divina que no existía en la filosofía antigua.
Russell también señala que en la Edad Media, la filosofía se volvió inseparable de la religión. La fe se convirtió en la sierva de la teología, y los filósofos cristianos, muchos de los cuales eran clérigos, trabajaban dentro de un marco en el que la razón debía servir para reforzar la fe. Las instituciones educativas estaban dirigidas por órdenes religiosas, y el pensamiento filosófico estaba dominado por las enseñanzas de Platón y Aristóteles. Sin embargo, mientras el platonismo tendía hacia el panteísmo, el aristotelismo encajaba mejor con el cristianismo debido a su distinción entre Dios y el universo.
El desarrollo de la filosofía medieval culminó en una separación entre razón y fe, promovida por los eruditos franciscanos del siglo XIV. Estos pensadores, como Guillermo de Occam, argumentaron que la razón y la fe eran irrelevantes entre sí, preparando el terreno para una filosofía más secular. Este movimiento hacia el secularismo marcó el inicio de la decadencia de la perspectiva medieval y el resurgimiento de un pensamiento filosófico independiente de la teología a partir del siglo XVI.
En Suma, el análisis de Russell destaca cómo la filosofía antigua y medieval difieren en su enfoque ético y teológico. Mientras que la filosofía antigua se caracterizaba por una visión secular y una ética basada en la virtud como recompensa en sí misma, la filosofía medieval integraba profundamente la teología, enfatizando la necesidad de la gracia divina para la salvación y transformando la ética en una obligación religiosa. La evolución de estas ideas marcó el tránsito hacia una filosofía más secular en la modernidad.
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